El jueves 29 de octubre, cuando cumpliré 80 años de vida, una vez más manifestaré que soy un agradecido con la vida. De manera especial, estoy agradecido con el Dios de los cielos, con el Milagroso de Buga, con la ciencia médica, con mi esposa Montserrat, con mis familiares, con los integrantes de mi esquema de seguridad y, de manera muy especial, con mi madre, Concepción, la vendedora de gallinas que, durante más de 40 años, fue conocida como Conchita en la popular galería Alameda de Cali.
También estoy agradecido con todas aquellas personas que, sin conocerme ampliamente, contribuyeron a mi formación. Entre ellas están mis maestros y maestras, quienes me enseñaron el valor de la educación para construir un buen futuro para los niños y las niñas.
Hoy, después de haber ocupado varios cargos de responsabilidad sindical y política, así como diferentes responsabilidades en el Estado, entre ellas las de integrante de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, ministro de Trabajo y Seguridad Social, gobernador del departamento del Valle del Cauca, vicepresidente de la República y embajador de Colombia ante el Sistema de Derechos Humanos de la ONU, como también ante la OIT, en Ginebra, Suiza y ante la hermana República de Costa Rica, no tengo sino palabras de agradecimiento para todas aquellas personas que, con su confianza, tomaron la decisión de respaldarme para que ocupara dichos cargos públicos.
En lo personal, posiblemente por mi origen muy humilde, debo manifestar que jamás imaginé que llegaría a ocupar alguno de esos importantes cargos públicos. Pero, estemos donde estemos, nunca debemos olvidar que la vida da muchas vueltas.
La realidad de haber nacido y crecido en medio de muchas privaciones materiales, posiblemente, me ha llevado, en mi vida personal y pública, a ser una persona austera y prudente con mis recursos personales y mucho más con los recursos públicos.
Eso también lo aprendí de mi madre, quien, en medio de nuestra pobreza, sabiamente me decía: “Como la vida es muy corta, debemos evitar ser derrochadores con lo que es y no es nuestro. Mucho menos debemos juntarnos con quienes derrochan lo que no les pertenece ni confiar en esas personas”, las cuales nos recuerdan el dicho popular “lo que nada nos cuesta, volvámoslo fiesta”.
Esos consejos, a manera de cantaleta de mi madre, que nunca olvidaré, junto con los permanentes consejos de mi esposa Montse, me han llevado a guiarme por nortes éticos y a insistir, como servidor público o como persona natural, en que los recursos públicos y privados deben invertirse principalmente en educación, cultura y salud. La razón es sencilla: un pueblo educado y con buena salud será mucho más resistente a males como la corrupción, el despilfarro, el narcotráfico y la violencia.
Como en los caminos de la vida no todo es perfecto, nuevamente doy gracias al Milagroso de Buga, a la ciencia médica colombiana, a mi esposa Montse, a mis familiares y a las personas que me ayudaron a superar los duros quebrantos de salud que he sufrido. Entre ellos están la cirugía a corazón abierto, dos días después de haber iniciado mi labor de vicepresidente de la República en el 2010; el accidente cerebrovascular (ACV) que sufrí en junio de 2012 y un aneurisma en la aorta abdominal en el 2025.
Por eso, debo darle gracias a la vida, que me ha dado tanto y me ha permitido llegar a los 80 años. Esto me compromete a ser cada día mejor persona y, ante todo, a ser solidario y sensible ante el dolor que puedan estar viviendo otros seres vivos, así como ante las luchas democráticas por lograr una Colombia mejor, donde primero estén los seres humanos, empezando por los niños y las niñas.
En ese sentido, los y las invito el próximo 5 de noviembre a las 4:00 p.m., al Hotel Spiwak, en Cali, para participar en el diálogo social que sostendré con quienes asistan, en torno a mis 80 años de vida.