A pocas horas de despedirme de mi primer viaje del año a la capital mundial de la salsa, de la brisa tibia, del río sonoro, de los sabores ancestrales y del sentimiento que hoy me gobierna, debo confesar que Santiago de Cali ha vuelto al lugar íntimo del que nunca debió salir por situaciones de la vida, que no fueron las mejores, pero que sirvieron de aprendizaje y se agradece. Tengo un sinnúmero de razones para escribirle estas líneas a mi bella Cali. Me referiré a las que se pueden contar públicamente y mientras escribo viendo por una ventana que, pareciera una pequeña persiana de mi corazón, y agradezco a mi Señor por esta oportunidad de vivir para escribir esto, suena la nostálgica canción del eterno Juan Gabriel, Abrázame Muy Fuerte y el corazón se siente como el bombo marcante de la batería de la preciosa versión de Marc Anthony, que en esta fría y lluviosa mañana del Pacífico, le dediqué a uno de los hermosos motivos por los que Cali regresó a mí; ¿o yo a ella?
Luego de un fin de semana que valió la pena en todos los sentidos, comenzando por poder haberle entregado el sentimiento sincero y puro a mi abuela en sus 103, un reencuentro musical con la familia y amigos del arte con inmensa sensibilidad, las consecuencias no se hacen esperar; todas positivas. Cali, esa Cali de oportunidades, de gente bonita, buena y sonriente, hoy me despide con amor.
En desarrollo de mi agenda de trabajo entreverada con actividades espirituales, sociales y deportivas, pude recibir varios abrazos que pagaron la boleta. El de mi Mamanina hermosa con su respectiva bendición y el de una mujer que vale un Potosí y significa mucho en mi vida; sí, la misma por quien le di gracias al Creador, en mi editorial pasado. Yo, al igual que ella, creo firmemente que nuestros nominadores fueron muy acertados al momento de elegir nuestros nombres y bautizarnos con ellos; los sonados ‘nombres de pila’. En su caso, porque es una mujer valiente y de valía, fuerte, generosa, sana y, sobre todo, una guerrera de las legiones de Dios. Cree en la causa de Cristo con determinación y sin vergüenza; lo alza con su cautivadora voz, disparando una mirada penetrante y poderosa, como solo los hijos de Dios lo saben hacer.
Comenzar el año de esta manera no es casual. Miro por el retrovisor de mi existencia, suspiro y pienso que haber atravesado ese desierto escarpado y de temperaturas extremas ha valido la pena. La Sultana del Valle con su coquetería artística y desparpajo social, me ha entregado mucho. Cali, que es sin duda la ciudad del país que más visito por varios motivos, ahora me enciende una chispa que en el yermo no había hecho combustión y no porque me lo hubiera propuesto; sencillamente así pasó. Las empanadas y la lulada del Obelisco, La Mechita, las noches del Peñón, La Pizzería del Inter, el Campestre con su exuberante campo de golf, las negras bellas y sonrientes del chontaduro con sus simpáticas historias, el Zoológico, la Calle del Sabor, el Mulato, Delirio, Éxtasis, este distinguido diario y tanta gente buena y cálida hacen que Cali sea tan única.
Si a esa lista le sumamos los abrazos fragantes, la sensibilidad y los preciosos ojos de cristal brillante de la persona amorosa y amable, como ella cariosamente me define, pero que es ella misma, las resultas de este microproceso de vivir la caleñidad, de sentir un poco más cerca a mi amado padre y poder besar las manos sabias de mi abuela y su majestad vestida de plata en su cabeza, son absolutamente positivas.
Me voy en superávit emocional, sintiendo más ganas de quedarme que otra cosa, con algo de melancolía por la partida, pero con la mirada puesta en el objetivo de mi vida: la plenitud espiritual, emocional y profesional. No sé si el objetivo lo desarrolle acá en Cali o en otra latitud, pero lo que sí tengo claro es que esta deliciosa ciudad, con sus bemoles, me ha devuelto las ganas de seguir creyendo en ella, de amar a su gente y en especial a ese tesoro que encontré y que con extrema ternura me dice "te quiero mi muisca". Esa cacica calima y maravillosa, exponente de la raza vallecaucana que jamás debe desvanecerse, a quien admiro genuinamente y reconozco grandeza, que encarna la pujanza de la mujer de nuestro Valle del Cauca, así como mi abuela con su sencillez provinciana y su suntuosa brillantez artística y señorío que solo ella porta, gracias a sus ejemplarmente llevados 103 almanaques; son los dos amores que tengo y me abrazan en esta capital.
Abrázame muy fuerte, Cali, que esto apenas empieza…
Abrazo cálido. Seguimos trabajando y aguantando. Falta poco.
@muiscabogado