Por Mario Andrés Lozada Tezna / El País
Cuando entré al encuentro de jóvenes (Conaljo) que se llevó a cabo entre el 9 y el 12 de enero del 2026 en Cali, me quedé perplejo al ver la profusión de tanto ‘pelado’ en la ciudad y no precisamente escuchando trap, reggaeton o alguna nueva moda electrónica, ni tampoco era un encuentro de influencers. Estaban orando a Dios.
Si, sé que suena raro, pero todos al unísono, con los ojos cerrados, sin teléfono en la mano, pregonaban una y otra vez por la paz, la esperanza y los sufrimientos que a esa edad no se pueden contar, pero se llevan por dentro como un viacrucis.
Daniela es una joven asistente al evento, de jean, zapatillas, con una clara convicción de que la Iglesia católica sigue siendo joven y que hay todo un movimiento entre los jóvenes colombianos para seguir el legado no solo de promover la esperanza, sino que la oración tenga una acción concreta dentro de la sociedad.
“El mundo está sediento de paz, por eso la gente hoy en día invierte en yoga, nosotros creemos que aquí está la solución, porque Dios no cobra y lo da todo” afirma Daniela, entre sonrisas, junto a sus compañeros, jóvenes como ella, que mientras toman un descanso de las meditaciones del encuentro, revisan las redes sociales, se ríen de los “memes” y postean algunas fotos con mensajes alusivos a las experiencias que han vivido.
Mientras avanza la tarde, me doy cuenta que en Conaljo se mezclan todas las emociones, menos la pena al qué dirán o qué pensarán, no hay color, raza o condición social, es una “muchachada” unida, resistente y persistente a que la juventud debe tener fe y no perder las convicciones o los sueños de vida, a pesar de que la sociedad actual en muchas ocasiones pone obstáculos.
En Conaljo, no importa si tienes o no dinero, se comparte la comida, el agua y frases como “manda la foto porfa” aún sin conocerse muchos, pero pareciera que fueran amigos de toda la vida, camaradería por todas partes y nunca un rechazo o una mala intención.
Al recorrer el encuentro y mientras hacía fotografías para registrar lo que acontece, me dejaba sin argumento como los rostros entre lágrimas, ceños fruncidos en actitud de estar concentrado en algo serio y el respeto por lo que estaba sucediendo, me hicieron detener y justo en ese momento, el sacerdote que dirigía la oración, paró y llamó a un joven entre la multitud, que seguramente con aviso previo le había pedido un espacio para hablar.
Una vez tomó el micrófono y mirando a su novia, sacó del bolsillo un cofre, pequeño, los gritos no se hicieron esperar y en el breve espacio de silencio, con firmeza le dijo “se lo pedí a Dios y este es el día, ¿Quieres ser mi esposa?”.
En ese momento, el júbilo se apoderó del encuentro, como si hubiera quedado campeón algún equipo de fútbol, pero era más que eso, de admirar, dos jóvenes, a la vieja usanza se podría decir, él con determinación y carácter, de rodillas, como todo un caballero, le propuso matrimonio a su novia; ella entre lágrimas y una sonrisa dibujada en su rostro, le dijo que sí y de inmediato el festejo se tomó el lugar.
Cuando me senté a revisar las fotos de la propuesta de matrimonio, sin conocerlo, un joven de nombre Jesús Andrés comenzó a conversar conmigo, la conversa giró en torno a las fotografías que había hecho, pero luego le pregunté ¿qué haces aquí? No debes tener más de 20 años, a lo que me respondió: “Estoy aquí porque quiero ser sacerdote”.
En ese momento, internamente lo tomé como una broma, pero lo dijo con tanta seriedad que me dejó sin argumento y le pregunté ¿Por qué cura? eso ya pasó de moda y no da plata y me fijó la mirada y dijo: “No es por la plata, es por la vida, no todo es dinero y esto me hace feliz”, suficiente para dejarme sin palabras, pues se lo pregunté con doble sentido, ya que parte de mi historia personal la hice en el Seminario Mayor de Cali.
Ver a Jesús Andrés responder con una madurez de una persona de 40 años, siendo un joven de solo 20, nuevamente me reafirmó que hay jóvenes con determinación y que no les interesa tener un Iphone 17 o estar a la vanguardia de lo que propone la sociedad.
Puede que parezca un ser de otro mundo, pero no, era parte de los mil jóvenes que entre zapatillas y ropa fresca estaban disfrutando del encuentro.
Me causó impacto, pues en la actualidad del descarte y el relativismo, tomar dicha acción denota que no se puede generalizar la juventud, y todo esperé encontrarme menos una propuesta de matrimonio y un joven que quiere ser sacerdote.
Conaljo sin duda, me dejó una perspectiva de lo que sienten y viven los jóvenes colombianos, sin dejar la esencia y la frescura de la juventud.
Acentos de todo tipo, costeños, pastusos, bonaverenses, caleños y del centro del país, tienen claro el horizonte y tiene clara la misión, ser promotores de la esperanza en una Colombia sumergida en la tristeza y la violencia que no da tregua.
Pero este tipo de encuentros lo que demuestra es que hay miles de jóvenes que le apuestan a construir una Colombia soñadora, con fe en los sueños, con respeto a Dios y que con los errores propios de la juventud, es posible marcar la diferencia.