Por Mario Lozada Tezna , El País
Guapi es un municipio del departamento del Cauca; detrás de los farallones que abrazan a Cali, conecta con Buenaventura a través de las desembocaduras de sus extensos ríos y con Tumaco, en Nariño.
Colinda con Timbiquí y tiene una población de 30.000 habitantes. Allí nació Arnulfo Moreno, un lugareño que se hizo sacerdote y a quien hoy la Iglesia ha llamado a ser obispo: el tercer obispo afrodecendiente de Colombia, el más joven y quien surge de una periferia.
¿Quién es Arnulfo Moreno?
—Soy de un hogar católico; somos ocho hermanos, tres varones y cinco mujeres; soy el séptimo. Nací en el municipio de Iscuandé, en el corregimiento de Rodea. El mismo año que nací mis padres se vinieron a vivir a Guapi. Allá teníamos todo, pero ese año hubo un maremoto y acabó con todo, así que pasamos a vivir a Guapi, y aquí he vivido siempre. Mi padre fue obrero de la madera; trabajó en un aserrío muy conocido llamado Los Martanes. Mi madre era ama de casa, dedicada al hogar.
¿Cómo es crecer en esta maravilla de la que podemos gozar los colombianos?
—Mi niñez, como la de los que somos de este lugar, va de la mano con el río; es nuestra fuente de trabajo, de movilidad, de diversión. Fue una infancia con los matices normales de un niño y algunas travesuras. Luego, tras el fallecimiento de mi padre, yo tenía seis años y fue cuando nos establecimos en la cabecera municipal; allí culminé mis estudios básicos de primaria y secundaria. De niño era inquieto, la verdad; por el río uno siempre andaba jugando, bañándose, y pasaba a buscar a alguna finca el agua de pipa de coco, típica del campo.
¿Le tocaba ayudar en los quehaceres del hogar?
—Sí. Hay que trabajar y hay que aprender en la casa porque no siempre la mamá está; entonces hay que aprender a barrer y a preparar los alimentos, sobre todo cocinar con leña, porque el momento del gas propano es ahora, pero la leña era lo propio con lo que se cocinaba. Había que aprender a atizar el fogón: saber preparar cada trozo de leña de modo que dé fuego y que el fuego permanezca, porque si no se apaga en el momento.
¿Quiso ser sacerdote desde su juventud?
—A esa edad uno no tiene nada claro; lo último que se me ocurría era ser cura. A los 14 o 15 años uno no tiene muchas proyecciones; vive el momento. En Guapi hemos contado con el acompañamiento en la educación de las comunidades religiosas, así que cuando estaba en décimo grado los frailes invitaban a continuar en el camino religioso. Éramos varios compañeros en el grupo vocacional, pero en ese momento no respondí al llamado. En ese momento ya trabajaba para ayudar a mi familia, así que no era prioridad ser cura.
Entonces, ¿qué hizo antes de dar el paso a ser sacerdote?
—La realidad que aún tiene el joven de la costa de Guapi, Timbiquí y López de Micay es que, si quieres estudiar o proyectarte en la vida, tienes que salir porque no está la oferta educativa aquí en el municipio; en los cascos urbanos no hay mayor oferta. Por eso hay que salir a Cali, al Valle o a Popayán, que es lo más cercano. Entonces fui a Popayán, donde tengo familiares, hermanos y hermanas.
¿Cuál fue su primer trabajo?
—Trabajé en la madera con mi hermano. En su momento aprendí diferentes labores: se moldeaba la madera y, de hecho, en esos primeros años, además de trabajar la madera, salíamos a instalar o hacer trabajos como pisos, cielo raso y demás. Estuve tres años trabajando la madera y viajando. Después de esos tres años surgió la inquietud vocacional.
¿Sabe bailar?
— Pues yo bailaba; uno se defendía. Aunque no creo que haya personas del Pacífico que no sepan bailar; la gente siempre se equivoca en eso, pero el 99,9% obviamente tiene facilidad para la música. Lo hacía con responsabilidad porque siempre tuve la meta de ayudar a mi familia.
¿Pensó en algún momento en casarse antes del seminario, en organizarse y tener esposa e hijos?
—No, no pasó así. No estaba en mi proyección inicial; no sé si más adelante, porque éramos jóvenes y uno no piensa mucho en eso. De hecho, cuando trabajaba no era tan cercano a la iglesia.
¿Cuándo nace la vocación?
—Estaba cumpliendo años y estaba cerca de mi hermana en Cali. Dije: hace tiempo que no voy a misa; hoy, que es domingo y mi cumpleaños, voy a misa a darle gracias a Dios. Fui a la iglesia y, sin pretenderlo, salí pensativo y con inquietud. Recordé que en algún momento participé del grupo vocacional y que me habían hecho la propuesta; entonces pensé que quizá ahora sí. El Señor tocó mi vida en esa celebración.
¿Qué predicó el cura?
—No me preguntes; pero el Señor tocó mi vida y sí, fue una experiencia espiritual.
Y en ese momento, ¿tomó la decisión de ser sacerdote?
—Sí. Me pregunté: ¿será que todavía puedo? Me puse en contacto con el sacerdote que tenía la pastoral vocacional en Guapi, aunque yo estaba en Cali. Pregunté si todavía podía y si como sacerdote religioso podría servir a mi gente, a mi comunidad. Yo llamé a Guapi y el sacerdote me dijo: si usted quiere. Me hizo varias preguntas. El padre Eduardo Vivas Giraldo, quien estaba como promotor vocacional, me dijo: vincúlate a la iglesia más cercana en Cali y vamos viendo. Luego busqué al sacerdote encargado de la pastoral en Cali y pregunté si aceptaba hacer el proceso de formación o preseminario allí, con miras a Guapi. Me vinculé a la parroquia María Madre Redentor, en el oriente de la ciudad.
¿Qué siguió después?
—El padre Olmes Mondragón estaba de director de la pastoral vocacional y del preseminario. Hablé con él y le expresé mi inquietud, y le dije que quería ser sacerdote para Guapi.
¿Usted todo el tiempo pensó, sintió y tenía claro que su servicio era en su tierra?
—Sí, en mi tierra.
¿No se sintió tentado por la oportunidad que le podía brindar la ciudad?
—Sí, la tentación existe. De hecho, los seminaristas me decían: quédate en Cali, preséntate por Cali. Y yo decía: no, para Guapi. Siempre quise volver a Guapi; eso lo tenía claro.
¿Cómo fue su vida como seminarista?
—Fue una gran experiencia, una formación muy completa en todos los aspectos: académica, espiritual, pastoral y comunitaria. Con el tiempo se dio todo para servir a Dios. Te cuento que la experiencia más fuerte, más que la ordenación sacerdotal, fue el diaconado. El diaconado fue muy intenso para mí; es una etapa en la que uno comprende el amor de Dios y cómo Él guía la vida. Fue una experiencia profunda.
Cuando ya cumple el sueño de ser sacerdote para Guapi, ¿cómo ha sido el servicio en medio de su gente?
—Nuestra gente es muy religiosa; son personas de fe que guardan su piedad, su amor a la Virgen, a los santos y a Jesucristo. Desde la parte social, uno debe ser un líder en la comunidad, no solamente espiritual, sino también social: jalonar procesos para ayudar a niños, niñas, jóvenes y adultos. Acompañar a la gente, llegar al adulto mayor o al enfermo que está abandonado por su propia familia; nos toca todo eso.
¿Cuál es el servicio de la Iglesia Católica en Guapi?
—En el municipio hay tres parroquias: en el casco urbano hay dos y en la zona rural hay una. La que más veredas tiene es la catedral; los corregimientos son un poco más grandes que las veredas. La catedral tiene cerca de 43 comunidades, que corresponden a los ríos Guapi, Napi y San Francisco.
¿Visitan todas las comunidades?
—Sí, señor. Fui párroco en la catedral y visité las 43. En el río Guapi la última comunidad es Balsitas. Fui a acompañar a la gente en sus fiestas patronales y los visitaba cada mes; en algunas ocasiones había que caminar bastante, pero siempre reconforta la alegría de la gente.
Lleva 16 años siendo sacerdote, sirviendo de manera loable. Un día recibe una llamada diciéndole que va a ser obispo. ¿Cómo se dio ese momento?
—Esas cosas no se esperan ni se imaginan. Uno hace su trabajo y no lo espera, porque uno piensa: Guapi, Pacífico, costa, lejano; no creo que sea para mí. Además, hay sacerdotes con más años de servicio, más estudios y más experiencia. Dije: ¿por qué fijarse en mí?
¿Quién lo llama?
—El nuncio apostólico. Me llamó el secretario y me dijo que quería hablar conmigo y que debía ir a Bogotá. Lo primero que hice fue verificar si la llamada era verdadera o falsa. Llamé a mi obispo y pregunté por el nombre del secretario, porque yo no lo conocía. Cuando llegué, me recibió muy cordialmente. Tomamos café y llegó el momento en que me dijeron: mira, el Santo Padre te ha designado como obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Cali. Uno queda en shock. Me tocó responder y, entre nervios, le hice algunas preguntas al señor secretario. Hablamos y luego le pedí si había alguna capilla cerca; me llevó a una capilla y me dijo: permíteme, voy a hacer un momento de oración delante del Santísimo. Hice un rato de oración prolongado. Después terminamos de hablar y le expresé mi aceptación.
¿Ser obispo en Colombia es una cruz o una bendición?
—Es una bendición porque es la gracia de Dios y la acción del Espíritu Santo; pero en esa bendición también viene implícita la cruz.
¿Va a llevar usted con orgullo la bandera de ser el tercer obispo afro de Colombia?
—Ave María, estamos para servir, con el mayor de los gustos; estamos para servir. La Iglesia, en su caminar, no es solamente la iglesia de la ciudad; también es la iglesia del pueblo, del campo, de estas periferias que tienen mucho que ofrecer a Colombia.