Cuando condenaron a muerte con inyección letal a su hijo de tan solo 20 años, Pedro Gabaldón con su inconmensurable fe, hizo una promesa a Dios: “si lo salvas de esa condena, patinaré por todo México”.

La promesa que lo ha tenido rodando por Centroamérica, lo trajo en marzo pasado a Cali, donde estuvo acampando en el Parque de las Banderas, mientras recuperaba energías para seguir en patines hasta Argentina.

¿Qué lo llevó a salir de su natal Tijuana, México, hasta la Patagonia en patines? Todo empezó cuando estando en la cama de un centro de rehabilitación, recibió la dolorosa noticia de que su hijo sería condenado por homicidio en Texas, Estados Unidos, debido a que, en medio de una fiesta, había resultado muerto un hombre de 63 años y culparon a su hijo Iván por lo ocurrido.

Después de meses de sufrimiento y angustia porque su hijo estaba sentenciado a muerte, acudió a la Catedral de Guadalajara para pedir a Dios y a la Virgen ‘Morenita’, desde lo más profundo de sus anhelos, que le perdonara la vida, y sin más que ofrecer, hizo la promesa de ir desde Monterrey hasta Guadalajara en patines, una distancia de 829,2 km.
Y parece que Dios lo escuchó, porque un año después dejaron a Iván en libertad, así que Pedro tuvo que ponerse los patines y salir a pagar esa promesa que hizo en la iglesia.

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Pero no fue tan sencillo para ‘Mugroso en Patines’, como se hace llamar y lo conocen sus amigos, ya que antes de que se diera la libertad de su hijo, pensó hasta en “venderle el alma al diablo”. Sin embargo, su ideología religiosa lo detuvo, “no puedo, me condeno”, pues en sus creencias, llegar a ese extremo lo llevaría al ‘castigo eterno’.

Después de recibir respuesta a su súplica y con la valentía que caracteriza a este hombre de 38 años, empezó su preparación física durante 6 meses; sabía que debía estar en buenas condiciones por el nivel de exigencia que tenía. Estuvo de gimnasio en gimnasio fortaleciendo sus piernas y, al mismo tiempo, realizaba rutas cada vez más largas.

Entusiasmado y expectante ante lo que le esperaba, el 12 de marzo de 2022 a las 8:00 de la noche emprendió el viaje desde Monterrey, exactamente desde el Museo de Historia, y 23 días después, llegó a Guadalajara, saldando su promesa con Dios.

Cuando conquistó esos 829.2 km, que equivalían a la distancia de 5 estados, supo que podría con mucho más y que eso era lo que realmente quería hacer de ahora en adelante con su vida.

Luego de recuperar la libertad, su hijo Iván supo lo que su padre había prometido, y sintió que él también debía agradecer por tan grande milagro, pero Pedro no se lo permitió, y le aconsejó que se dedicara a trabajar para recuperar los 12 meses que perdió tras las rejas.

Una segunda oportunidad

Cualquier persona podría pensar que un hombre con tanta determinación como para hacer semejante promesa debía tener esa fuerza de voluntad desde siempre, pero ‘Mugroso’, no siempre fue así.

Gabaldón estuvo sumergido en el oscuro mundo de las drogas, tuvo una sobredosis, salía y entraba de centros de rehabilitación y cuando pasó lo de su hijo, tuvo la oportunidad definitiva para cambiar su mundo por completo, “vivía para consumir y consumía para vivir”.

A Pedro, subirse a sus patines lo recarga de energía positiva y lo más importante, mantiene su mente ocupada, así logró alejarse de ese círculo vicioso. Y es así como encontró en unos patines negros de ruedas naranjas, otra señal de la Divina Providencia, para salir de una vez por todas del ‘demonio’ de las drogas.

40 llantas y cinco pares de patines ha gastado Pedro en su meta por viajar de México a la Patagonia.

Rodar por toda América

Convencido de que tenía las cualidades necesarias para recorrer más kilómetros, comenzó un nuevo viaje por su país natal, México, esta vez, patinando por 18 estados para conocer a los grupos de patinadores de cada ciudad e inspirarlos con su historia.

El aventurero patinador de piel morena, ojos cafés oscuros, con un cuerpo atlético producto del ejercicio constante, de 1.65 metros de estatura, expresión ruda pero amable al trato, se dio cuenta de que estas distancias no eran suficientes, y luego de recorrer todo México, fue en busca de un nuevo reto. Y aunque ama a su madre y vive en constante contacto con ella, no titubea para decir que lo más difícil de dejar en su país fueron las tortillas.

Para ese entonces, inspirado en el colombiano Ánderson Zuluaga - otro aventurero que recorría América del Sur en patines - decidió emprender su viaje intentando cumplir la misma meta con la esperanza de conocerlo.

Tenía claro que debía establecerse límites, además de encontrar una manera para costear sus gastos durante su viaje. Es así como surgen sus dos inquebrantables reglas: La primera, no quedarse más de un mes en un solo país y la segunda, no enamorarse; además, se le ocurrió contactarse con los grupos de patinaje antes de llegar a cada ciudad, pues no importaría de qué lugar tan lejano viniera, la hermandad entre estos colectivos crearía una red de apoyo para aventureros en patines como él.

Y así, después de un año, es como ‘Mugroso Patines’ en cada ciudad encuentra los grupos de patinadores por Instagram o Facebook que después de escuchar su historia, le brindan comida, posada y le obsequian ruedas que, aunque no son nuevas, le ayudan para seguir su trayecto hasta que se cruce con otro grupo.

Después de recorrer el país azteca, salió hacia Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y terminó en Colombia, donde ha contado que su experiencia ha sido “algo chingón”, porque enfrentó situaciones tanto buenas, como malas.
Cinco de estas, no solo han quedado marcadas en sus recuerdos sino también en su piel, aunque no de la misma forma.

Cuatro han sido por voluntad propia, pues se ha tatuado el nombre de grupos de patinaje que lo han acogido, como Instinto Roller y R3 en Monterrey o el de Rollerblanding y Street Roller en Colombia.

La quinta fue más inesperada, ya que en Costa Rica rumbo a Panamá, tuvo que atravesar un cerro bastante peligroso, aventura que le costó dislocarse el brazo y una cicatriz de gran proporción. Pero Pedro no sabe rendirse, y en medio de su dolor, él mismo se acomodó la extremidad superior y durante 3 días se hizo masajes para que le bajara la inflamación y así seguir su camino.

Recuerda el día que llegó a Colombia como el mejor momento de su viaje, para él, como mexicano y amante del patinaje, llegar “al país de los patines” —como es conocido Colombia—, era un sueño hecho realidad.

Sorprendido con la amabilidad de los caleños

A inicios de marzo, sus ruedas lo trajeron a Cali, donde se quedó a dormir en su camping en el Parque de las Banderas, hasta que el grupo de patinaje urbano Street Rollers lo acogió y uno de los integrantes le brindó posada, mientras se recuperaba para salir nuevamente en su ruta rumbo a Ecuador.

En la capital vallecaucana disfrutó de diferentes rutas por la ciudad y aprovechó para enseñar algunos tips a los que apenas empiezan en el patinaje.

Además, en la Sucursal del Cielo consiguió su “roller móvil”, como él lo llama, su nuevo compañero de viaje de 8 ruedas, el cual le regalaron en una cerrajería de la Avenida 5 Norte, adonde llevó dos chasis de patines y les contó su historia a los trabajadores de lugar.

Intrigados con su caso, los cerrajeros le adecuaron una canasta con ruedas en la que podía llevar su antigua mochila que pesa 17 kilos. Esa fue su nueva “roller móvil”.

Él dice que lo que más le gustó de Cali fue la hermandad de los grupos de patinadores, que lo apoyaron durante los días de lluvia y destacó que la famosa canción que alaba a las mujeres de la ciudad, no miente, “las caleñas son como las flores”.

A este mexicano que recorre 100 kilómetros diarios le quedaban después de Colombia, siete países por recorrer, “y si en el camino me topo un país más o dos, pues me los chingo”.

Para él nada es imposible. Tiene planes cuando regrese a México, aunque se ha enamorado de muchos lugares, su meta es retornar a su país, montar su escuela de patinaje para niños, vender patines de segunda para quienes no tienen la posibilidad de comprar unos nuevos. Su devoción a Dios se mantiene intacta mientras rueda por Latinoamérica, portando un mensaje de tenacidad a quienes se encuentra en el camino, porque, así como las ruedas cambiaron su destino, él quiere aconsejar a los demás de tomar la ruta del perdón y la buena vida.