Desde afuera parece una casa más de las estrechas calles del barrio El Poblado, en el Distrito de Aguablanca de Cali. Apenas la distingue su fachada, tres pisos pintados de naranja y, en un muro, varias placas que dicen Compromiso Valle, Apoya, ProPacífico, Cultura, Alcaldía de Cali. Al subir las gradas —angostas como la calle—, todo empieza a transformarse.
En las paredes hay un mural con los retratos de quienes han hecho posible que esta Casa Naranja exista. Está doña Lucía Restrepo, dibujada con corona, como una reina, la primera propietaria de la vivienda. También aparece, con sombrero y corbatín rojo, Geoff Watson, un inglés que llegó a Cali como profesor del Colegio Bolívar y donó las primeras sillas del teatro. O Katia, una eslovena que vino a aprender salsa y se quedó tres años como profesora.
Tras superar el último escalón aparece lo inimaginable desde afuera: una tarima de paredes negras, luces, sillas, muñecos. La única sala teatral que existe en el oriente de la ciudad.
John Perdomo, el director, cierra su portátil. Noto que su retrato no está en el mural.
— Lo que pasa es que estoy en cada ladrillo —dice y se sonríe, mientras empieza un recorrido en medio de cajas, escaleras, tornillos y taladros.
—Estamos renovando el teatro para que alcance la dignidad que requiere el oriente de Cali. Existe un imaginario muy instalado según el cual, como aquí hay cinturones de pobreza y múltiples problemáticas, no se merecen espacios bellos ni lugares desarrollados. En Casa Naranja trabajamos con la estrategia de lo bello como ejercicio de transformación social. Cuando un chico se pone un vestuario del teatro —hermoso, colorido, brillante— ya no hace falta decirle que debe bañarse o lavarse los pies: empieza a cuidarse, a transformarse. Es un primer paso para que diga: yo también puedo conquistar mis sueños.
Lo cuenta mientras subimos a la terraza para alejarnos de los martillazos y conocer su historia.
También la de este teatro, al que se entra pagando con un huevo, o con una libra de arroz, sal o azúcar. O con un abrazo.
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En la terraza se observa, reblujada, una parte de la historia cultural de la ciudad. Hay muñecos del Gato de Tejada, de Jovita, de la vendedora de chontaduros, de Celia Cruz. John cuenta que harán parte del Museo del Cali Viejo, que se inaugurará en el barrio San Judas. Estas figuras participan también en el Desfile de la Luz, uno de los proyectos insignia de Casa Naranja, un recorrido a finales de año por el oriente, como ejercicio de salvaguardia patrimonial del Carnaval del Cali Viejo.
John continúa conversando sobre la remodelación en curso. Luce emocionado.
— Todo surge de un combinado muy bonito, un “gana-gana” que la ciudad debería replicar. Es la articulación de lo privado, a través de Compromiso Valle y empresarios que le apuestan al desarrollo mediante el programa A Otro Nivel. Gracias a ese impulso se intervinieron el primer piso y esta terraza. Luego vino el respaldo de la Alcaldía, a través de la Secretaría de Cultura, que permitió la remodelación del segundo piso. Y el tercer elemento es la comunidad: gente pintando, martillando, haciendo todo lo que no aparece en ningún presupuesto. Por eso lo llamo la tríada del desarrollo. Cuando empresarios, Estado y comunidad se juntan, no somos carencia: somos potencia.
Mientras lo fotografían, John se pone unas alas de papel y narra cómo levantó la Casa Naranja. Todo empezó en Siloé, donde nació. Allí su contacto con las expresiones artísticas se limitaba a los diablitos, los niños disfrazados que pasaban tocando el tambor en diciembre. Alguna vez se fue con ellos hasta Cristo Rey.
Luego empezó a trastearse por Cali —“soy de muchos barrios”— y llegó al centro. En diagonal quedaba el TEC, el teatro experimental del maestro Enrique Buenaventura, donde John entraba sin pagar boleta.
— Era como la casa chévere del vecino. A los 12 o 13 años me la pasaba allá. Las obras eran maravillosas. ‘A la diestra de Dios Padre’ no se me puede olvidar. Fue mágico, una revelación, sin saber que esa iba a ser mi vida.
En el colegio San Juan Bautista, el profesor de español Álvaro Quintero le “alborotó” la búsqueda de la literatura y el arte. Pasaba algo curioso: aunque era un niño tímido, que casi no hablaba, cuando se subía a un escenario “funcionaba”. Entonces decidió estudiar teatro.
— Casa Naranja existe para romper paradigmas en el oriente de Cali, esos que dicen que alguien como yo, nacido en Siloé, hijo de una mamá que vendía frutas en el piso, no podía conquistar sus sueños. Y sí se pueden conquistar. Mi mamá se quedó sola conmigo cuando yo era un bebé. No tenía dónde caer. Una señora le dio trabajo lavando ropa y otra le regaló frutas para que las vendiera. Así empezó. Después tuvo una tienda y más adelante los mercados móviles. En ese tiempo no teníamos nada, pero no le debíamos a nadie. Años después lo perdimos todo y ahí sí le debíamos a todo el mundo.
La casa quedó hipotecada. Para salvarla, pagar las cuotas, John hizo teatro y también rebusque.
— Fui ‘uber’ antes de que existiera la palabra. Con un Renault 4 llevaba gente al aeropuerto, traía plátanos de la galería. Cuando terminé de pagarle al banco le fui a devolver la casa a mi mamá y ella me dijo: no, mejor haga ahí algo que le haga bien al mundo. Y todo teatrero quiere hacer teatro. No teníamos dónde ensayar, lo hacíamos en los parques, y empezamos a hacerlo en la casa. Era finales de los 90.
La idea no era solo formar artistas, sino crear un espacio donde los jóvenes del Distrito de Aguablanca descubrieran sus talentos y su proyecto de vida.
Pero los artistas empezaron a aparecer. John Edward Camacho hoy trabaja en un crucero por el Caribe, en los shows de circo. También estuvo en Dubái e Italia, y también creó, en Cali, una escuela de Circo Social, Totem Circo Con Espíritu. Todo empezó como zanquero en Casa Naranja. Robinson Hurtado acaba de regresar de China, donde trabajó en un circo. También se formó aquí, en esta sala donde lo venían a ver pagando con un huevo.
A John siempre le hacen la misma pregunta: ¿por qué cobrar teatro a precio de huevo? Él se ríe.
— Este teatro se encuentra en el oriente de Cali, un territorio donde culturalmente no hay mucha cercanía con ciertas expresiones artísticas. Con el baile sí, pero con el teatro, no. ¿Cómo vas a pagar por algo que no conoces? Y no es un problema de plata: aquí la gente paga 80 mil pesos para ver al América o al Cali. El fútbol se promociona, se entiende. El teatro no. De ahí nace la idea.
Pero hay otra lógica, advierte.
— Tiene que ver con la generosidad: primero pensar en dar. Pensar también qué es lo que realmente vale. En el mundo le pusimos precio al oro y a los diamantes, pero si te comes eso, te mueres. ¿Cuánto vale el agua entonces? ¿Cuánto vale la relación con la gente? ¿Cuánto vale un abrazo, que tanto extrañamos en pandemia? Volver al trueque: yo tengo azúcar, tú me das maíz. Nosotros entregamos arte y recibimos un aplauso, un huevo o un abrazo. Y eso está ligado a otra filosofía de la Casa: no somos nosotros, somos todos nosotros, somos los otros.
— ¿Y qué hacen con el huevo?
— Nos lo comemos. Mi hija, que es trabajadora social, lidera un programa que se llama Alimentos con Amor. Cuando hay excedentes, repartimos mercados en la comunidad. El resto se consume aquí, durante los ensayos. En pandemia la gente nos identificaba como los que recogían mercados y muchas donaciones terminaron llegando al barrio.
Las funciones son los sábados a las 7:00 de la noche. John planea abrir una nueva a las 5:00 de la tarde, ahora que el teatro tendrá aire acondicionado. A esa hora no hay rumba ni fútbol por televisión. La gente en el barrio está desparchada. El teatro se vuelve una opción. El nuevo horario es otra estrategia para atraer nuevos públicos.
La meta en 2026 es llevar a mil niños a la sala, que tiene capacidad para 50 espectadores. La obra que abre temporada se llama Balada Local, de Wilson Moreno: la historia de una niña llamada Colombia, a la que su padre manda a matar, una metáfora de lo que a veces hacemos con el país.
John habla del ejercicio de las pequeñas grandes cosas, de esas acciones mínimas que se van sumando sin que uno alcance a dimensionar su impacto. Como en Casa Naranja, que no se habla de salvar a nadie sino de abrir la puerta, de compartir lo que hay, incluso cuando apenas es un huevo.