Durante días, la sede de la posesión presidencial fue un enigma. Se habló del Cauca, de una guarnición militar, de la Plaza de Cayzedo, del Centro de Eventos Valle del Pacífico. El clima, la seguridad y la logística fueron descartando opciones hasta que, con la tensión de un desenlace anunciado a última hora, llegó la respuesta: será en Cali. Por primera vez en la historia, un presidente de Colombia jurará su cargo fuera de Bogotá, y lo hará en la capital del Valle. Los hoteles ya reportan ocupaciones por encima del 80%, y todo indica que subirán más.

En mi columna pasada resaltaba lo que significa para la región ser una de las tres sedes del nuevo gobierno: una puerta de acceso a la agenda del Ejecutivo más que una transferencia de poder. La posesión le agrega un ingrediente distinto, más puntual y más simbólico. Esta vez no se trata de descentralizar funciones, sino de que el país entero -y buena parte del cuerpo diplomático- mire hacia Cali durante una tarde. Y esa mirada hay que saber aprovecharla.

El público no se limita a la dirigencia política y empresarial del país: también vendrán dignatarios extranjeros. Es una vitrina para la gastronomía caleña, para su música y para esa energía que distingue a la ciudad, además de un recordatorio de que Cali se impone como destino por sí sola. El momento no podría ser más oportuno: la ciudad acaba de cumplir 490 años y está en la antesala del Petronio Álvarez, que este año celebra tres décadas y se ha consolidado como patrimonio cultural con proyección internacional.

No es menor el lugar escogido. La Arena USC, en el Centro de Eventos Carlos Andrés Pérez Galindo de la Universidad Santiago de Cali -con la que El País mantiene un acuerdo de colaboración-, es hoy un recinto de talla mundial. Vale la pena recordar de dónde viene: cuando el rector Pérez Galindo asumió, hacia 2011, la institución bordeaba la inviabilidad financiera y la ingobernabilidad. Hoy supera los 26.000 estudiantes, goza de solidez y acreditación, y su centro de eventos se corona al recibir una posesión presidencial. Un merecido reconocimiento a una gestión paciente.

Algo así no se veía desde la COP16, cuando dignatarios nacionales e internacionales coincidieron en Cali y dejaron un evidente ‘boom’ para la ciudad.

Pero las oportunidades, como reza el refrán que en mi tierra dominicana repetimos, son calvas y hay que agarrarlas por los pelos antes de que pasen. Y esta no puede quedar solo en manos de las autoridades. Todas las fuerzas vivas de Cali -los restaurantes, los clubes de salsa, las empresas, hasta los vendedores de lulada frente al CAM- tienen algo que aportar y algo que ganar. La pregunta incómoda es si la ciudad sabrá convertir una tarde histórica en un activo duradero, o si dejará que el dispositivo de seguridad y la logística agoten el entusiasmo antes del brindis.

Cali tiene una semana para vestirse de novia. No para el desfile de un día, sino para mostrarle al país y al mundo la ciudad que ya es. Ojalá no deje escapar la ocasión entre los dedos, y la agarre -con firmeza y con alegría caleña- por los pelos, aunque venga calva.