La muerte de Tatiana Schlossberg a los 35 años, víctima de leucemia, volvió a golpear a Caroline Kennedy, la única sobreviviente de Camelot y heredera de un apellido que Estados Unidos venera tanto como teme.
La periodista falleció el 30 de diciembre, apenas semanas después de dar a luz a su segunda hija, sumando un nuevo capítulo a la cadena de desgracias que persigue a la familia más emblemática de la política estadounidense, la familia Kennedy.
Caroline Kennedy, de 67 años, cargó el féretro de su segunda hija en una ceremonia que pintó su devastación.
Exembajadora en Japón y Australia, esta mujer que nunca se creyó el cuento de “princesa americana” había dedicado décadas a proteger a sus tres hijos —Tatiana, Rose y Jack— de la mirada pública y del peso de un apellido que, si bien abre puertas, también arrastra una historia de muertes prematuras que alimentó el mito de una maldición familiar.
La saga de los Kennedy comenzó con Joseph Kennedy, abuelo de Caroline, quien construyó una fortuna equivalente hoy a más de 3.000 millones de dólares. Cuando su hijo mayor, Joseph Jr., murió en la Segunda Guerra Mundial, el patriarca volcó sus ambiciones políticas en John F. Kennedy, el segundo de sus nueve hijos.
La llegada de JFK a la Casa Blanca en 1961, a los 43 años, junto a Jackie de 31, personificó una nueva era de glamur y juventud que puso al país en éxtasis.
Una infancia bajo reflectores y el inicio de la tragedia
Caroline y su hermano John-John, de 3 años y 2 meses respectivamente cuando su padre asumió la presidencia, se convirtieron en los primeros niños en habitar la Casa Blanca en medio siglo.
Las fotografías de ambos bailando y jugando en la Oficina Oval proyectaron la imagen de familia perfecta que Estados Unidos anhelaba. Pero esa ilusión se desmoronó en 1963, cuando Caroline tenía apenas 5 años y su padre fue asesinado en Dallas, Texas.
La cadena de desgracias no se detuvo. En 1968, su tío Robert Kennedy, candidato presidencial, corrió la misma suerte que su hermano.
Jackie, su madre y la mujer más admirada del planeta en su época, murió en 1994 víctima de linfoma no Hodgkin. Cinco años después, en 1999, su hermano John-John falleció pilotando el avión en que viajaba con su esposa Carolyn Bessette y su cuñada Lauren.
Estas tragedias, sumadas a las múltiples calamidades en otras ramas del clan, consolidaron la percepción de que el apellido Kennedy está maldito.
Tatiana Schlossberg, hija de Caroline y el diseñador Edwin Schlossberg, supo que padecía leucemia apenas horas después del parto de su segunda bebé. Quimioterapia, trasplantes de células madre y su participación en un experimento médico no lograron detener la enfermedad.
En medio de su batalla, la exredactora de The New York Times publicó un ensayo en The New Yorker que muchos consideran su legado. “Siempre me esforcé por ser buena en todo para proteger a mi madre. Ahora, le he agregado una nueva tragedia a su vida, a la vida de nuestra familia, y no hay nada que pueda hacer para detenerlo”, escribió en un pasaje desgarrador.
*Este artículo fue creado con ayuda de una inteligencia artificial que utiliza machine learning para producir texto similar al humano, y curado por un periodista especializado de El País.