A casi tres décadas de su fallecimiento, ocurrido el 31 de agosto de 1997 en París, Diana de Gales continúa siendo una de las figuras más influyentes de la cultura y la moda. Y es que sus elecciones de vestuario trascendieron las tendencias y terminaron convirtiéndose en una manera de expresar su personalidad, su transformación y su relación con la vida pública.
Sus fotografías, sus prendas y, especialmente, la evolución de su estilo siguen siendo hoy objeto de análisis y referencia para nuevas generaciones.
Diana llegó a la familia real británica con una imagen asociada a los códigos de vestuario de la época. Durante sus primeros años como integrante de la realeza, predominaban en sus apariciones los jerséis, las camisas, las faldas, los blazers y los estampados, dentro de una estética cercana al estilo preppy.
Sin embargo, con el paso de los años comenzó a desarrollar una identidad propia frente a la ropa. Sus elecciones fueron adquiriendo mayor personalidad y, en determinados momentos, rompieron con la imagen conservadora que se esperaba de una integrante de la familia real.
De hecho, uno de los ejemplos más recordados de esa primera etapa fue el jersey rojo de la marca Warm & Wonderful que Diana utilizó en 1981. La prenda tenía varias ovejas blancas y una oveja negra, un detalle que posteriormente fue interpretado por la prensa británica como una posible representación de su sensación de no encajar completamente dentro de la familia real.
Más allá de las interpretaciones, aquella pieza terminó convirtiéndose en uno de los elementos más reconocibles de su guardarropa. Tanto que hace tan solo un par de años, la emblemática pieza fue subastada en más de 1.1 millones de dólares.
Ahora bien, la relación de Diana con la moda también estuvo marcada por la amistad, siendo cercana a diseñadores como Catherine Walker, quien ayudó a construir su imagen pública con estilos que marcaron la escena internacional. Entre ellos, el recordado atuendo de chifón que Diana llevó al Festival de Cine de Cannes en 1987.
O el vestido-abrigo de seda en tono durazno, con estampado de lunares y doble botonadura, que Diana utilizó en diferentes compromisos reales entre 1988 y 1991.
Sin embargo, la transformación más evidente en el estilo de Diana ocurrió después de la separación del entonces príncipe Carlos, en 1992. En esa etapa empezó a experimentar con prendas más atrevidas y con siluetas que mostraban una faceta diferente de su personalidad.
Uno de los momentos que quedó registrado en la historia de la moda ocurrió en 1994, cuando asistió a una fiesta organizada por Vanity Fair en Londres.
Para aquella ocasión escogió un vestido negro diseñado por Christina Stambolian. La pieza, de escote bardot y silueta ajustada, se apartaba de la imagen más tradicional que había caracterizado algunas de sus apariciones anteriores.
El atuendo pasó a ser conocido popularmente como el “Revenge Dress” o “vestido de la venganza”, y con el tiempo se convirtió en uno de los looks más emblemáticos asociados a Diana.
Pero el legado de Diana fue mucho más allá, y es que la princesa no titubeó a la hora de mostrarse ante el mundo como una bella mortal. Lo hizo sin pretensiones, confiando en su buen gusto, pero también en su comodidad, por eso con frecuencia se le vio usando sudaderas amplias y shorts deportivos, jerséis de punto, pantalones de tiro alto, blazers, vestidos amplios y prendas contemporáneas que marcaron el estilo de una mujer sin igual.
*Este artículo fue creado con ayuda de una inteligencia artificial que utiliza machine learning para producir texto similar al humano, y curado por un periodista especializado de El País.