Luego de un insuceso bélico, el líder del ejército derrotado dijo una frase que es usada en todas las situaciones similares: “Se ha perdido una batalla, pero no la guerra”.

De mis contertulios de la Mesa Liberal, fui de los pocos que pensaban que Cepeda no ganaría en primera vuelta.

Yo, por mi larga experiencia electoral, consideré que el candidato oficialista no triunfaría en la primera ronda, pero que pasaría de primero a la segunda.

Jamás pensé que un ciudadano tan mediocre como el señor De la Espriella hubiese logrado captar esa cantidad de votos que lo convirtieron en ganador de esa instancia, con más de 600.000 votos sobre el resultado de Cepeda.

Iván Cepeda, en el Salón Rojo del hotel Tequendama, en el tono bajo que siempre usa en sus discursos, al igual que el presidente Petro, dijo que no acepta como resultado válido el preconteo de votos y que espera lo que digan los que se encarguen de los escrutinios, que son dirigidos por jueces de la República. En mis épocas de juez en Buga, me tocó desempeñarme como escrutador en Darién, y por eso juzgo que es imposible alterar los resultados en esa instancia.

Cepeda no agredió a nadie. Dijo lo que todos conocemos del señor De la Espriella y de sus andanzas profesionales como abogado de siniestros personajes. Cuando vi y oí a este caballero en El Gran Malecón del río Magdalena en Barranquilla, saqué en conclusión que Colombia con un presidente de esa naturaleza agresiva terminaría en una guerra civil peor que las tantas que ha vivido el país en su historia republicana.

La expresión corporal, su voz elevada a altos decibeles, sus brazos lanzando puñetazos al aire y su rostro desencajado por el odio me llevaron a la conclusión de que una persona así no puede desempeñar el primer empleo de la Nación, sin llevarla a una confrontación terrible.

En estos días que faltan para la segunda vuelta, Iván Cepeda tiene que emplear toda su inteligencia para lograr que los votos en blanco, casi medio millón, se le sumen. Y que convenza a dos personas sensatas como son Sergio Fajardo y Claudia López para que agreguen sus votos a su cauda electoral. Detrás de ese par de personajes aparecen excandidatos que pueden ser llamados a ese convite: Roy Barreras, Mauricio Lizcano, Sondra Macollins y los demás de tinte liberal, a quienes no veo gritando “firmes por la Patria”.

No he podido entender el descenso al abismo político de Álvaro Uribe, pues es increíble que la candidata de sus entretelas, la agresiva senadora Paloma Valencia, haya marcado tan bajo en la votación del domingo, porque Uribe, cualquier concepto que de él se tenga, sigue siendo un líder político importante, que seguramente no esperaba el descalabro terrible de su pupila, a no ser que tuviera un pacto secreto con De la Espriella, que le permitiera salir triunfante en esta primera vuelta.

Hay una zona electoral, que es la abstencionista, a la que Cepeda debe buscar en estas tres semanas y conseguir que esos votos, que son casi la mitad del censo, adhieran a su candidatura. En suma, Iván Cepeda requiere lograr dos millones de votos en estos 17 días para que Colombia no caiga en las peligrosas manos del caballero costeño.

Quienes todavía en Colombia seguimos defendiendo la ideología liberal, tenemos la obligación política y moral, no solamente de votar, sino de conseguir cuantos votos podamos para que nuestro candidato llegue triunfante el 7 de agosto a la Casa de Nariño.