“La poesía de Aníbal Arias (Barbacoas, 1948) constituye el único aunque fallido atentado directo contra la tradición poética colombiana. Su breve obra, seis poemarios entre 1977 y 2004, así como poemas dispersos desde 1970 en revistas y antologías, prueban que hubo un disidente alejado de toda impostura pública, quien acometió una obra transgresora que socava, desde dentro, los cimientos conservadores y solemnes mantenidos en la historia de nuestra poesía. Su poesía ha tenido eso que Baudelaire llamó ”la gloria de no ser comprendido”, por lo cual se ha mantenido hasta hoy como uno de los poetas más vigentes”, anotó el cronista Luis Carlos Bermeo para saludar uno de los libros de Arias, ‘Oh vida’, título que aludió directamente a un bolero interpretado por el Benny Moré. Este libro fue publicado por el Fondo Editorial de la Universidad del Valle.
Aníbal ofició siempre como pastor de ovejas descarriadas. Desde la biblioteca de la Universidad Santiago de Cali, cuando estuvo situada en la edificación que ocupa hoy Proartes, reunió a los poetas de la ciudad en el libro titulado ‘Poetas escogidos’. En aquel tiempo, mediados de los 70, yo acudía a la universidad con el propósito de hacerme licenciado en idiomas y literatura, tarea que naufragó ante mi oficio de cronista y reportero en los diarios de la ciudad. En ese libro, hoy histórico, Aníbal reunió a Tomás Quintero, Harold Alvarado Tenorio, Augusto Hoyos, Laureano Alba, Raúl Henado, Jaime García Mafla, Armando Romero, Noel Cruz, Antonio Zibara, Javier Tafur, Carmiña Navia, Diego Luis Ortiz, Elvira Quintero, Orietta Lozano, Luz Eumelia Borrero, Hernán Ospina, Fabio Arias, Aníbal Manuel, Román Betancourt y Julián Malatesta. El que me haya incluido también, recién llegado del puerto, todavía oloroso a salitre, fue un honor que se prolonga hasta hoy. Como la mención que me hiciera Helcías Martán Góngora en su columna del diario El Pueblo, al llamarme “el Benjamín de los hijos del Mar Negro”.
Saludamos en su momento la aparición de su libro ‘Motivos ajenos a la voluntad’, así como su Premio Nacional, al cual se presentó con el seudónimo de Julián Cajucha.
Su más reciente libro lleva el título de ‘Bendita memoria’, compilado por su compañera, Nelly Echeverry Murgueitio, Magíster en Literatura y Lingüística.
Pero la buena nueva del poeta hoy tiene que ver con la batalla jurídica que emprendió León Arturo García de la Cruz, su amigo de toda la vida, para encontrarle una pensión después de luengos años como bibliotecario. Los poetas jamás se jubilan, pero este suceso merece reconocimiento. El abogado García de la Cruz parece empeñado en procesos difíciles. De esta manera pudo encontrarles pensión a los futbolistas Miguel Escobar, El Burrito González y el Moño Muñoz. Sus más cercanos lo llaman ‘Superman’, y es toda una institución en Tuluá, donde nació, y en Cali. Con él y Aníbal llenamos una época en el denominado Bar de William o ‘La Habana’, en la primera con veinticuatro, cuando la noche empezaba con ‘Margot’ de la Sonora de Lucho Macedo en la voz de César González. Entonces, García podía convertir una botella en una trompeta con la complicidad de William Hinestroza, uno de los bartenders más queridos por toda una generación.
A su lugar asistía toda la escena del teatro local: el Tec, Grutela, La Cuchilla, el baile único de Danilo Tenorio y la figura de Andrés Caicedo en un rincón, libando cerveza con chontaduro. De ahí emergió la poesía poderosa de Tomás Quintero, como ‘Viaje’, dedicado a Hernán Toro, donde dice: “Caminaré contigo por Europa sin moverme de mi barrio triste, de mi bar sembrado de botellas, de mi música vieja y mis tambores…”
O aquella hermosa evocación que tituló Allí comenzó el Bayano: “Cuando el siglo moría de cansancio entre la guerra, llegaron los abuelos. Bajaron cabalgando en mulas jóvenes por la calle Real de sol y piedra. Cargaban con baúles y negras milenarias -que no esclavas, sino parte de su propia historia- mi abuelo, su guitarra y su bigote blanco como ala de paloma durmiéndose en el labio…”