Por: Pedro Pablo Aguilera, columna de Opinón
Entre la crisis energética más grave en décadas y la posibilidad de un nuevo acercamiento con Washington, la pregunta central persiste: ¿se trata de una reforma real o de una estrategia de supervivencia política?
Las recientes señales de posibles conversaciones entre La Habana y Washington reavivan una interrogante inevitable: ¿qué se negocia realmente?, ¿qué busca cada parte?, y, sobre todo, ¿qué espera la ciudadanía cubana? La duda de fondo es si asistimos al comienzo de un cambio genuino o a otro capítulo de adaptación estratégica de la dictadura en la isla.
El contexto actual representa, sin exageración, el momento más crítico de la historia reciente de Cuba. El problema trasciende el suministro petrolero venezolano. La infraestructura eléctrica y productiva arrastra más de medio siglo de deterioro estructural. El resultado es un país que parece retroceder y retroceder con apagones diarios que a menudo superan las doce horas, inflación desbocada, escasez crónica y sistemas de transporte, salud y educación destruidos.
Cuba no enfrenta solo una crisis económica; enfrenta el agotamiento histórico de un modelo y tiene que sentarse con su antagonista, pero solo para ganar tiempo. Así se perfila lo que puede denominarse la “Cubastroika” que es una apertura económica acotada, diseñada para mitigar tensiones en ternas sin tocar el núcleo del sistema político. La dictadura no aceptara una reforma estructural hacia la democratización, sino como un instrumento de adaptación.
La dictadura ha sido un jugador capaz de obtener tiempo ante momentos de crisis como fue la apertura migratoria de Camarioca (1965), el diálogo comunitario de 1978 abrió la entrada de las remesas que los ha mantenido. En 1980, el éxodo del Mariel y la crisis de los balseros en 1994, funcionaron como válvulas de las tensiones sociales forzando nuevos acuerdos migratorios con Washington. Los diálogos con Obama y la apertura diplomática generó expectativas de transformación, pero la dictadura permaneció intacta.
Hoy emerge un capitalismo de Estado incipiente con las MiPymes autorizadas con estructuras empresariales ligadas a la élite política y militar. Ellas son zonas grises que, en la práctica, refuerzan el control estatal sin ceder en derechos civiles ni libertades políticas evocando esquemas de capitalismo estatal postsocialista ruso.
Lo cierto es que el sector estatal o el privado emergente satisfacen las demandas de una población golpeada por desigualdades crecientes. La infraestructura obsoleta e ineficiente constituye una barrera estructural insalvable junto a la absoluta limitación en los derechos civiles y democráticos.
A menudo se compara este proceso con las reformas de China y Vietnam, donde la liberalización económica coexiste con regímenes de partido único. Sin embargo, los contextos difieren radicalmente. Ambos países asiáticos arrancaron con sectores agrícolas exportadores fuertes, acceso progresivo a inversión extranjera y una estrategia explícita de integración global. Cuba, en cambio, enfrenta la crisis con infraestructura envejecida, una economía hipercentralizada y recursos financieros casi nulos. El modelo asiático resulta poco replicable en la isla actual.
El riesgo es un colapso total y es palpable. En ese marco se inscriben las cautelosas negociaciones mencionadas. Estados Unidos busca evitar otra ola migratoria masiva con altos costos políticos internos, mientras vigila el avance de Rusia y China en el Caribe con la presencia de bases militares en la isla. Para el gobierno cubano, el objetivo es su supervivencia y para ello necesita combustible, divisas y financiamiento externo para calmar tensiones sociales inmediatas.
Pero para el pueblo cubano, sin embargo, esas conversaciones parecen lejanas a sus urgencias cotidianas, aunque encienden una tenue esperanza en la incertidumbre.
Lo cierto es que un cambio auténtico no se mide solo en comercio, inversión o energía. Las demandas sociales exigen libertades civiles, debate público plural y mecanismos políticos representativos. La historia de aperturas controladas en sistemas cerrados enseña que alivian tensiones a corto plazo, pero rara vez resuelven contradicciones de fondo.
Por eso, la “Cubastroika” parece más una estrategia de supervivencia dictatorial que un proyecto transformador. Mientras gobiernos negocian combustible, divisas o estabilidad regional, millones de cubanos siguen aguardando lo esencial: poder incidir en el futuro político de su propio país. Sin esa participación real, cualquier “apertura” seguirá siendo, en esencia, una ilusión de cambio. La dignidad no es solo lo material, hay que tener libertad.
*Docente Universidad Santiago de Cali