Cuando Katherín Rojas supo que Nicolás Maduro había sido capturado por el Ejército de Estados Unidos, encendió el radio y puso el himno de Venezuela a todo volumen.

“¡Abajo cadenas!, gritaba el señor, y el pobre en su choza libertad pidió”, cantó entre lágrimas.

Eran las 11 de la mañana del sábado 3 de enero. Aunque la noticia había corrido por todo el mundo desde la madrugada, ella dormía. Había decidido descansar después de trabajar hasta tarde el 1 y el 2 de enero, repartiendo domicilios de la aplicación Rappi en Cali.

Katherín Rojas, migrante venezolana en Cali. Llegó a Colombia en 2016. | Foto: El País

Fue mi pareja la que me despertó diciéndome: “¡Cayó!”. ¿Quién? —le pregunté. ¡Cayó Maduro! Cogí el celular y no tenía llamadas perdidas ni mensajes. Lo que pasa es que mi familia en Venezuela se cuida mucho, porque si escriben algo contra el Gobierno los meten presos. Entonces llamé a mi mamá y me confirmó la noticia. Le di gracias a Dios, porque la justicia divina tarda, pero llega. Estaba en shock.

En Valencia, estado de Carabobo, Katherín trabajaba administrando una empresa y estudiaba ingeniería industrial. Alcanzó a cursar tres semestres hasta que, en 2016, en plena crisis humanitaria en Venezuela, decidió migrar a Colombia. No aguantó ver a su mamá espantando el hambre con mangos, porque no había nada más para comer, ni haciendo filas que tardaban mañanas enteras en los supermercados del Gobierno para que les dieran un poco de harina pan.

A los dos días de llegar a Cali encontró trabajo en una cafetería. Su primer sueldo se lo envió a su familia en Venezuela, después de descontar el arriendo, la comida y el transporte. Luego empezó a repartir domicilios de Rappi en bicicleta. Hoy tiene una moto. Le pregunto si, con la caída del Mandatario chavista, piensa regresar a su país.

Hasta esta hora, la reunión se mantiene de forma pacífica, sin que se hayan reportado alteraciones del orden público por parte de las autoridades locales | Foto: Aymer Andrés Álvarez/ El País

No es sorpresa que la caída de Maduro sea una alegría para todos los venezolanos. Uno dice guau, hay justicia por lo que hizo. Pero también sabemos que, aun sin Maduro, el chavismo sigue al mando del país. Por eso, en mi caso, no es que vaya a tomar la maleta y me vaya mañana. No. Voy a esperar. Cuando todo el régimen caiga, regreso para estar junto a mi familia. Es el sueño de todos los venezolanos —dice Katherín.

Tras la caída de Maduro, algunos de sus amigos, sin embargo, ya pusieron en venta sus pertenencias para regresar lo más pronto posible a “reconstruir la nación”. En el Marketplace de Facebook publicaron motos, televisores, neveras, hasta “bodegas”, como los venezolanos llaman a las tiendas de barrio que lograron abrir en Colombia.

Ibrahim Sawas, en cambio, anhela quedarse. Está feliz en Cali y, además, le va muy bien desde que su historia se hizo viral en TikTok: un sirio que huyó de dos dictaduras —incluida la de Maduro— abrió un puesto de comida árabe en la Avenida Roosevelt: Mr. Kibbeh. Desde que se publicó el video, las filas en su carrito ambulante se mantienen hasta hoy.

Venezolanos en Cali celebraron la caída de Maduro. | Foto: El País

Ibrahim me saluda con una sonrisa amplia y un estrechón de manos firme. Huele a colonia. Viene de visitar un local en la Calle Novena, donde anhela abrir su restaurante de kibbeh, shawarmas y jugo de tamarindo. El problema es que, aun tras casi cuatro años en Colombia, Migración no le entrega la cédula de extranjería, y eso lo limita. También lo hace pensar si, con la caída de Maduro, no será mejor regresar a Venezuela, de donde tiene la nacionalidad y vivió durante 23 años, en isla Margarita. Fue allí donde aprendió español.

Yo me quiero quedar en Cali. Si Migración Colombia me da la cédula de extranjería, me quedo, porque estoy muy feliz. Pero si no me la da, me devuelvo. ¿Por qué? Porque sin cédula de extranjería no puedo hacer nada. Mi línea telefónica está a nombre de una de mis trabajadoras, el contrato del arriendo a nombre de una amiga, y todo es así. Sin cédula no puedo abrir una cuenta de ahorros, no puedo tener Nequi, nada. Yo quiero pagar impuestos en Colombia, dar empleo en mi restaurante, trabajar legalmente, pero sin la regularización de los papeles se hace muy difícil. Por ahora, voy a esperar —dice Ibrahim, quien cuando capturaron a Maduro, de madrugada, se encontraba en su casa viendo una novela árabe junto a su esposa.

CRÓNICA. ibrahim, un árabe desplazado por la guerra, es el propietario de mrkibbeh, el mejor restaurante de comida árabe, está en la avenida Roosevelt, al frente del Dominos, en un carrito. Hace los mejores falafels, kibbeh, kebab y shawarmas. Foto Jorge Orozco | Foto: El País

El profesor Txomin Las Heras es presidente de la Asociación Diálogo Ciudadano Colombo-Venezolano. En Colombia, explica, se han radicado alrededor de tres millones de venezolanos que huyeron del régimen chavista. Por lo menos un millón de personas —como en el caso de Ibrahim— no han regularizado su permanencia en el país y cuentan con lo que se conoce como “salvoconducto”, un permiso de protección temporal.

Son ellos, considera el docente, quienes podrían verse más “tentados” a regresar a Venezuela tras la caída de Maduro, aunque no será pronto.

Los acontecimientos están todavía en desarrollo, pero de momento no pareciera que pueda haber un aumento significativo del regreso de migrantes venezolanos. Cuando la gente llega a otro país, inicia una nueva vida: se asienta, consigue trabajo, genera nuevas relaciones familiares, se casa. Regresar no es una decisión fácil. Y en Venezuela persisten condiciones difíciles. La economía está muy reducida y las posibilidades de trabajo no son grandes. Además, no está claro qué va a pasar políticamente: no está Maduro en el poder, pero está Delcy Rodríguez y no se sabe muy bien hacia dónde pueden ir las cosas —comenta Txomin Las Heras, quien se casó con una colombiana.

Alejandro Márquez, politólogo venezolano de 34 años radicado en Cali. | Foto: El País

Alejandro Márquez es un politólogo venezolano de 34 años radicado en Cali desde que Diosdado Cabello lo tildó de terrorista. En la víspera de la captura de Maduro por soldados estadounidenses se encontraba en una reunión virtual con opositores al régimen ubicados en 17 países. Nadie sospechaba de la operación militar que estaba a punto de iniciar. Nadie dijo nada. Alejandro apagó su celular a las 11 de la noche, como acostumbra, y se fue a dormir.

A las 4:22 de la madrugada encendió de nuevo el teléfono y vio que tenía, 7780 mensajes. Se sentó en la cama, respiró profundo y empezó a indagar qué sucedía. Un dirigente cercano a María Corina Machado le confirmó la noticia: Nicolás Maduro iba rumbo a una cárcel en Estados Unidos.

Alejandro recordó las marchas que lideró en Mérida en protesta por el asesinato de estudiantes a manos del régimen. En una de esas movilizaciones recibió un disparo en la pierna. Entonces huyó por una trocha hacia Colombia, a la que considera su segunda patria. En Cali trabaja en una multinacional automotriz.

Cali: Migrantes venezolanos se reúnen en el bulevar del río en rechazo a la posesión de Maduro como presidente en Venezuela. Fotos: José L Guzmán. El País | Foto: El País

Yo quiero volver a Venezuela y abrazar a mi familia. A mi abuela, primero, que la dejé hace seis años. Pero lo haré cuando se garantice el hilo constitucional, el Estado de Derecho. El 80 % de los venezolanos que migraron, una vez se restablezca la democracia, va a volver. Por ahora debemos tener claro que la caída de Nicolás Maduro es un paso certero hacia un proceso de transformación social, político y económico de Venezuela. Lo más urgente es exigirle a la comunidad internacional la liberación inmediata de todos los presos políticos, como garantía de una transición real. Venezuela tiene hoy un centro de reclusión llamado El Helicoide, en Caracas: un centro de torturas, símbolo del terror de la dictadura —dice Alejandro.

Entre el 20 % de venezolanos que, calcula él, no regresará al país tras la caída del chavismo se encuentra Édgar Antúnez, líder en Cali de Fundatransvida, una organización que asesora a migrantes del vecino país.

Como tiene problemas de sueño, Édgar vio en vivo, a través de redes sociales, la captura del Mandatario chavista.

Édgar Antúnez, líder en Cali de Fundatransvida, una organización que asesora a migrantes del vecino país. | Foto: El País

No sabía exactamente qué estaba ocurriendo, pero lo seguí minuto a minuto —cuenta.

Su anhelo, explica, es la libertad de su país, del chavismo para poder visitarlo, “pero como turista”. Su nuevo hogar es Cali.

— Una de las consecuencias de lo sucedido en mi país es la desintegración de las familias. Es muy duro. Hay fechas que pesan, como el fin de año. Este 31 de diciembre, por primera vez en siete años, logré ver en vivo a mi hermano dándonos el feliz año, él desde Estados Unidos, aunque no pudimos conectar con mi hermana en Chile. Y fue también la primera vez, después de ocho años, que presenté a mi esposa colombiana en una llamada familiar. Esos momentos evidencian lo difícil del proceso. Yo llegué a Colombia en 2017 por Tibú, Norte de Santander, en condiciones de precariedad. Fui recibido con solidaridad: tuve techo y comida. Luego, por redes sociales, conocí a quien hoy es mi esposa, Diosa Rojas Villarroel, de Puerto Leguízamo (Putumayo), pero con 25 años en Cali; su amor me trajo a esta ciudad. Añoro Maracaibo, pero hoy me siento en casa cuando camino por el Bulevar del Río o subo a Cristo Rey. Cali nos abrió los brazos y por eso muchos venezolanos, como yo, se quedarán.