Una mañana, en su casa en Estados Unidos, Alexandra Albán se despertó y vio un mensaje en WhatsApp que parecía imposible. La compañía alemana Meinl Percussion, una de las más importantes del mundo en instrumentos de percusión, quería fabricar una línea de congas y bongós con su nombre. Algo así como los Jordan de Nike.
Para cualquier percusionista ese es el sueño máximo; como si un futbolista recibiera el llamado del Real Madrid o un escritor de la Academia Sueca.
Para Alexandra era además el premio a un camino largo en el que sorteó golpes —no solo sobre el cuero del instrumento— sino también prejuicios, sacrificios y decisiones difíciles.
Muchos años antes, cuando el salsero Bobby Cruz la escuchó tocar, le dijo:
— Tú eres manitas de piedra.
Esa descarga fuerte, cadenciosa y rítmica en las congas era lo que Cruz necesitaba para su canción ‘Agua para beber’.
El apodo comenzó a extenderse en la industria. Alexandra pasó a ser conocida como “manitas de piedra”, aunque ella prefiere que la llamen como le dicen algunos amigos cercanos: “manitas de seda”.
— Soy una mujer suave, delicada. Solo que, a la hora de tocar las congas, lo hago con mucha fuerza —dice.
Sus dedos son gruesos, curtidos por décadas de práctica. Parecen hechos para golpear una y otra vez el cuero del instrumento.
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Alexandra Albán nació en Pasto hace 46 años. La ciudad de alguna forma es una metáfora sobre su vida. El prejuicio dice que Pasto no es salsera; también que la percusión es un arte reservado para hombres.
- El maestro Eddy Martínez, pianista y arreglista que trabajó en Nueva York con Tito Puente, es pastuso. Yo lo recuerdo como una referencia. Pasto es una ciudad salsera, aunque hay mucha música andina.
Primero fue la voz. A los 7 años Alexandra competía en los concursos de canto de su escuela, María Goretti, y los ganaba. Después llegó la trompeta. Uno de sus cuatro hermanos recibía clases y Alexandra sintió curiosidad por ese instrumento. Ella lo cogía a escondidas. El profesor de su hermano se enteró y le marcó el destino:
- Usted quiere ser músico. Yo le enseño a tocar trompeta gratis –dijo.
- Gratis hasta un puño –recuerda Alexandra, y se sonríe.
Apenas un año después de iniciar las clases ya era la segunda trompeta en la agrupación del colegio. Fue ese instrumento el que la llevó siendo aún una niña a Cali, la capital de la salsa. La orquesta Yerbabuena buscaba una trompetista en tiempos en los que era muy difícil encontrar una.
Pese a que Alexandra solo tenía 13 años, le propusieron entrar a la agrupación a cambio de ayudarla económicamente, pero la condición era vivir en Cali. Viajó con una de sus hermanas y alquilaron una casa en el barrio Aranjuez. Tenía un dilema: ya no quería tocar la trompeta.
- Yo, calladita, cuando estaba en grupos musicales en Pasto, miraba cómo tocaba la conguera y me decía: quiero aprender. Aprendí la base, sola. Estando en Cali, con Yerbabuena, vi que había una orquesta que se llamaba Tumbadora y necesitaban una conguera. Hice la audición, quedé como percusionista y dejé la trompeta. Eso fue un caos porque mis papás habían hecho un gran esfuerzo para comprarme la trompeta profesional. Incluso empeñaron la casa. Nosotros éramos de recursos muy limitados. Mi papá carpintero, mi mamá, ama de casa. Pero la trompeta no era mi pasión. Era una manera de empezar en la música. Igual le agradezco, porque fue la causante de todo. Y mi familia, como siempre lo ha hecho, me apoyó.
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El maestro José Aguirre, director del Grupo Niche, se declara un “admirador furibundo” de Alexandra Albán.
En medio de una grabación, y a través de un audio de WhatsApp, dice:
- Ha hecho una carrera maravillosa, tocando con muchísimos cantantes. Primero en Colombia y ahora, radicada en Estados Unidos, se ha convertido en una de las percusionistas latinas más importantes. Ha grabado con artistas muy relevantes. Actualmente está firmada con Meinl Percussion. Yo he grabado mucha de mi música con Alexandra. Últimamente está grabando con Emilio Estefan.
Entre los artistas que ha acompañado Alexandra con sus congas están Maelo Ruiz, Tito Nieves, Tony Vega, Luisito Carrión, Jerry Rivera, Marc Anthony, Servando y Florentino, Cazzu, Maía, entre muchos más.
También grabó con el productor Sergio George, el mismo de Thalia y Luis Enrique. Su sueño pendiente es tocar con Alejandro Sanz, ojalá también hacer una gira, dice, y de nuevo, se sonríe.
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Con Alexandra tocando en Cali, la familia entera se trasladó desde Pasto. Alquilaron una casa en San Antonio, junto a la iglesia, desde donde se tenía una vista espléndida de la ciudad, en un barrio muy musical. Allí, ella continuaba con el mismo hábito que traía desde niña: encerrarse en su cuarto a leer música y a practicar. En Pasto tocaba sobre una mesa. No tenía congas. Las primeras que compró casi que eran de juguete. Las vendían en el barrio. (Las que ahora vende Meinl Percussion con su nombre rondan los 700 dólares).
En una ocasión, ya como percusionista de la orquesta La Tumbadora, alternaron con la Orquesta Canela. María Fernanda Múnera, una de las fundadoras, estaba embarazada. Le preguntó a Alexandra si la quería reemplazar en el bongó. Ella aceptó. Después la conguera se enfermó y de nuevo Alexandra la reemplazó. Se quedó durante nueve años en Canela, que se convertiría en los años 90 en una de las orquestas femeninas de salsa más importantes de Colombia.
- Viví episodios muy bonitos. En Venezuela sonábamos muchísimo, estuvimos número uno. Pero llegó un momento en que sentí una corazonada, me decía que quería algo más. Y salí de la orquesta para trabajar con otros artistas. Mi nivel como músico comenzó a crecer.
De niña, Alexandra soñaba con una playa. En Estados Unidos vive desde hace 17 años junto a su pareja, Diego Tamayo, timbalero del Grupo Niche. Tienen un hijo de 16.
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El prejuicio dice que la percusión es un oficio de hombres. Sucede que, en la salsa, la conga es el cimiento de todo; es un instrumento que necesita fuerza, a diferencia del pop o el reguetón, donde es más bien un adorno. Por eso algunos creen que no es para mujeres.
Alexandra padeció aquel machismo. Aún, de vez en cuando, le sucede, pese al bautizo que le hizo Bobby Cruz al llamarla ‘Manitas de piedra’.
— Uno llega a un ensayo y dicen: “¿Una mujer en la conga? Eso no va a sonar”. Lo piensan. Ya cuando escuchan, cambian de opinión. Nunca he discutido. Prefiero demostrar. Yo hablo con mi trabajo. Trabajando se demuestra que no solo somos caras bonitas. Nos podemos hacer virales con nuestro talento, no solo con nuestra belleza.
También ha enfrentado acoso o, por lo menos, propuestas indecentes: oportunidades que al principio parecían maravillosas a cambio de “algo”. Alexandra siempre se ha negado.
- Con eso no la voy. He tratado de que mi trabajo sea honesto. Con los años he entendido que no solo estoy construyendo una carrera, sino abriendo una brecha. Hoy, por fortuna, son muchas las mujeres percusionistas que lo hacen de forma profesional. Antes se pensaba que la percusión para mujeres era un hobby, algo pasajero o una moda. Yo me negué a asumirlo así. Me dije: yo quiero vivir de esto. Desde los 7 años hasta hoy solo he hecho música.
La maternidad fue otra prueba trascendental. No son pocas las artistas que abandonan su carrera para dedicarse a sus hijos. En el caso de Alexandra, decidió suspender las giras internacionales por un tiempo e ingresar a la agrupación cristiana de la iglesia Rey Jesús, en Estados Unidos. Así podía estar cerca de su hijo sin renunciar a su esencia.
- Ser mamá implica sacrificar oportunidades. Una vez me llamó el director de Ricardo Montaner para una gira de seis meses. No pude porque el papá de mi hijo viajaba con el Grupo Niche. Pero a medida que mi hijo crecía, retomé mi carrera. La música ha estado siempre.
Alexandra dedica las mañanas a su familia. Apenas termine esta entrevista, cuenta, preparará el almuerzo. En las tardes graba junto a otros artistas. Tiene un estudio en su casa. Los fines de semana se presenta en conciertos. Todos sus días transcurren haciendo música.
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Cuando la marca Meinl le propuso lanzar su línea de percusión, unas congas y unos bongós, que llevaran su nombre, Alexandra entendió la dimensión de lo que había logrado en su carrera.
— Es el sueño de todo percusionista y nadie me lo regaló. Todo fue a base de trabajo. Yo me encerraba horas a estudiar en mi cuarto, aprendiendo la música de los artistas que iba a acompañar, soñando con algo así y buscando un sonido propio con mis manos, depurando la técnica. Que hayan pensado en mí fue un honor. No tengo palabras. Solo la certeza de que todo fue el resultado del esfuerzo.
Alexandra participó en el diseño de los instrumentos que llevan su nombre. Eligió el amarillo, por ejemplo, que representa alegría, el amanecer. Es uno de sus colores preferidos.
- Quien de amarillo se viste, a su belleza se atiene. Las congas se llaman Yellow Sunrise, como un amanecer luminoso. El amarillo es vibrante, representa alegría y resalta en el escenario. Es muy poco común ver unas congas amarillas. En las medidas, el sonido, el color, en todo tuve que ver con el diseño de las congas y los bongó que llevan mi firma. El instrumento tiene que representar al músico.
Para algunos artistas, incluso hoy, sin embargo, comprar una instrumento que lleva la firma de una mujer genera resistencia. A Alexandra le gustaría que esos pocos se sintieran orgullosos del sonido exquisito que emanan y que simboliza la historia perseverante de una salsera que ha abierto puertas para que otras jóvenes sigan su camino.
- A las mujeres en la música les diría que sigan soñando con sus metas. Que se preparen siempre para que, cuando llegue la oportunidad, estén listas. Que no se preocupen por el qué dirán ni por el machismo.
En el escenario, cuando Alexandra toca sus congas amarillas, experimenta una conexión profunda con la vida, una sensación de plenitud. Entonces, en silencio, golpeando el cuero, agradece.
- Cada oportunidad de hacer lo que amo es un regalo, vivir de esto, y sobre todo acá en los Estados Unidos, es un privilegio que no todos pueden, y agradezco que a mis 46 años todavía tenga la oportunidad de tocar.