Diego Armando estaba abriendo el local de artículos de tecnología donde trabaja cuando una motocicleta bomba explotó en Meléndez, en la mañana del 10 de junio de 2025. Un año después, cualquier sonido fuerte lo regresa a ese momento. “Me da mucho miedo”, dice.
Andrea Marincano no estaba en la calle cuando detonó un camión bomba frente a la Escuela de Aviación Marco Fidel Suárez, el 21 de agosto de 2025. Estaba dentro de su casa cuando el estruendo hizo temblar las paredes. “Fue muy horrible. Eso parecía un temblor”, dice. “Se estremeció feo la casa”. En diciembre, cuando alguien lanzó pólvora durante la alborada, Andrea pensó que era otra bomba. “Diciembre fue duro”.
Miguel Rodríguez lleva ocho meses mirando la fachada destruida de su apartahotel. El Barcelot queda sobre la Carrera 8 con Calle 52, justo frente a la Base Aérea, y fue uno de los establecimientos más afectados por ese mismo atentado de agosto. La estructura todavía tiene las ventanas tapadas con tablas. “Yo tenía el capital de toda una vida enterrado aquí y, en 10 segundos, quedé en la calle”, dice.
Para reabrir, calcula que necesita cerca de $ 1500 millones. De la Alcaldía recibió $ 11 millones. También le otorgaron una exención del impuesto predial durante dos años, medida que Rodríguez agradece, aunque teme que, una vez termine, el cobro sea más alto, pues le incrementaron el avalúo catastral.
Hoy el hotel no opera. Rodríguez describe su situación como “manicruzado” y añade algo que resume la condición de quienes viven en estos sectores: “Todos los días nos levantamos encomendándonos al poderoso, echándonos la bendición y para adelante porque no tenemos otra opción. ¿Qué hacemos? ¿Quedarnos encerrados? No podemos. Tenemos que salir a rebuscarnos la papita”.
En la cuadra de atrás del apartahotel destruido, sobre la Calle 51, vive Andrea Marincano. Lleva más de dos años allí. Cuando ocurrió el atentado, los vidrios del segundo piso se cayeron y partes de uno de los cilindros aterrizaron en la casa de enfrente. Lo que más le ha costado no es el daño material, sino lo que quedó después. Cuenta que desde entonces ha perdido la memoria. Que sus padres, con quienes vive, están nerviosos todo el tiempo. Que cuando ella sale en la moto, su mamá no puede quedarse tranquila. Han pensado en mudarse. No lo han hecho.
Andrea Marincano, residente del barrio La BaseHe quedado con muchos nervios, hasta la memoria he perdido. En diciembre, con cualquier pólvora de la alborada, uno se asustaba porque pensaba que era otra bomba. Diciembre fue duro.
Vivir con miedo y seguir
En Meléndez, Johan Andrés Orozco recuerda que el día de la motocicleta bomba de junio de 2025 no estaba en el local. Cuando volvió, encontró el lugar afectado y tuvo que ayudar a limpiar. Sus compañeros sí estaban ahí: uno salió con un rasguño en el brazo por el tornillo de una moto que salió volando. “Mis compañeros al otro día estaban con un poquito de miedo, por lo que acababa de ocurrir, pero de resto todo normal, la vida sigue, hay que seguir”.
Johan reconoce que tiene “una pequeña zozobra” al venir a trabajar, sobre todo por el aumento de atentados en los últimos meses. Pero también admite que “uno no puede dejar de trabajar y tampoco puede dejarse llevar por el miedo”.
Los clientes han bajado. El local ahora vende por redes sociales y realiza envíos, aunque eso no alcanza a compensar la caída: “Ven la calle cerrada y creen que no se puede pasar para acá. Entonces toca estar muy pendiente afuera, tratando de atraer gente y llamar la atención”.
Diego Armando, su compañero de trabajo, quien vivió la explosión en carne propia, reconoce que ha pensado en cambiar de trabajo. Pero no lo ha hecho porque le gusta estar ahí.
Cada vez están más atentos a lo que pasa en la calle, más pendientes de los vehículos que se parquean sin razón aparente. Cuando algo les parece sospechoso, avisan al personal de la estación de Policía que queda enfrente.
La cuadra ya no es la misma
También en Meléndez, una pareja que pidió mantener el anonimato vive a una casa del lugar donde, hacia las 10:20 p. m. del 4 de abril de 2024, detonó un vehículo cargado con explosivos, cerca de las casas fiscales de la Tercera Brigada del Ejército Nacional.
Esa noche, ella acababa de entrar con sus dos perros. “Ellos como que estaban esperando a que yo me moviera, porque al instante en que cerré la puerta...”, dice. “Si no, no estaríamos contando la historia”. “Afortunadamente no explotaron todos los cilindros que traían, porque si no, hubiese sido una catástrofe”, complementa él.
Los evacuaron esa noche y volvieron aproximadamente a las 4:00 a. m. Solo hubo daños en vidrios en su casa. Pero la calle ya no es la misma.
Después de ese hecho, hace dos años, el Ejército instaló cierres viales en varias esquinas del sector, se levantó un muro en el perímetro del cantón, que antes era solo una malla, y se reforzaron las garitas.
El barrio, que antes era de paso normal, ahora tiene puntos de control donde le preguntan a las personas para dónde van, dónde viven, quién los visita. Al principio molestaba. Ahora, dice él, los mismos vecinos lo reclaman.
“Hay un carro parqueado y no han dicho nada. Pasó fulano en una moto, ¿por qué no le hicieron control?”, alertan. La paranoia y la seguridad, en este contexto, son la misma cosa.
Pero eso no significa que el miedo haya desaparecido. “Por todos los eventos que han venido pasando, claro que se genera temor. Y cuando se le pregunta cómo es convivir con eso en el día a día, ella responde sin dudar: “Estamos a toda hora mirando para todos lados”.
Él reflexiona sobre algo más amplio: la forma en que los colombianos han aprendido a normalizar lo que no debería ser normal. Habla de la “indolencia”, de cómo la gente ha ido perdiendo la capacidad de sentir por el otro.
Llevan cuatro años viviendo en esa cuadra. Después del atentado más reciente contra el Batallón Pichincha, el pasado 24 de abril, por primera vez pensaron en irse.
Residente del barrio Meléndez que prefirió mantener el anonimatoPara la gente que vive acá, adaptarse a ese tipo de controles, a que lo requisen y le pregunten para dónde va, es incómodo. Pero ahora ya lo reclaman.
Seguir al lado del batallón
Al lado del cantón militar, Alejandra Munévar también lo recuerda. Aunque no estaba en el apartamento, narra cómo lo vivió su familia. “Fue un momento en el que no esperaban que hubiera ese carro y, de repente, esa explosión, silencio total”.
Su mamá no pudo salir a trabajar ese día porque cerraron el perímetro. Su hermana menor llegaba de estudiar y tampoco podía entrar a la unidad. La vida se interrumpió unas horas y luego, dice ella, volvió a la normalidad. “Hemos seguido la vida normal”.
Lleva diecinueve años viviendo en ese conjunto residencial, junto al batallón. Pero eso no es una razón para irse. “En cierta medida sí nos sentimos inseguras, pero también con la confianza de que no va a pasar a mayores y que las intervenciones, o sea, los atentados, van a ser mínimos y que la seguridad en la ciudad va a regularse”.
A unos metros de allí, Jairo Rivero abre su pizzería en las noches. Lleva dos años en el local. Dice que es “un poquito delicado” trabajar cerca de batallones y estaciones policiales “porque los atentados van dirigidos a ellos, y el que vive cerca corre el riesgo”.
Después de la explosión más reciente, los primeros días fueron notoriamente tranquilos en cuanto a clientes. Una tarde, hace poco, un vehículo se parqueó cerca y estuvo ahí un rato. “Uno de verdad no sabe qué puede contener un carro así. No era nada malo. Enseguida vino el Ejército y lo mandó a quitar. Pero, de todas maneras, nadie es adivino”.
Está pensando en trasladar el negocio. Afirma que es por otras razones. Pero también asegura que ahora anda “con la malicia”.
El apartahotel de Miguel Rodríguez sigue con la fachada cubierta de tablas. Andrea Marincano todavía se sobresalta con los sonidos fuertes y sus padres siguen esperándola con nervios cada vez que sale en la moto. Diego Armando sigue yendo al trabajo aunque cualquier estruendo lo lleve de regreso a esa mañana. En el trabajo de Johan Orozco siguen vendiendo por redes para compensar la caída de clientes. Los esposos de Meléndez siguen mirando a todos lados cuando salen. Jairo Rivero sigue abriendo la pizzería en las noches, aunque ya anda con más malicia que antes.
Ninguno se ha ido. Todos, de alguna manera, siguen.