A las seis de la mañana, Buenaventura todavía no es una ciudad: es un sonido. Motores de lancha, pescadores regresando, vendedores madrugadores, lluvia fina golpeando techos de zinc. La humedad es tan espesa que parece pegarse a la piel.
En una casa de barrio popular, Fabiola Rodríguez abre una carpeta plástica. Adentro hay papeles, copias de denuncias, fotografías y nombres. No son recuerdos: son pistas.
Ella no es detective. Pero investiga desde hace años. Tiene dos primos y un sobrino desaparecidos. Desde entonces su vida dejó de organizarse por semanas y empezó a organizarse por búsquedas. Lo resume con una frase sencilla: quiere encontrarlos “sea vivo o muerto, pero encontrarlos”, aclara, que no solo a sus familiares, sino a todos aquellos que tienen una historia, historia que alguien intentó borrar.
Ese es el momento exacto en que alguien se convierte en mujer buscadora: cuando la espera deja de ser pasiva.
El comienzo: la desaparición entra por la puerta de la casa
En Colombia, la desaparición forzada no comienza en la guerra, comienza en el hogar. Empieza cuando un hijo sale y no vuelve. Cuando alguien dice “ya vengo”. Cuando pasan horas. Luego, días. Luego, años. La desaparición tiene una característica única: no ofrece certeza. No hay cuerpo, ni explicación, ni despedida. Y sin despedida, el duelo queda suspendido.
Las mujeres de Buenaventura aprendieron ese concepto sin haberlo estudiado nunca. Luz Dary Santiesteban buscaba a sus dos hermanos cuando entendió que lo que vivía no era un caso aislado. Con otras mujeres decidieron hablar públicamente, romper el miedo y denunciar lo que nadie nombraba. Era necesario “visibilizar esta problemática y poder hablar y buscarlos”. Así nacieron. No por ideología. Por necesidad.
El duelo que no termina
Las buscadoras tienen un término que los psicólogos adoptaron después: duelo inconcluso. Laura Rosa Vélez, presidenta de Madres por la Vida, explica que cuando alguien desaparece, no desaparece solo una persona. Desaparece la tranquilidad de la familia, la rutina, la comida en la mesa. Por eso hablan de un duelo que no puede cerrarse. Sin tumba no hay despedida. Y sin despedida no hay descanso.
Entonces inventaron otra forma de duelo: marchas, plantones, listados, reuniones, viajes a fiscalías, visitas a cárceles, conversaciones con desmovilizados, recorridos por barrios donde nadie pregunta nada. Buscar se volvió su forma de vivir.
La investigación sin salario
Buscar desaparecidos en Colombia no se parece a una investigación judicial. Se parece más a una expedición. Carmelina Valencia, en Tumaco, ha subido lomas, atravesado ríos y dormido en la selva intentando encontrar información de su hijo, desaparecido a los 16 años.
Lo describe sin dramatismo: es el liderazgo más duro porque es “un dolor que no tiene paz”. Las buscadoras aprendieron a reconstruir historias: hablan con lancheros, vecinos, pescadores, campesinos, excombatientes. Siguen rumores. Interpretan silencios. Durante años, ellas hicieron el trabajo que debía hacer el Estado.
Cuando la búsqueda pasa a la siguiente generación
No todas buscan hijos. Algunas buscan padres. Daniela Mostacilla, indígena Nasa de Cauca, comenzó su búsqueda siendo adolescente, a los 13 años: quería saber dónde estaba enterrado su padre. Después descubrió algo más profundo: su padre había sido reclutado cuando era niño y ni siquiera existían registros oficiales de su vida.
Entonces su búsqueda dejó de ser solo familiar. Se volvió histórica. Entendió que detrás de cada combatiente hubo una familia que esperaba respuestas. La desaparición, en Colombia, no solo borró personas: borró identidades. Daniela hoy vive en Cali y hace parte de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por desaparecidas. Desde allá pretende ayudar a familias que, como ella, duraron décadas buscando respuestas.
De madres a defensoras de derechos humanos
Con el tiempo, las buscadoras dejaron de ser solo familiares. Se convirtieron en lideresas. Andrea Torres Bautista, de la Fundación Nidia Erika Bautista, explica que la mayoría son mujeres porque, cuando desaparece alguien, generalmente hombres, la búsqueda recae sobre ellas. El cuidado doméstico se transformó en activismo público.
Primero acompañaron a otras familias. Luego denunciaron. Después, incidieron en políticas públicas. Sin proponérselo, se volvieron defensoras de derechos humanos y hasta legislaron.
La respuesta institucional: la ley que nació del territorio
Después de décadas de insistencia, el Estado comenzó a reaccionar. El Ministerio de Justicia y del Derecho reglamentó la Ley 2364 de 2024 mediante el Decreto 0063 de 2026, que reconoce oficialmente a las Mujeres Buscadoras como sujetas de especial protección y constructoras de paz.
La norma establece que son mujeres que transformaron su proyecto de vida para buscar desaparecidos y exigir verdad, justicia y reparación. También crea una ruta de atención concreta:
- Registro oficial de mujeres buscadoras
- Medidas de protección
- Acompañamiento psicosocial
- Capacitación institucional
- Reconocimiento público
- Apoyo a sus familias
El decreto incluso ordena sensibilizar a funcionarios públicos y ciudadanía sobre su labor.
Por primera vez, buscar deja de ser una carga individual. Pasa a ser política pública.
El reconocimiento que tardó décadas
Durante años caminaron solas. Hoy existe una ruta. Durante años tocaron puertas. Hoy hay instituciones obligadas a responder. En Buenaventura hay un mural con los rostros de desaparecidos para darles nombre y lugar. Es memoria, pero también es prueba: el país no puede decir que no sabía.
La deuda histórica
El reconocimiento no borra el dolor. Pero cambia algo esencial: la dignidad. Durante décadas, las Mujeres Buscadoras investigaron, documentaron, acompañaron y presionaron al Estado. Hoy existe una ley, una ruta de atención y beneficios que buscan reivindicar sus derechos. Es una deuda histórica que empieza a saldarse.
Pero ellas saben algo más profundo: Ese espacio no se lo concedieron. Lo construyeron. Caminando bajo la lluvia. Esperando en oficinas. Marchando con fotografías. Insistiendo cuando nadie escuchaba.
Hoy el Estado las reconoce, durante el mandato del presidente Gustavo Petro se firmó y reglamentó la ley. Y aunque el país llega tarde, llega. Porque si existe política pública es gracias a ellas. Las Mujeres Buscadoras no son solo víctimas. Son quienes obligaron a Colombia a mirar donde no quería mirar. Y mientras exista un desaparecido sin nombre, seguirán saliendo temprano, con sus carpetas, con sus fotos y con una certeza: la esperanza, para ellas, no es un sentimiento. Es un trabajo diario.