A simple vista, El Carmelo conserva la rutina de cualquier día. Las calles tienen el movimiento habitual, los habitantes continúan con sus actividades y en los alrededores del corregimiento la vida transcurre sin una señal evidente de que, en la mañana del miércoles 16 de septiembre, un ataque con drones cargados con explosivos puso en alerta a esta zona de ese corregimiento vallecaucano.
Pero al acercarse a la vereda La Gran Vía, el ambiente cambia. Allí, unas 20 viviendas están ubicadas cerca del radar 3D de vigilancia de la Aeronáutica Civil, una infraestructura estratégica que se convirtió en el centro de la preocupación de los moradores después de la explosión.
El radar está instalado sobre una torre de unos 30 metros de altura y cuenta con una estructura metálica de aproximadamente 10 toneladas. En la parte superior se encuentra la esfera que protege el sistema, la cual fue alcanzada por el impacto.
Algunas de las familias que viven a tan solo una cuadra e incluso frente al lugar fueron las que sintieron con mayor intensidad el estruendo.
Una de esas casas es la de una mujer que ha vivido toda su vida en ese sector. Aquella mañana estaba a punto de salir junto con su hija para llevarla al colegio cuando la explosión interrumpió la rutina: “Sí, apenas íbamos de salida. Ya la niña subía cuando pasó eso”, contó.
Después del estallido, la reacción fue inmediata. Los habitantes salieron a la calle mientras esperaban saber qué había ocurrido y qué medidas tomarían las autoridades para atenderlo. “Todo el mundo para la calle, a esperar a ver qué pasaba”, relató la mujer.
Poco después llegaron unidades del Ejército, la Policía y funcionarios de la Administración Municipal de Candelaria. Sin embargo, el temor permanece para algunos de quienes viven en las inmediaciones del radar. “La gente está con miedo por lo que pasó, pero pues hay que seguir viviendo, porque qué más hacemos”, dijo la habitante.
Su familia lleva más de dos décadas en el lugar y, según su relato, antes de este episodio la zona había sido tranquila.
La preocupación tiene una razón concreta: el radar continúa allí. “Uno está con ese miedo, porque eso no lo tumbaron y yo creo que la idea de ellos era tumbarlo, ¿no? Entonces, que ahora sí lo quieran tumbar”, agregó.
Una tranquilidad que cambió
Para Fabio Núñez Holguín, escritor, gestor social y líder comunitario de El Carmelo, el hecho generó preocupación precisamente porque se trata de una situación poco habitual en una zona que, según describe, ha mantenido históricamente un ambiente tranquilo.
“El Carmelo es un pueblo apacible, tranquilo. Aquí somos muy amables, trabajadores”, señaló y añadió que los fenómenos de inseguridad que suelen presentarse son esporádicos y que la comunidad se ha caracterizado por su tranquilidad.
Núñez explica que la inquietud también está relacionada con la ubicación estratégica del radar. El sector hace parte de un territorio en el que se encuentran instalaciones militares y de seguridad, por lo que los habitantes del corregimiento no estaban acostumbrados a experimentar un hecho de estas características. “Yo creo que es la primera vez que hay una incursión de ese tipo”, sostuvo el lugareño.
La zona donde ocurrió el ataque no corresponde al centro urbano del corregimiento. El líder comunitario explicó que el radar está ubicado en un sector rural, cerca del pequeño asentamiento. Por esa razón, considera que el hecho no generó una afectación directa a todo corregimiento y explica, en parte, por qué la cotidianidad de El Carmelo no se detuvo.
Durante el recorrido de El País por la zona, los colegios permanecían funcionando y no se evidenciaba suspensión general de clases. A pesar del susto provocado por la explosión, los rectores y los maestros decidieron mantener las aulas abiertas, brindando un entorno de contención y normalidad para los estudiantes.
Uno de los habitantes consultados confirmó que los niños continuaban asistiendo a la escuela con normalidad: “No, todavía no”, respondió cuando se le preguntó si habían parado las clases.
Tampoco la actividad comercial se había detenido. Una mujer que atiende una pequeña tienda en el corregimiento aseguró que el hecho no había afectado directamente sus ventas, aunque reconoció que el miedo sí está presente. “Nos sentimos asustados, pues uno piensa que van a volver otra vez, en qué momento”, manifestó.
También señaló que se trata de la primera vez que ocurre algo de esta naturaleza en esa zona de Candelaria y que, pese al temor, su familia permanece en la vivienda, atendiendo el negocio.
Presencia de las autoridades
Durante el recorrido de El País por las inmediaciones del radar no se observó presencia permanente o visible de Fuerza Pública en la zona. Sin embargo, habitantes aseguraron que después del ataque han visto rondas de la Policía y el Ejército.
Una de las mujeres que vive cerca al asentamiento La Gran Vía afirmó que los uniformados pasan con frecuencia. Según su relato, ese día habían pasado durante la mañana y podían volver a hacerlo en otros momentos. “Puede que pasen de aquí a un ratito, a mediodía, por la tarde, por la noche”, dijo la moradora de esa zona.
Otro vecino del sector indicó que “ellos vienen por la noche”, y añadió que se sienten protegidos por la Fuerza Pública, cuando ven su presencia.
La Alcaldía de Candelaria, por su parte, informó que, después del ataque con drones al radar, se realizó un consejo de seguridad extraordinario con participación de autoridades municipales, departamentales, Policía y Ejército.
De acuerdo con la información entregada por la Oficina de Comunicaciones del Municipio, en esa reunión se definieron medidas para reforzar la seguridad en el sector.
La Administración local también señaló que la alcaldesa Gessica Vallejo se reunió luego con los habitantes de la zona afectada para escuchar sus preocupaciones.
Entre las medidas anunciadas está el refuerzo de la presencia de la Fuerza Pública, con participación de la Policía y el Ejército, así como patrullajes y puestos de control móviles.
También se anunciaron sobrevuelos y el traslado de unidades de operaciones especiales al municipio. Además, se estableció una recompensa de hasta $ 50 millones por información que permita encontrar a los responsables del ataque.
Mientras los habitantes intentan recuperar la tranquilidad, una de las preguntas que permanece es qué ocurrió exactamente con la infraestructura atacada.
La Alcaldía de Candelaria explicó que ese punto no pudo ser inspeccionado directamente por el Gobierno Municipal, debido a que se trata de un lugar privado de la Aeronáutica Civil.
Por esa razón, aseguró que no se tenía información detallada sobre las afectaciones específicas ocasionadas a la infraestructura.
No obstante, después del Consejo de Seguridad, la Administración local informó que había establecido comunicación con la Aeronáutica Civil y que el radar no presentaba una afectación grave. De acuerdo con la declaración pública, el equipo continuaba funcionando y se solicitó reforzar la seguridad tanto de esa infraestructura como de la comunidad ubicada en sus alrededores.
El radar que vigila el cielo del suroccidente
El equipo atacado no es una antena convencional, el Gobierno Nacional lo presentó en julio de 2025 como el primer radar 3D de uso civil instalado en Colombia, con una inversión superior a los $41.400 millones. Hace parte de una red de siete radares de alta tecnología proyectados para fortalecer la vigilancia del espacio aéreo del país.
A diferencia de los radares convencionales (2D), que solo detectan la distancia y la dirección de una aeronave, la tecnología 3D permite medir simultáneamente distancia, dirección y altitud exacta. Esta capacidad le otorga un rol decisivo contra el narcotráfico, ya que permite identificar y rastrear avionetas clandestinas que sobrevuelan la región con el transpondedor apagado para no ser detectadas por las torres de control tradicionales.
Con un alcance de 256 millas náuticas, el radar cubre parte del espacio aéreo del suroccidente colombiano y también presta servicios de aproximación para las aeronaves que llegan y salen del Aeropuerto Internacional Alfonso Bonilla Aragón. La información que genera se articula con los centros de control aéreo de Cali y Bogotá y con la Fuerza Aeroespacial Colombiana.
Su ubicación en Candelaria responde, entre otras razones, a las condiciones geográficas del sector, que permiten una amplia cobertura del espacio aéreo del suroccidente del país.
No obstante, para quienes viven cerca, el radar tiene ahora otra dimensión. Después del ataque, esa estructura que durante años hizo parte del paisaje cotidiano quedó asociada, de manera inevitable, al estruendo de aquella mañana y al temor de que un hecho similar pueda repetirse.
Aún así, en El Carmelo y Villagorgona los niños regresan a las canchas para reavivar el espíritu deportivo que siempre los ha caracterizado, las familias retoman sus rutinas y las calles recuperan poco a poco su movimiento habitual. El territorio vuelve a su ritmo, aunque aquel día de septiembre ya forma parte de la memoria de quienes lo vivieron y dejó una marca silenciosa en el corregimiento.