Mientras Estados Unidos busca abrir el sector petrolero venezolano a nuevas inversiones y atraer capital de compañías estadounidenses, Alejandro Betancourt, un empresario venezolano, ha ganado protagonismo como uno de los principales interlocutores para impulsar los negocios energéticos entre ambos países.
Betancourt, quien controla una de las mayores productoras independientes de petróleo de Venezuela, estaría colaborando con la administración de Donald Trump en la identificación de activos energéticos con potencial, la evaluación de obstáculos operativos y el acercamiento con empresas del sector, según personas familiarizadas con su trabajo.
Su participación hace parte de una estrategia de Washington para atraer especialmente a pequeñas compañías petroleras independientes, ante la cautela de las grandes multinacionales para invertir en Venezuela. En los últimos meses se han alcanzado acuerdos preliminares con firmas como Lionheart Capital y Pacific Coast Energy Co. (Pcec).
La información, revelada por Bloomberg, se basa en entrevistas con socios comerciales de Betancourt, funcionarios gubernamentales y asesores que conocen de cerca su labor. Las fuentes solicitaron anonimato debido a la naturaleza confidencial de las negociaciones, por temor a posibles represalias o porque no estaban autorizadas para hablar públicamente.
El ascenso de Betancourt como figura relevante dentro de esta estrategia refleja el interés de Washington por incentivar a compañías estadounidenses a invertir en la industria petrolera venezolana, en un plan que contempla movilizar hasta US$100.000 millones en inversiones. El presidente Trump incluso ha descrito a Venezuela como el “estado número 51”.
Sin embargo, más de siete meses después de que Estados Unidos capturara a Nicolás Maduro, rindiera homenaje a su sucesor y declarara a Venezuela abierta a los negocios, los grandes acuerdos petroleros aún no terminan de concretarse. Las negociaciones continúan condicionadas por la compleja relación con Petróleos de Venezuela (PDVSA) y por las restricciones derivadas de las sanciones estadounidenses.
En ausencia de procesos de licitación competitivos, buena parte de estas negociaciones se desarrolla con poca transparencia. Esta situación le habría permitido a Betancourt ampliar su influencia en los círculos petroleros venezolanos, pese a los años de investigaciones en Europa, Estados Unidos y Venezuela por presuntas acusaciones de corrupción, lavado de dinero y fraude fiscal. El empresario ha negado cualquier irregularidad y nunca ha sido acusado formalmente de un delito.
Hasta hace poco, Betancourt evitaba viajar a Estados Unidos por temor a las investigaciones que se adelantaban en su contra, según personas conocedoras del asunto.
El empresario también es una figura destacada de la industria petrolera venezolana. Su compañía, North American Blue Energy Partners (Nabep), produciría unos 200.000 barriles de crudo diarios en campos cercanos al lago de Maracaibo y la Faja del Orinoco, de acuerdo con una fuente cercana al asunto. Esto la convertiría en la segunda mayor productora privada de Venezuela, después de Chevron Corp.
La semana pasada, una persona cercana a Betancourt acordó adquirir la participación minoritaria que Harry Sargeant III tenía en Nabep, según fuentes familiarizadas con la operación. Sargeant, un magnate petrolero de Florida, había sido cuestionado por sectores de la oposición venezolana y aliados de Estados Unidos por su supuesto respaldo a Maduro.
Poco después de la firma del acuerdo, el Departamento del Tesoro estadounidense notificó al abogado de Sargeant que había bloqueado los activos de una sociedad holding offshore vinculada al empresario.
Betancourt declinó hacer comentarios. Tampoco fue posible contactar a Sargeant por teléfono o correo electrónico a través de su compañía matriz, Global Oil Management Group, con sede en Florida. Nabep no respondió a las solicitudes de información.