Hace unos meses, el 29 de abril, un amigo del alma, Raúl Fernández de Soto, nos invitó a un acto en el Teatro Municipal Enrique Buenaventura en homenaje a otro amigo, así mismo del alma, Mario Fernando Prado López o, para ser más preciso, Mario Fernando Piano como era conocido después de trajinar la música tocando un piano. Conocía más de cuatrocientas canciones de memoria, sin que nunca hubiere leído una nota, porque era un analfabeto musical como Agustín Lara.

No nos dijeron la causa de tal homenaje, pero la intuimos con amor y aflicción. Todos sabíamos que un mal mortal estaba recorriendo sus entrañas, aunque nadie en concreto hablaba de eso.

El teatro se llenó de palco a palco y todos sentimos un dolor que oprimía nuestra garganta, menos él, que apareció en el escenario con la sonrisa abierta de siempre y la voz elevada de alguien que también conocía la actuación teatral. Y allí también estaba silencioso un piano de cola, el del teatro, en el que sin mayores estridencias se sentó Marioefe en el banco y pasó sus manos por el blanco y negro del teclado. Y sonaron las viejas melodías de boleros que llegaban al centro de la nostalgia, o pasillos y canciones que la gente había ido olvidando, menos él, alegre, festivo y afiebrado, con una memoria como la de un río repasando los linderos del sentimiento y la belleza emblemática de la vida.

Y así pasaron varias horas frente a un auditorio que revivía recuerdos y nostalgias. Al despedirnos en el foyer nos dimos el abrazo de siempre y por un momento llegué a pensar que lo del mal era una mentira. Aunque en el fondo sabía que estábamos en una despedida.

A Marioefe lo había conocido cuando era un estudiante de derecho, con veinte años, y obtenía recursos propios tocando el piano en el salón de fiestas y bar de un hotel cinco estrellas, que montaron en Cali en una zona digamos que híbrida, cercana a las galerías, en la carrera 8. Era el Hotel Petecuy. Nos hicimos amigos y bebíamos azotando nostalgias. Su padre, mi colega abogado, llamaba como él, Mario Fernando Prado Escobar y fue mi gran amigo. Cuando presenté el proyecto de ley que eliminaba la prisión de Gorgona, donde viajé varias veces, él y su grupo de amigos me acompañaban siempre en la isla. Y fui amigo de Gabriel su hermano, el otro gran personaje, burlón en serio, irónico y gran señor.

Se murió Mario Fernando y hoy no existe ya su huella, ni su parla grata, ni su optimismo abierto de marinero sentimental.

¡Ah la muerte y el recuerdo que queda! Quiero citar una parte de un poema de mi último libro, que toca el tema y prepara el andamiaje de mis pensamientos, que han de viajar conmigo en un final que ha vivido el amigo que se fue, pero que a todos nos espera con la ansiedad irredimible del que haga lo que haga, diga lo que diga, está destinado a morir.

“Cada alma en ese mundo esquivo poco habla. / Es como un rumor apagado de colmena / y un afán de búsqueda infinita del camino. / He sido, más que un pensador, / un caminante callado, / sumido en el silencio. / Y camino hacia el norte o el sur / y doy la vuelta de oriente al occidente. /

“Todo me es igual. Solo deambulo. / Y con mis propios pasos remarco los caminos, / mientras siento que los mismos / se van con mis recuerdos. /

“Sí, las ciudades también pasan, en sus delirios / que fulminan sus pálidos ensueños. / Y van y vienen como el gigante mar / de olas hacia adelante y hacia atrás. /

“Y ¿hasta dónde he de caminar? / Hasta que yo mismo solo sea un recuerdo.”

Adiós hermano Sirirí, te quiero mucho. Solidaridad con tu maravillosa esposa María Cecilia Arboleda y tus hijos; y como lo dijera Carlos Villafañe, el poeta de Roldanillo, “un día de estos por allá te caigo.”