Una jornada de pánico absoluto sacudió a los habitantes del sur de la capital del Valle cuando un potente sismo provocó la destrucción de múltiples estructuras residenciales.
Entre los puntos más críticos estuvo el Edificio Tequendama, una construcción de varios niveles ubicada en la intersección de la Calle 5ta con Carrera 44, la cual se desintegró por completo en cuestión de segundos, dejando a varias personas atrapadas entre enormes bloques de material.
En el interior del apartamento 202 se encontraba Carlos Alberto Patiño junto a su esposa, su hijo y la mascota del hogar. Lo que comenzó como una sacudida habitual terminó transformándose en un evento devastador de 96 segundos de duración, durante el cual las placas superiores cayeron una tras otra sobre la vivienda.
El estruendo y la caída paulatina del techo obligaron al residente a buscar una salida desesperada para proteger a los suyos antes de ser aplastados. Al ver que el espacio se reducía drásticamente, divisó a pocos metros un mueble de madera de cuatro patas y reaccionó de manera inmediata para cubrir a su núcleo cercano.
Con la estructura colapsando a su alrededor, les indicó que protegieran la cabeza debajo del mobiliario justo antes de que una densa penumbra y toneladas de escombros cubrieran por completo el lugar donde permanecían resguardados.
Aquel objeto doméstico resistió la fuerza del impacto inicial, generando una cámara subterránea improvisada que impidió que las placas aplastaran directamente a los tres integrantes de la vivienda. Sin embargo, la acumulación masiva de material y el ambiente cargado de polvo complicaron de inmediato la respiración de los atrapados.
La atmósfera dentro del reducido espacio se volvió sofocante rápidamente. En medio de la oscuridad, el hijo de la pareja manifestó una aguda asfixia, exclamando a su padre que se estaba ahogando y que sentía perder la vida ante la falta de aire limpio.
La tensión dentro de la cavidad aumentó cuando descubrieron que la madre no podía desplazarse debido a que un gran fragmento de muro o bloque rocoso mantenía aprisionada una de sus extremidades inferiores, impidiéndole arrastrarse.
A pesar del peso de la mampostería sobre la pierna de la mujer, el grupo mantuvo la calma y oró sin descanso en busca de un alivio milagroso que les permitiera liberarse antes de que ocurriera un desenlace fatal.
Tras varios intentos desesperados y llamados a mantener el esfuerzo físico, la mujer logró mover la masa pesada que la aprisionaba. De forma simultánea, un tenue destello luminoso comenzó a filtrarse por una de las rendijas de la estructura derrumbada.
Finalmente, la familia logró emerger a la superficie del predio destruido, dejando atrás no solo el inmueble sino también los vehículos particulares que permanecían parqueados en el área del sótano y que quedaron aplastados por el colapso.