Tengo el computador abierto y la columna de este viernes investigada y parcialmente escrita; es sobre la reconstrucción de Cali, el Valle del Cauca y los grandes esfuerzos que están haciendo nuestros gobernantes locales para aliviar los daños.

Timbra el celular y me llega la triste noticia de que mi sobrino Alejandro Guzmán Cuevas ha fallecido. ¿Cómo no escribir sobre el primero de la estirpe Cuevas Gamboa de la tercera generación que hace su transición al reino de la luz?

Elciario Cuevas, su abuelo, fue un hombre de origen humilde, luchador infatigable, como dice su epitafio. Se cree que el apellido Cuevas era de los judíos judeoconversos que vinieron a Latinoamérica, pues en fotos de la familia se ven los bisabuelos con la tradicional kipá que utilizan los hombres judíos. Margarita Gamboa, de familia de contadores, escritores y poetas, fue su esposa de toda la vida, en un tiempo cuando el divorcio no existía. Elciario la conoció jugando ajedrez, que Margarita dejó plasmado en su lindo poema Partida de ajedrez:

“De un foco eléctrico a la luz perdida

y haciendo de altiveces un derroche

jugábamos nerviosos la partida

de ajedrez esa noche

Bajo la intensidad de tu mirada

mis dedos descuidaron el ataque

y un momento después una jugada

me puso el rey en jaque”

Graciela, la hija mayor, la negra divina como le decían, por muchos años dueña de la boutique de ropa exclusiva ‘Graciela Fashion Shop’ se casó con Virgilio Guzmán, de familia tolimense, y tuvieron 4 hijos; Alejandro fue el menor de tres hombres y una mujer. Mi hermana Graciela siempre lo protegió; sus hermanos lo molestaban y le decían que tenía musculatura de grillo y, aunque era alto y bonito, nunca fue fornido ni tuvo aspecto de boxeador.

Alejandro viajó por el mundo, se casó y tuvo un hijo; amaba los animales. Recuerdo un perro bandido que lo tuvieron en mi casa, donde los animales viven felices, pero no duermen en nuestras camas, y que tan pronto dábamos la vuelta se subía a la alcoba de Alejandro, donde él lo escondía debajo de las cobijas, desapareciendo el cuerpo del delito. Tuvo caballos, pues, así como su padre, él era un excelente jinete, y finalmente en El Mameyal, la tierra ancestral de los Gamboa, tuvo una cabra que lo acompañó hasta sus últimos días.

En un sueño recurrente veo a Elciario y a Margarita en un entorno donde no hay envidias, ni venganzas, ni recriminaciones. Margarita dice que Elciario está en la portada de la revista de ese mundo del más allá, pues lo han elegido el hombre del año. Allí están mis hermanos Oscar, Hugo, Graciela y ahora con los brazos abiertos recibirán a Alejandro a ese mundo sin sufrimientos, sin angustias, sin odios. Buen viaje, Alejandro, y allá nos vemos.