Mi madre de crianza, es decir, mi abuela materna, nació en los años 30. De ella se esperaba que fuera una madre abnegada, estoica, y capaz de valorar palabras como resignación y aceptación; nociones generacionales que para mí resultaban incomprensibles y prácticamente inexistentes.
Esta madre abuela me permitió ser hija de un siglo más largo que el mío, frecuentar un vecindario de décadas que no aparecían en los libros de historia, escuchar relatos antiquísimos y sentirlos como recientes, asomarme a su mundo de niña, una niña a quienes los maestros de su tiempo le enseñaban las letras a reglazos de madera y los números bajo tortura escolar, de rodillas sobre granos de frijol.
Su mundo era tan distinto del mío que parecía sacado de los Cuentos de las Mil y Una Noches, y llevo décadas intentando desprenderme del hábito nocivo que me inculcó con su ejemplo: creer en todas las personas, confiar en la palabra de los otros sin distingo, esperar lo mejor de todos los desconocidos, vivir sin prevenciones ante los extraños.
Vine a saber a mis 30, por esta distorsión cognitiva, que existía la envidia y que no todos se alegraban por el bien ajeno. Darme cuenta rompió mi corazón y mi hijo se burla, me dice: “Mamá, yo lo descubrí a los 5 años”.
Aún me entreno y me reentreno en incorporar filtros que me permitan sospechar más, desconfiar más, pero una experta me aconsejó que deje de intentarlo y agradezca el don de la confianza que mi abuela tejió a mi costado como una capa sombra. Lo contrario, desconfiar de todo y de todos, puede ser menos arriesgado, pero sin duda más infértil.
Quizá temió que quedara atrapada, como ella, en un universo estrecho de porcelanas y telenovelas de la tarde, y por eso impidió a toda costa que me ocupara de cualquier tarea asignada a las mujeres de su tiempo, a las madres de su tiempo.
Me preparó para ser del mundo, para ser libre, para amar mi profesión, para salir de viaje, para ganar mi autonomía, para jamás depender de lazos de dominación o sometimiento económicos. En sus oraciones siempre estoy y me llama cuando sus sueños le revelan que puedo estar en peligro.
Cuando salía de casa yo me quedaba llorando hasta verla regresar, con miedo a que muriera. Por fortuna tiene 87 años, su salud es de hierro, su piel de niña, su inocencia de ángel, su vida de santa. Me espera siempre en su ciudad lejana, y pase el tiempo que pase prepara mi comida preferida, me envía cargada de paquetes, deposita en mi mano un rollito de billetes secretos que ha estado acumulando, y vuelve a dormirse para monitorear, incluso cuando sueña, mi camino.