El actor que interpreta al 'Mono' en la serie 'Metástasis' habló con El País sobre los cambios en su vida.
Héctor Mejía es de Ulloa, Valle, pero se siente caleño, y un habitante recurrente del Distrito de Aguablanca, donde transcurrió gran parte de su vida, y el lugar donde más les colaboran a él y a sus amigos actores para filmar.
De ser obrero de construcción, vendedor de cholados y ayudante en la plaza de mercado, pasó a hacer carrera en la televisión y el cine, en especial como villano.
Interpretó al Mono Monroy, un guerrillero en la serie Pandillas, guerra y paz; hizo de Frenillo en Escobar, el patrón del mal; de Alias el Alemán, en Tres caínes; de El Loco, en Amor en Custodia; del Mellizo en Perro come perro, y ahora hace el papel de El Mono en la serie Metástasis.
Pronto estará como El lunarejo en La Boca del Lobo, serie sobre los Rodríguez Orejuela, de RCN, y como el cabo Torres en Esmeraldas, de Caracol.
Su historia es la de un guerrero, diría su amigo, el guionista y actor caleño Harold De Vasten, con suerte, agrega Héctor. Nací en el pueblo cafetero de Ulloa, Valle. Cuando tenía 5 años mis padres, desplazados por la violencia, me llevaron a vivir a Cali y siempre he vivido en el Distrito de Aguablanca. Siempre rodamos los cortos allá, porque allá la gente es dada a colaborar, te dicen: Si no tienen la camioneta yo les pongo la de mi primo, cuenta el actor.
Héctor vive actualmente con su esposa, Maryorie Cardona, bailarina egresada de Incolballet, en el barrio La Nueva Base. Vivo allí desde que llegué a Cali hace tres meses, porque estaba radicado en Bogotá. Pero mi zona de confort es el Distrito, porque allí crecí, reitera.
Recuerda cuando a sus 8 años de edad vio el primer televisor y le buscaba los muñequitos por detrás. El aparato lo impactó. Y cuando estaba en sexto grado en un homenaje a la bandera que escuchó declamar a un profesor de educación física y eso causó en él una catarsis que le estremeció. Yo quiero causar lo mismo en la gente, se dijo. Y como llegó a su casa a repetir los versos: Y el machete en la mano, temblame con rabia.
Mi mamá me dijo, ¿Ese no es El Duelo del Mayoral? ¡Yo me lo sé!, me lo anotó y empezó a comprarme las revisticas de poemas urbanos que vendían en los buses, y yo a aprendérmelos. Y dije: quiero ser actor.
Cuando estudiaba en el Colegio Alberto Carvajal Borrero, de Cali, llegó a Noveno una profesora de la Universidad del Valle, que formó un grupo de teatro, y de paso le dio más alas a Héctor en su sueño. Mi papá ganaba un salario mínimo que le quedaba corto para mantener a cuatro hijos. Casi que no termino el bachillerato. Trabajé en la plaza de mercado, como cotero, fui obrero de construcción. Y vendí raspados. Eso me ha servido para la parte actoral, porque he sido muchos personajes, dice.
Y terminó el bachillerato. Y se propuso alternar sus estudios en el Instituto Popular de Cultura, IPC, con su trabajo de palero, recogiendo escombros en una volqueta. Llegaba justo a las 6:00 p.m., hora de entrada a clases, pero sus compañeros le reprochaban que nunca estaba en los ensayos. Estudió dos semestres y se salió al ver que no podía cumplir con todo. Pero llegó una oportunidad. A través del periódico Qhubo convocaban a un cásting para una película. Conocí a Harold De Vasten y a muchos actores de recorrido. La película no salió, pero hice amistad con ellos y empezamos a hacer cortometrajes y nació Cominsunfilms.
Héctor es un guerrero, él es capaz de construir mobiliario para los rodajes, me ayuda en la ambientación, dice Harold.
Un día, mientras excavaba las calles en el barrio Bellavista para poner unas tuberías de collarín, lo llamaron para la película caleña Perro, come perro. Guardé mi pala y mi pica y arranqué en bicicleta para el cásting. Yo iba escalón tras escalón y esa película significó cinco escalones en mi carrera, admite Héctor, quien se aventuró con Harold De Vasten a irse a buscar oportunidades a Bogotá. Allí, la suegra de un pastor cristiano los acogió como a sus hijos. Ese fue otro ángel en la vida de Héctor, el primero lo acogió a él y a sus padres en una escuela en la que vivieron durante 9 años.
Él está convencido de que Diosito a veces escoge por uno. Por eso se ríe cuando recuerda a muchos colegas llorando cuando mataban a sus personajes en Pandillas, guerra y paz, Decían: Dizque me matan ve, como si de verdad se fueran a morir. Insistían: ¿No habrá forma de hablar con el libretista a ver si me deja vivo?. Héctor ya ha cumplido varios sueños, trabajar con Marlon Moreno, con Alejandra Borrero y con Andrés Baiz. Y siempre piensa que si algo no se da, es porque viene algo mejor.