Francis Halzen, físico belga nacido el 23 de marzo de 1944 en Tienen, recibió este martes 6 de octubre el Premio Nobel de Física 2026 por “sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y el descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico”, informó la Real Academia de las Ciencias de Suecia.
El galardón reconoce una idea que, en apariencia sencilla, abrió una nueva ventana para observar el universo: utilizar el hielo del Polo Sur como detector natural de partículas casi indetectables.
La trayectoria que llevó a Halzen al Nobel combina intuición experimental y persistencia. En 1988 propuso por primera vez que el hielo antártico, por su transparencia y estabilidad geológica, podía servir para rastrear neutrinos: partículas subatómicas que apenas interactúan con la materia y que, por ello, pueden viajar grandes distancias sin desviarse ni perder energía.
Esa propiedad las convierte en mensajeras privilegiadas de procesos cósmicos extremos, pero también plantea un reto: para detectar las rarísimas colisiones de neutrinos con núcleos atómicos se necesita un volumen gigantesco de material detector.
La solución fue ambiciosa y poco convencional: perforar el hielo antártico y colocar en su interior una red de sensores ópticos capaces de captar los destellos de luz que se producen cuando un neutrino choca con un núcleo.
Esos destellos, minúsculos y fugaces, son la firma de una interacción que IceCube —el Observatorio de Neutrinos construido bajo la dirección científica de Halzen y completado en 2011— fue diseñado para registrar.
El proyecto terminó por abarcar un kilómetro cúbico de hielo equipado con miles de detectores, lo que permitió, por primera vez, observar neutrinos con energías extremadamente altas y confirmar que su origen está fuera del sistema solar.
El hallazgo tiene implicaciones profundas para la astronomía y la física de partículas. Los neutrinos de alta energía se generan en los mismos entornos que aceleran otras partículas a energías colosales hasta millones de veces superiores a las alcanzables en los aceleradores terrestres, como núcleos activos de galaxias, restos de supernovas o chorros relativistas.
A diferencia de los rayos cósmicos o los fotones, los neutrinos no se desvían por campos magnéticos ni se atenúan por el medio interestelar, por lo que apuntan directamente a sus fuentes. Detectarlos y trazar su procedencia permite a los científicos identificar y estudiar los “aceleradores” naturales del cosmos con una precisión inédita.
La Real Academia subraya que las interacciones que IceCube registra de forma continua seguirán aportando nuevos conocimientos sobre los entornos donde se generan estas partículas y podrían incluso revelar fenómenos cósmicos hasta ahora desconocidos.