Es posible que en países de alta civilización política, como Suecia y Dinamarca, un resultado apretado en una elección importante, no sea motivo de discusión, pero en esta Colombia ”mulata, mestiza y tropical”, como acertadamente la definió Alfonso López Pumarejo, que Abelardo de la Espriella, en este momento, aparezca triunfador con el 1 % de mayoría sobre el contendor Iván Cepeda Castro, suscita un elemento perturbador porque quien aparece derrotado ha dicho que impugnará 33 mil mesas electorales.
Es posible que de esas impugnaciones pueda resultar ganador el candidato de izquierda, pero el país entrará en una fuerte agitación política, de la que es imposible saber cómo podremos salir adelante.
Lo mejor que podemos hacer quienes sufragamos por Cepeda es empezar a construir una oposición recia, pero respetuosa de las normas constitucionales y legales. Iván Cepeda, por derecho propio, tendrá curul en el Senado, y Gustavo Petro tendrá al pueblo en las plazas, vigilante de que el Ejecutivo no fomente acciones violentas contra esa oposición.
No estará fácil para el caballero costeño porque no tiene dominio de las cámaras legislativas y porque un número casi igual de quienes votaron por él estará con los ojos abiertos para impedir que pueda acometer una violencia oficial, como la que vivió Colombia a mediados del Siglo XX.
El gran elector de Abelardo es, quién lo duda, el señor Álvaro Uribe Vélez, quien puso todo su empeño en motivar a la gente con el mismo cuento trasnochado del petrochavismo, que todavía cuaja en varios sectores de nuestra sociedad. Uribe, a quien se le han hecho varios intentos electorales para sacarlo de la arena política, ahora es el gran ganador con su mediocre candidato, quien en todas sus peroratas elogiaba al expresidente, y éste de inmediato salía a pedirle a su hueste que votara por él.
El triunfo de De la Espriella pone a Uribe de nuevo en la Casa de Nariño porque el novel presidente necesita el respaldo del único dirigente que hay en la derecha de las condiciones del expresidente.
A mí me preocupa mucho el panorama que tenemos por delante, porque la izquierda hará lo posible para controvertir el resultado de ese fatídico 1 % de diferencia, y los de la acera de enfrente harán lo suyo para que se respete el exiguo porcentaje, y como aquí no hay una voz que pueda evitar episodios de violencia, no auguro buenos días para la Patria.
Ojalá el señor De la Espriella, si accede el 7 de agosto a la Casa de Nariño, tenga menos agresividad contra los que no estuvieron con él. Que no siga amenazando con destripar a los contrarios, porque eso es una declaratoria de guerra, y no creo que las Fuerzas Militares se presten a hacer lo que hemos visto en los últimos años, como es el caso de los falsos positivos.
Los viejos como yo quisiéramos que nuestros últimos años transcurrieran en un país sin violencia, que ha sido endémica durante tantos años, porque en mi caso, no he visto nunca que en Colombia haya una verdadera paz, porque todos los intentos de lograrla han fracasado.
Deseo que mis nietos disfruten una Colombia mejor, en la que el vecino no sea enemigo por pensar diferente en política. Que ellos logren que haya dirigentes con capacidad de conducir el país por una auténtica senda democrática, para que un resultado electoral como el que ahora nos ocupa, no se convierta en un nuevo motivo de conflagración.