Por Carlos Charry, director del doctorado en Estudios Sociales de la Universidad del Rosario
Los resultados de las más recientes encuestas que han procurado medir las preferencias electorales de los colombianos de cara a las consultas presidenciales, así como la intención de voto que tienen al momento de su realización los candidatos, cuyos resultados aparecieron durante la última semana, han evidenciado tendencias que podemos calificar como sorpresivas, pero también presentan resultados que podrían parecer no solo inesperados, sino que podrían ser considerados como discordantes.
Lo anterior hace que su lectura e interpretación por parte de la ciudadanía sea cada vez más difícil y confusa.
En uno de los estudios, por ejemplo, las diferencias entre los dos punteros, Iván Cepeda y Abelardo De la Espriella, es de 13 puntos porcentuales; mientras que, en el otro, con apenas uno o dos días de diferencia, la ventaja del primero sobre el segundo se incrementa a cerca de 20 puntos porcentuales.
Resultados discordantes, si se comparan con una encuesta realizada por otra empresa 15 días antes, en donde De La Espriella superaba marginalmente a Cepeda por menos de un punto porcentual, es decir, se trataba de un empate técnico.
Si bien se entiende que deben existir diferencias en las preguntas que se hacen, en los candidatos que se incluyen en las preguntas, así como en la cantidad de personas que son encuestadas, es claro que los estudios de opinión que miden la intención de voto se llevan a cabo dentro los márgenes de error y siguen de manera estricta la metodología que impuso la reciente ley de encuestas, por lo cual la primera pregunta que cualquier lector se haría es saber qué es lo que explica una diferencia tan marcada, de siete puntos porcentuales, entre un estudio y otro.
Al mismo tiempo, si bien en ambos estudios se muestra un importante repunte de la precandidata Paloma Valencia, las diferencias entre uno y otro es de más del doble, pues el primer estudio muestra un 4,4 por ciento de intención de voto, mientras que en el segundo es del 10.
Esto por no hablar del inesperado repunte que tiene la precandidata Claudia López, que en el segundo estudio obtendría más de 11 puntos porcentuales de intención de voto en la primera vuelta, mientras que en el primero no alcanza a llegar al 1 por ciento.
Por su parte, el precandidato Daniel Quintero, que en el segundo estudio que apareció esta semana le ganaría holgadamente a Roy Barreras en la consulta en la que ambos participan, pero que su intención de voto en el primer estudio, en el que sí se midió para la primera vuelta, es de apenas del 0,6 por ciento, mientras que en el segundo estudio, en donde se “asume” que sería Barreras quien ganaría la consulta, razón por la cual fue tenido en cuenta en la pregunta de intención de voto para la primera vuelta, obtiene un 1,8 por ciento de intención de voto.
Una explicación plausible es que es poco acertada la estrategia de medir, en un mismo estudio, a candidatos y precandidatos, pues se trata de procesos políticos y de campañas que se encuentran en momentos muy distintos. Lo otro tiene que ver con la cantidad, sin duda desproporcionada, de candidatos y precandidatos presentes, lo cual podría inducir un efecto de dispersión del electorado, generando no solo mayor fragmentación, sino también un efecto de falta de visibilidad o de desconocimiento de la mayoría de los candidatos y precandidatos que participan en la contienda.
Otra posible explicación es el efecto de “arrastre” que induce la imagen presidencial que favorece o afecta la intención de voto de uno y otro candidato, o bien, se podría considerar también la pregunta de cómo medir, para el caso colombiano, la nada considerable presencia del voto estratégico y del voto de maquinaria, el cual es muy difícil -por no decir que imposible- de medir en las encuestas.
Sin embargo, a todo lo expuesto, se suma una tendencia adicional que cada vez ha tomado mayor presencia en los comicios electorales en Colombia, que no es la alta abstención. Me refiero a la creciente cantidad de personas que declaran en las encuestas pre y post electorales que tomaron la decisión de por quién votar el día mismo de las elecciones, tendencia que ha estado entre el 10 y 12 por ciento, pero que en algunas ciudades y regiones llega al 15 por ciento (o más), lo cual nos permite decir que el escenario electoral en Colombia se encuentra aún muy crudo, y más si se tiene en cuenta que del 62 por ciento de los encuestados que indicaron que van a votar por las consulta, cerca del 44% señala que no sabe por quién va a votar.
Por lo anterior, creemos que está cerca de configurarse una situación similar a la ocurrida hace 4 años, en la que un candidato con poca visibilidad y reconocimiento a nivel nacional, sin maquinarias y avales partidistas, un outsider, derrotó con votos a los candidatos que venían trabajando desde meses y años atrás en sus campañas, llegando a disputar la Presidencia con el actual mandatario con una estrecha diferencia del 4 por ciento, siendo este porcentaje un aproximado de las diferencias que habrán en la segunda vuelta, las cuales podrán variar entre el 3 y el 7 por ciento.
Es por ello que el panorama electoral colombiano está lejos de aclararse el próximo 8 de marzo, siendo claro que las elecciones de primera vuelta terminarán siendo una consulta ampliada por definir quién logrará el tiquete para la segunda vuelta. Al final, por puro principio de realidad, será entre estos por quien se decantará el voto de los indecisos, voto que terminará definiendo al próximo Presidente o Presidenta de la República.
Tales tendencias evidencian que el proceso electoral colombiano es cada vez más volátil y disruptivo, en el que adquiere mayor peso las campañas y los candidatos del tipo “todo cabe”. Distinto a lo que ocurre en otras democracias donde existe un sistema de partidos consolidado, haciendo que la elección se dé entre dos o tres candidatos, como pasa en los Estados Unidos; o donde existe el voto obligatorio, el cual fomenta la toma de decisión, aminora el efecto nocivo de las maquinarias y hace que al final la dispersión del electorado se concentre entre 3 a 5 candidatos, como ocurre en Perú y, más recientemente, en Chile, permitiendo con ello que las encuestas puedan mostrar un panorama más cercano a la realidad.