“Me gustan los Mirados, el 2 es más suave; me basta cualquier lápiz, con tal de que no esté tan pulido, sino gastadito en la punta, porque muy finito me quita la ligereza”, contó una vez Luisé, mientras su mano diestra se apuraba en el papel periódico a dibujar un recuerdo de infancia: “Una vez, un vecino le puso la queja a mi papá de que yo me estaba burlando de él, simplemente lo dibujé como era, con un sombrerito gracioso y la espalda sudorosa”.
“Antes, hacerle una caricatura a una persona era una ofensa. Mi papá me dio mi castigo para que respetara a la gente. Pero en el colegio di tanta lora, que no fue difícil para mis padres concluir que su hijo se iba a especializar en burlarse de la gente”, contaba.
“Yo tiro dardos, mi intención no es ofender”, decía Luis, el mayor de quince hermanos, diez mujeres y cinco varones. Sin embargo, cuando estudió en el colegio de los Hermanos Maristas, en Pamira, le calificaban cero en dibujo: “Yo fregaba mucho al profesor, y en los exámenes me rajaba, pero, en las observaciones del boletín de notas, el maestro escribía: ‘Excelente dibujante y caricaturista’”.
Cuando estaba de soldado, en 1955, en la Tercera Brigada, le pagaban por dibujar mapas de las áreas de operación del Ejército y de las armas que se compraban. “Una vez hice a un ministro de gobierno, Hernando Navia Barón, chupándole bota a Rojas Pinilla (Luisé saca la lengua y simula que bebe de un pitillo imaginario) y se armó un problema el macho. El comandante preguntó: ‘¿Quién hizo esa vaina? De frente, le dije: ‘La hice yo’, y él bravo. Le digo: ‘Entonces, ¿qué hago, comandande, me voy? Y él me responde: ‘No, quedate, pero no molestés al Gobierno, ¿no ves que estamos dentro? Retírese, López’. El comandante me dio una carta de recomendación en la que se leía: ‘Excelente caricaturista y dibujante’. Con eso chicaneaba, me dio alas’”.
Su talento lo pulió con estrictos maestros en Bellas Artes, pero anotaba con picardía: “Me tocaron las modelos desnudas. ¡Ayayay!”. A su afilado lápiz y afinado trazo se le atribuye la caída y el ascenso de alcaldes y gobernadores vallecaucanos, pero también cuestionaba con su 2HB Mirado y su humor político a los presidentes de turno.
Ni las damas del poder se salvaron de sus puyas en carboncillo: “Las criticaba mucho, y un día el doctor Lloreda, director de El País, me dijo: ‘Ellas me pidieron que no las molestaras tanto”. A sus novias tampoco les hacía gracia verse dibujadas por Luisé, a quien le gustaba trazarlas con poca ropa: “Se me enojaban, decían que era muy morboso. Y yo les decía: ‘Mi amor, usted qué va a saber más de arte que yo’, y las dejaba con un guayabo del grande”.
Un legado de tinta imborrable dejó Luis, quien le daba al papel periódico una magia especial cuando plasmaba con sus lápices la realidad política y social del país a través de trazos únicos y artísticos, que le dieron el título de maestro de maestros.
“En sus trazos se mezclaban la bondad de la intención y la acidez de la crítica, indispensables en toda buena caricatura”, apunta Vladimir Flórez, Vladdo.
Cuenta el caricaturista nacido en Armenia, Quindío, creador de Aleida, que: “Luisé pertenecía a una escuela de grandes dibujantes que marcaron una época en distintos periódicos colombianos. Al igual que sus compañeros de generación: Hernán Merino y Hernando Turriago (Chapete), Luisé desarrolló un estilo único para representar la realidad social, política y económica de buena parte del Siglo XX en nuestro país”.
Para Vladdo, quien trabajó en El País a comienzos de los años 90, dice: “Nos quedan como legado su obra, su ejemplo y la bonhomía que siempre lo caracterizó. Guardo en mi corazón valiosos recuerdos de Luisé y una inmensa gratitud”.
Con él coincide Mario Hernando Orozco, Mheo, para quien Luis fue “uno de los grandes cultores de la caricatura clásica colombiana. Fui caricaturista de El País durante 30 años y nunca estuve de lleno en el periódico, pero siempre iba de visita y esta incluía pasar por el puesto de Luisé, escucharlo, verlo dibujar”.
Tímido, de mirada aguda, maliciosa, aunque dulce, así lo recuerda Mheo, quien admiraba de él la facilidad impresionante que tenía para el dibujo: “Los retratos los hacía a lápiz, de una sola vez. Luego repintaba con estilógrafo. Sacaba varios bocetos de ideas. Era un espectáculo verlo dibujar”.
Gran tomador de pelo, Luis solía preguntarle al pereirano Mheo por caricaturistas de otras épocas como Hernando Turriago Riaño, Chapete, Adolfo Samper. “Yo decía Luisé está muy viejo y ya se enloqueció. Y no, era que estaba mamando gallo”, cuenta desde su ciudad.
“Trabajó hasta los 90 años en El País. De lunes a viernes, llegaba de Palmira a la terminal y se iba a pie hasta la redacción, para participar en los consejos de redacción de la sección Opinión, siempre con una mirada inquisitiva, con sus ojos diminutos, entrecerrados, pero viéndolo todo”, también relata Mheo.
Como un niño travieso, siempre hizo pilatunas en sus caricaturas, “como dibujar a personajes reales del periódico, sin que ellos se percataran fácilmente”, añade.
Para la muestra, una anécdota que contaba entre risas el propio Luis, quien una vez dibujó en una caricatura, que mostraba el paso de los sacerdotes de la Iglesia Católica a la anglicana, a dos curas que tenían las mismas caras del entonces director de El País, Rodrigo Lloreda, y del editor de Opinión de la época, Gerardo Bedoya. Eso sí, en el momento el autor negó haberlo hecho a propósito.
“Era un caricaturista del otro mundo”, acota su gran amigo y colega Ropoco, Rodrigo Posada Correa, nacido en Caldas, pero palmirano por adopción, quien actualmente tiene 92 años: “Hace 60 años yo pintaba avisos con pincel y regla y hacía estand para La Fiesta de la Agricultura, y Luisé una vez me hizo unos letreros. Allí lo conocí. Después fuimos muy amigos, colegas, a pesar de que yo no le amarraba los zapatos a él, porque era un caricaturista del otro mundo”.
No faltaba Luis a su cita anual en Ríonegro, recuerda Ropoco, quien lo veía siempre en el Festival de Caricatura Ricardo Rendrón Bravo: “Éramos grandes amigos. Toda la vida lo admiré, desde que hacía caricaturas para el periódico El Gato, luego en El País y en El Tiempo. A pesar de ser muy admirado, se mantuvo humilde”.
Luisé no conoció a nadie de su familia que tuviera su mismo don, pero un sobrino nieto, Federico, más conocido como Maréh en el ámbito musical, tiene habilidad para el dibujo. “Es muy bueno, muy rápido”, admitió el tío, muy orgulloso.
Precisamente hoy el cantautor cuenta que su mejor recuerdo con su tío abuelo fue cuando tenía 8 años de edad y asistió a una exposición de Luisé en la Cámara de Comercio.
“Yo, con esa emoción y esa capacidad de asombro de niño, quedé atónito al ver toda su obra expuesta, incluidas pinturas suyas, y a toda una ciudad puesta ante su trabajo. Esas caricaturas me hicieron apasionarme desde muy niño por el dibujo y la pintura. Yo jugaba a hacer caricaturas, gracias a mi tío abuelo, Luisé. Quedó en mí marcada para siempre esa sensibilidad y las ganas de seguir creando”.
Pero esa fascinación también era por la persona: “Admiraba su calma, su tranquilidad, su sentido del humor, que no solo impregnaba en sus caricaturas, también en la cotidianidad. Me dio un par de buenos consejos que siempre atesoraré en mi corazón”.
La frase
“Cuando llegué a El País, lo primero que hice fue visitar la oficina de Luisé. Me gustaban sus trazos muy rápidos, hacía una caricatura en minutos, combinaba la acuarela con soltura y velocidad; me impresionaban sus retratos de personajes”.
Jaime Trujillo, ilustrador que trabajó en El País.