Por: Diego Arias, Especial para El País

Cauca. Con los primeros rayos del sol se disipó una espesa neblina que cubría el campamento. Una pequeña comisión armada del M19 había regresado de un lugar cercano, sobre el filo de una montaña en el corregimiento de Tacueyó, en el municipio de Toribío (Cauca), en el que estaba instalada una fuerza guerrillera del grupo “Ricardo Franco”, y en donde, por información inicial de campesinos, y luego de algunos combatientes que desertaban, se conoció de una enorme tragedia que allí estaba teniendo lugar.

Carlos Pizarro había decidido asumir personalmente la tarea de verificar e intervenir. El M19 había forjado una alianza táctica para operar en la zona norte del Cauca junto a una guerrilla naciente que provenía de miembros de las Farc que habían desertado con un millonario botín, en medio de duras críticas y enjuiciamientos internos.

La cabeza visible de este nuevo grupo, fundado en 1983, era José Fedor Rey, quien había militado primero en las Juventudes Comunistas (Juco) desde 1967. Luego dio el salto a las Farc, a donde ingresó en 1973, convirtiéndose en un hombre cercano y de confianza del Secretariado de ese grupo, especialmente de Jacobo Arenas. Su nombre de guerra, como ya es tristemente conocido, fue Javier Delgado.

Lo que se constató de primera mano, y luego por los medios de comunicación, era trágicamente surrealista. Grupos pequeños (de uno en vez) de combatientes de esa guerrilla eran reducidos y sometidos bajo cadenas y mordazas a tratos inhumanos que terminaban en la muerte, bajo la acusación de ser infiltrados del “enemigo”. Todo el contexto era perturbador: jóvenes, casi niños recién reclutados, eran llevados al límite de la tortura para confesar ser agentes de inteligencia, en muchos casos asumiéndolos como “agentes de inteligencia” del Ejército colombiano o “espías” de la CIA, y bajo el suplicio se obtenía una supuesta “confesión” que terminaba por involucrar a un grupo nuevo, y así sucesivamente, hasta llegar a las casi dos centenas de combatientes sacrificados en medio del temor colectivo y la impotencia.

La masacre de Tacueyó, ocurrió entre 1985 y 1986 en el norte del Cauca y dejó al descubierto la deshumanización en la guerra: casi 200 jóvenes fueron torturados y asesinados por sus propios compañeros bajo acusaciones de infiltración. | Foto: Archivo de El País

Entre la locura y el delirio

Muy pocos sobrevivieron a la matanza. De ellos, prácticamente ninguno quiere hablar sobre lo ocurrido, no al menos de manera pública. De forma excepcional, alguien a quien llamaremos Gabriel nos contó: “Yo era menor de edad cuando me reclutaron los del Ricardo Franco; y como yo, había en las filas muchos jóvenes, casi niños, de no más de 14 años. Lo de los muertos comenzó en un sitio llamado El Silencio (Corinto) y recuerdo que fue apenas unos días después de que los del M19 se tomaron el Palacio de Justicia. Javier Delgado dijo que había infiltrados del B2 (inteligencia de Ejército a nivel de brigada) y así empezó a torturar y a asesinar”.

Tanto tiempo después (40 años), los recuerdos quebrantan la voz de Gabriel, que relata (apartes) de su suplicio y cuenta cómo “a mí me señaló Delgado de ser un coronel del Ejército… imagínese usted, yo no tenía ni cumplidos los 15 años. Me hicieron excavar un hueco para enterrarme vivo de forma vertical, me metieron allí y luego me cubrieron de tierra. Era muy difícil escapar en esa posición y más aún lo era respirar. Antes me habían golpeado con garrotes y otros objetos para que confesara. Esta tortura duraba tres o cuatro días; lo sacaban a uno y seguían más torturas. Muy pocos pudieron escapar, pero no se me olvida cómo un guerrillero aprovechó un descuido y, estando todo mal herido, sacó de una de las fosas colectivas a su novia casi muerta y huyeron”.

“Los del M19 llegaron al campamento nuestro. Eso me salvó a mí, pero ya había demasiados muertos y, la verdad, llegaron muy tarde. Carlos Pizarro y su grupo fueron para capturar a Javier Delgado, pero este ya se había movido hacia otro lugar. Recuerdo que alguna vez, con otro compañero, encontramos accidentalmente en el cambuche (dormitorio) de Delgado un polvo blanco y cuando lo probamos se nos adormeció la lengua; y recuerdo también cuando un día juró que cuando fuera comandante de toda la guerrilla en Colombia (para la época Coordinadora Nacional Guerrillera-CNG), haría una “limpieza” general”, concluye.

¿Por qué?

En medio de tanta barbarie e inhumanidad que han estado presentes en nuestra historia de conflicto y violencia, la llamada masacre de Tacueyo constituye un hecho único por sus características.

Tras la masacre se encontraron numerosas fosas comunes en las que se encontraron cuerpos de personas que fueron asesinadas al interior del grupo guerrillero. | Foto: Captura de pantalla de Raúl Benoit/ Matanza de Tacueyó 1985

Pese a haber transcurrido ya 40 años de la tragedia, que comenzó a finales de 1985 y terminó promediando enero de 1986, no existe aún una explicación plausible, medianamente lógica y de alguna forma verificable para poder comprender lo ocurrido. Las hipótesis son variadas y están en un rango tan amplio como variado. Estas incluyen “posesiones demoníacas” y una especie de paranoia colectiva, pero las más citadas conducen a un posible plan de la inteligencia militar para “autodestruir” esa fuerza guerrillera. Y de dicho plan habría hecho parte el propio Javier Delgado.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Si el líder de esa guerrilla era al mismo tiempo un agente de la inteligencia militar, dada su constante cercanía física a la comandancia del M19 en las montañas del Cauca, no era acaso más estratégico conducir un esfuerzo para destruir ese grupo de líderes de, para ese entonces, una guerrilla muy fortalecida, como lo era el M19?

Quizás se trate de que se haya dado de todo un poco: infiltraciones, paranoia, consumo de sustancias psicoactivas, entre otros factores. Y lo que comenzó como una purga interna en pequeña escala terminó convertida en una vorágine de violencia colectiva. Pero de entre la búsqueda de explicaciones hay una que interpela profundamente a la condición humana: ¿qué hace que, entre combatientes armados, nadie se haya rebelado frente a la atrocidad y la injusticia que estaba perpetrándose?

Los cabecillas de este grupo armado ilegal cometieron la masacre bajo la premisa de que las víctimas eran infiltrados. | Foto: Captura de pantalla de Raúl Benoit/ Matanza de Tacueyó 1985

A la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV) le asistió el desafío de intentar o proponer una lectura compleja de lo ocurrido y a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas (Ubpd) el de encontrar los cuerpos de 164 combatientes sacrificados.

Pero el gran reto es también para todos como nación. Ni aun en la guerra es admisible despojar al “enemigo” de su condición humana. Lo que nos ha hecho humanos no ha sido la guerra ni la violencia, sino la posibilidad de vivir una humanidad común y creer en un destino compartido.

Epílogo

Con los primeros rayos de sol que emergían en el horizonte y ya muy cerca de concluir la parada militar matutina, Carlos Pizarro dijo a sus combatientes: “Levantémonos pronto y erguidos contra cualquier injusticia y dolor que veamos perpetrar contra otro ser humano. Hagámoslo en todo tiempo y lugar en el que la historia nos encuentre. Puede que al hacerlo corramos riesgos, pero al final nuestro espíritu se regocijará en un orgullo, sano, humano y dulce”.

*Este texto ha sido tomado y editado del libro Memorias de abril (Ed. Planeta 2010).