Escrito por: monseñor Germán Martínez R. Pbro, vicario episcopal para la educación

Hoy, 21 de noviembre, termina en la Iglesia el año Litúrgico, con la solemnidad de nuestro señor Jesucristo, rey del universo. Se escuchará un pasaje del evangelio de Juan, un diálogo entre Pilato y un hombre condenado injustamente por rebelión contra Roma. La sustancia del diálogo está en esta afirmación: “Sí, como dices, soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz” (18, 37).

La dificultad radica en que, según la Biblia, la verdad no es una cuestión de conocimiento, de lógica, de afirmaciones que pueden ser calificadas como verdaderas o falsas. Siempre hemos entendido que la verdad es la identidad entre el enunciado y la realidad. Pero en la Biblia, la verdad es una fuerza que se manifiesta. El ‘Dios verdadero’ no se distingue de los falsos dioses por argumentos razonables, sino sencillamente manifestándose y descalificando a esos otros dioses como inexistentes.
Lo decisivo aquí no es un argumento sino un efecto salvífico. La verdad no es una cosa, sino que Dios mismo es la verdad. Y algo más sorprendente: en el cuarto evangelio, la verdad es una persona: “Yo soy la verdad” dice Jesús (14,6).

Eso significa que Jesús hace patente la fuerza de Dios que vence la muerte. La consecuencia de esa realidad es que quien confía plenamente en Jesús de Nazaret y confiesa su nombre se hace partícipe de la vida divina. Pilato se siente tranquilo, Jesús de Nazaret no es peligroso, es un mero idealista. Al final el verdadero procesado no es Jesús sino Pilato, y todos nosotros con él. Cada día nos enfrentamos a la tentación del orgullo, de la prepotencia, de la falsedad, del odio: ese es el reino terreno que tanto nos fascina y atrae tener para poder.

En cambio, hoy, en esta solemnidad de Jesucristo, rey del universo se canta en el prefacio que es bueno dar gracias a Dios “porque ha ungido a Cristo con óleo de alegría para que, ofreciéndose a sí mismo, como víctima inmaculada y pacificadora en el altar de la cruz, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz”. Sin duda que nuestra historia es como un enredo de contradicciones y un juego escandaloso de superpotencias y potencias; pero esta historia nuestra está atravesada secretamente de una lógica misteriosa, la del reino de Dios.

Los creyentes estamos invitados hoy y siempre a escuchar la voz de Cristo y a tomar partido por la verdad. El próximo domingo comienza con el adviento el nuevo año Litúrgico 2022, tiempo de gracia, tiempo de salvación.