Por: Mario Andrés Lozada Tezna
Guachené (Cauca). — Señor Justino García, un hombre muy popular, con su marimba en la mano justo a temblar en el litoral…». Las notas vibrantes del xilófono de madera resuenan con fuerza entre los surcos y senderos de las Veredas Unidas del Palo, en el municipio de Guachené, Cauca. En este rincón del suroccidente colombiano, desgarrado históricamente por los enfrentamientos armados y las sombras de las economías ilícitas, la música folclórica no es un mero pasatiempo: es un escudo, un refugio y un pasaporte hacia la esperanza.
Aquí florece Pacífico Kids, una agrupación musical compuesta por niños, niñas y adolescentes que transforma el paisaje sonoro de una región golpeada por el conflicto. Lo que comenzó hace seis años bajo la visión del exrepresentante legal del Consejo Comunitario, Daniel Fernando Díaz Maquilón, hoy se erige como una resistencia pacífica a través de la cultura. Ante el acecho de la violencia urbana y rural, la comunidad comprendió que el tiempo libre de la infancia debía blindarse con la riqueza ancestral de sus mayores.
“De solo hablar se brinca la piel”, confiesa con emoción Diana Mina, una de las lideresas del proceso. “Ver a esos niños que llegan desde cero y cuando ya tienen presentaciones lo hacen tan bien... Sinceramente, no sé cómo expresar la felicidad y el orgullo que se siente. Es algo que no tiene precio” afirma Mina entre lágrimas.
El proyecto comenzó como la primera escuela de música del territorio, contagiando de tal manera a la comunidad que inspiró la apertura de nuevos espacios de formación artística en los colegios locales. Durante las jornadas culturales, como el Día de la Afrocolombianidad, las mayoras de la vereda acuden para transmitir oralmente las tradiciones a los más jóvenes, asegurando que el legado de la marimba, los cununos y el guasá no se apague.
Esculpir la paz nota a nota
Para el profesor Leo Cortés, músico profesional e hijo del recordado artista “Tito” Cortés, que no ha abandonado el proyecto a pesar de sus múltiples compromisos, la pedagogía va más allá del pentagrama. “La música es de constancia, de responsabilidad y de compromiso. Ellos tienen todo eso. Es mejor que sus padres lloren de alegría al ver a sus hijos en la tarima, que lloren de tristeza al perder a un hijo a causa de la violencia”, reflexiona el maestro mientras guía el ensayo de un sábado cualquiera, un día en el que estos pequeños eligen voluntariamente cambiar el juego o la televisión por horas de riguroso aprendizaje.
Integrantes como Dariani, Sofía, Nicolás, Taliana, Matías, María del Mar, Sofi y Valentina encarnan esa disciplina. Varios de ellos han crecido entre instrumentos tradicionales, descubriendo en el ritmo una forma de descifrar el mundo.
Tras haberse fogueado con éxito en escenarios de las principales universidades de Cali, las metas de Pacífico Kids sobrepasan ya las fronteras nacionales.
En una era globalizada que reclama voces auténticas y sanadoras, estos jóvenes aspiran a llevar el folclor del Pacífico sur colombiano a los grandes auditorios internacionales. Sueñan con cruzar océanos y convertirse en embajadores culturales de una Colombia que se niega a rendirse ante la barbarie.
Sostener esta gesta requiere el esfuerzo mancomunado del Consejo Comunitario, el empresariado privado y la inversión pública. Sin embargo, el mayor combustible sigue siendo la ilusión de sus integrantes.
Mientras las tragedias intentan opacar el horizonte del departamento del Cauca, Pacífico Kids continúa afinando su marimba, alimentando el sueño colectivo de un país diferente.