Podcast literario Que Vivan Los Libros

Está exiliada en Chile y vive en la ciudad de Iquique, al norte del país, en la frontera con Bolivia, junto a su pequeño hijo.

‘Atrás queda la Tierra’ es el brillante debut literario de Arianna de Sousa, que escribió siete años después de la tragedia humanitaria que obligó a millones de venezolanos a migrar a pie por América Latina en 2016.

Hablamos con ella sobre el proceso de escritura de este hermoso testimonio de valentía, incómodo para muchas editoriales que decidieron no publicar por ir en contra de su ideología, hasta que un editor apostó por esta historia de la vida real.

Arianna, ¿qué te condujo a migrar a Chile?

Me vine a finales del año 2016. Siempre me cuesta decir que fue la etapa más crítica de Venezuela, porque mi país ha pasado por muchísimas etapas críticas. Había una hambruna desbocada. Yo acababa de tener a mi hijo.

¿Y qué era lo que pasaba específicamente en 2016 en Venezuela?

Fue una situación que sencillamente explotó. Una situación de control alimentario ejecutado por el Gobierno a través del sistema Clap. Era una cadena no solo de control, sino de corrupción. Porque, cuando tú te metes con el alimento de las personas, se incentiva el sapeo entre vecinos y el control entre pares. Esto terminó muy mal, en una gran hambruna.

¿En qué circunstancias decides irte de Venezuela con un hijo de 1 año?

Yo era una periodista que ganaba sueldo de periodista. Hice un reportaje sobre el control de comida, con el que me gané un premio. Hice una crónica que reunió a periodistas de todo el país, conté los casos de hambruna de Puerto La Cruz, de donde soy, que está en el oriente de Venezuela, gente de mar, interesada en la pesca.

Yo escribí esa crónica y al mes y medio salí de Venezuela. Empecé a sentir presión política de organismos de fuerzas de seguridad del Estado.

¿Alguna vez habías imaginado que Venezuela, un país rico, podía tener una hambruna nacional?

Jamás. Mi familia siempre ha pasado por momentos altos y bajos económicos. Eso me ha dado a mí una perspectiva de mundo importante. Vivíamos en uno de los barrios más peligrosos de Puerto, en La Cruz, pero nunca habíamos tenido que acostarnos sin comer durante todo el día.

¿Fue culpa del bloqueo estadounidense?

No. Esto pasó mucho antes del bloqueo estadounidense. Los observadores internacionales o visitantes se quedan en un hotel que tiene planta eléctrica y donde te alimentas diariamente, y te llevan a los barrios más peligrosos como si se tratara de un safari. Por supuesto que los bloqueos existen, pero todas estas cosas pasaron antes de eso. Había una gran corrupción, ya se habían encontrado camiones llenos de comida podrida.

¿Camiones llenos de comida podrida?

Había organismos que regulaban la alimentación. Se dividían en muchos subgrupos y en el primer subgrupo había militares o ministros que regulaban eso. Había un control nacional, luego uno regional, luego uno a nivel de ciudad, luego uno a nivel de barrio, luego uno por calle.

Y a eso me refiero con corrupción, porque cuando la vecina que en tu calle está encargada de venderte ciertos productos a un precio regulado, pollo, arroz, azúcar, aceite, pues prefiere quedarse ella con los productos.

Si tú eres opositor o le caes mal, la vecina decide deliberadamente no contar a todos los miembros de tu familia y darte menos para quedarse con más. Y si eso lo multiplicas, teníamos gente lucrándose con este control de comida y vendiendo en mercado negro lo que podían conseguir.

Una novela que combina crónica, poesía y relato autobiográfico en primera persona, entre otros. | Foto: Planeta

El demonio se vuelve la vecina. ¿La comida se vuelve un control vecinal de las ideas?

Sí, absolutamente. Personas que pensábamos íntegras, las veíamos ceder ante el poder, ante la plata. Lo que resultó para nosotros la Revolución Bolivariana fue la degradación finalmente de las familias y, con las familias, de la sociedad.

¿Por qué tardaste siete años en escribir el libro?

Porque la vida de migrante es muy difícil, sobre todo la vida migrante forzada. Y yo siempre hago hincapié en eso. Es muy distinto irse a un país con una oferta laboral o con un plan de posgrado. Pero nosotros somos venezolanos migrantes forzados, porque nos veníamos sin ninguna promesa de nada. Y casi debiendo.

En lugar de venir a Colombia, que te quedaba más cerca, ¿por qué Chile?

Fue sumamente fortuito. En la diáspora venezolana terminábamos yéndonos a los lugares donde nos podía recibir alguien en su casa. Y ese era todo el criterio. Como no había ningún ahorro que pudiese llevarte a tener un sitio alquilado, terminábamos meses, y en ocasiones años, en el sofá de alguien. Mi tía vivía en Chile.

En tu novela cuentas cómo los venezolanos iban caminando, migrando hasta Chile, y a veces pasaba un carro y se llevaba a dos o cinco personas arrolladas. Grave denuncia...

Sí. Para la novela, yo me centré en el trayecto, porque la mayoría de esa diáspora se movió a pie o en botes muy precarios.

Básicamente, habla de un desespero muy grande, porque todas estas personas llevaban niños a cargo. Es doloroso cuando en redes se ven mensajes: ¡Qué irresponsables! ¿Cómo hacen eso con los niños? Y para mí es como: ¿Qué querías? ¿Que se quedaran sentados mirando cómo su hijo se muere?

" Lo que más me importaba era que el libro quedara como un documento. Que el Gobierno no pudiese borrarlo, porque ya nos habían borrado todos los reportajes", dice Arianna de Sousa. | Foto: Planeta

La figura de tu padre es transversal en el libro. Él es un chavista convencido, que se radicaliza, pero pasado un tiempo tiene que ver migrar a su hija y su nieto.

Mi padre fue chavista desde muy temprano, desde los inicios del proyecto revolucionario. Yo crecí en una casa en la que se hablaba mal de los periodistas y no se ponía en duda nada de lo que dijera el Presidente Supremo. Así que hay una fractura, porque finalmente yo decido convertirme en periodista.

Entonces esa figura paterna tan trabajadora, tan apasionada, tan humilde en su inicio, terminó convirtiéndose en una figura autoritaria que termina siendo un poco lo que criticó.

Como personaje del libro, siento mucha ternura por él. Yo creo muchísimo en no satanizar en quien cree en un cambio. Pero también es doloroso ver en lo que deriva, ¿no? Qué le hace el poder al hombre.

Tú eres periodista. ¿Qué tan difícil fue ese ejercicio de narrar el mundo a pasar a narrarse a sí mismo en primera persona?

Mira qué buena pregunta, fue súper difícil. A medida que investigaba sobre la migración forzada, yo sentía que era como caradura o hipócrita de mi parte no incluirme en una escritura tan dolorosa: si estoy contando detalles tan duros de la vida de otras personas, ¿por qué no voy a contar los míos?

Lo que más me importaba era que el libro quedara como un documento. Que el Gobierno no pudiese borrarlo, porque ya nos habían borrado todos los reportajes.

Hay una escena que me maravilla: el bebé quiere una pera, la madre se saca unas monedas y paga la pera, el niño la devora y la madre cena las cáscaras...

Tengo cartas de lectores hablándome de esa escena. Tengo pinturas de peras. Fue recordar y trabajar con el lenguaje para que fuese lo más delicado y respetuoso posible, ante una escena de una persona cuya dignidad ha sido violentada de esa manera.

¿Cómo buscaste editorial para publicarlo?

Fue absolutamente milagroso. Yo, como trabajaba como librera, conocía a todos los editores independientes de Chile. Así que les envié el libro. Y todos, absolutamente, todos me dijeron que no.

Una de las pocas personas que se dignó responderme, dijo que no sabría qué hacer o cómo trabajar con un libro cuya denuncia afectaba las bases de sus creencias.

Paremos aquí. ¿El libro era incómodo porque afectaba la creencia de los editores?

A diferencia de otros países, Chile no tuvo reparación real después de su proceso dictatorial, después de la dictadura de Augusto Pinochet. Ellos llevan un dolor muy grande, un luto más grande que Chile mismo. Entonces, para ellos, la Revolución Bolivariana era algo que tenían muy arriba y eso ha sido como una de las razones principales de por qué causó tanto escozor la presencia de la diáspora venezolana en Chile.

Ser venezolano aquí es explicar, una y otra vez, y eso produce mucho cansancio y dolor.

¿Ellos no reconocían en Venezuela una dictadura?

No. Y todavía no lo hacen.

¿Hay un negacionismo allí?

Sí, sí lo hay. Lo hay tremendamente.

Para ti, ¿en Venezuela hay una dictadura?

Por supuesto. Y trato de siempre usar las palabras dictadura, régimen, porque para los demás es difícil aceptar que fue un fracaso latinoamericano muy grande. Pero a ningún extranjero le duele más que a mí.

¿Y si no te lo querían publicar cómo terminaste en Planeta?

Un día se me acerca mi editor, al que conocía solo de vista. Y me dice: “me contaron que tú tienes un libro y lo quiero leer”. Yo no tenía ninguna expectativa, para ese punto. Se lo mandé y no demoró ni tres días en contestarme. Me dijo: “autora, su contrato está aquí”. Yo no podía creer, porque me he vuelto una persona muy descreída.

Me mandó un contrato y un cheque de adelanto, y allí sí me puse a llorar.

Nos convertimos en pequeños reyes o pequeños dioses de nuestras redes sociales. Pero seguir en el mundo implica sentarte con alguien y escuchar las cosas que no te gustan. Eso podría llevarte, no a que cambies de opinión, pero sí a comprender”.

Finalmente, después de este gran aprendizaje, me quedé con que más vale hablar con la gente, con los vecinos, con los compañeros de trabajo, más que cualquier otra cosa que pueda extraer de algún artículo de algún intelectual sobre Venezuela”.