Maryline nació al norte de Lyon, en el campo francés; Claude, en La Reunión, una isla francesa en el océano Índico, cerca de Madagascar. Se conocieron en 2007, se enamoraron y, años después, nació su primera hija.
Como millones de personas en el mundo, cumplían un horario. Salían de la casa a las siete de la mañana y regresaban doce horas después. Ambos eran ingenieros mecánicos y trabajaban para la industria automotriz, cerca de Suiza. Entre noviembre y marzo la nieve cubría la región, lo que a veces alargaba aún más sus jornadas. No sabían con quién dejar a su primogénita y, sobre todo, no querían que alguien más la viera crecer mientras ellos trabajaban.
— Siempre podremos volver a trabajar. En cambio, la infancia de nuestros hijos no volverá.
Con esa certeza tomaron una decisión que cambiaría sus vidas. Renunciaron a sus empleos para estar las 24 horas junto a su hija y, de paso, cumplir un sueño que llevaban años aplazando: recorrer el mundo.
— Al principio queríamos ir a Australia, pero por problemas de visado no fue posible. En ese momento era muy difícil obtener una visa cuando viajabas con un bebé de cinco meses. Entonces pensamos en una casa rodante. Allí tendríamos todo lo necesario para nuestra hija. La idea surgió después de conocer, por casualidad, a una familia que había dado la vuelta al mundo recorriendo América, Australia y Asia. Además, la enfermera que atendió el nacimiento de nuestra hija también tenía una casa rodante. Compramos una de segunda mano y, hace 15 años, emprendimos ese primer viaje por Europa. Catorce meses después regresamos a Francia. Yo ya estaba embarazada de nuestra segunda hija, y necesitábamos volver a trabajar para ahorrar… y volver a viajar —recuerda Maryline.
Es jueves en la mañana. La tribu Turpin, como se presenta esta familia francesa en sus tarjetas, desayuna café colombiano. Su casa —una antigua máquina de bomberos a la que le retiraron el tanque de agua para construir un comedor, una cocina, un baño y un cuarto de dos niveles — permanece parqueada junto a un parque del barrio El Ingenio, en el sur de Cali.
Llevan varios meses allí y ya son unos vecinos más de la cuadra. Los repuestos que compran por Amazon llegan a la casa de enfrente, donde unos amigos; sus hijos juegan fútbol con los niños del barrio, practican BMX, taekwondo y estudian para presentar los exámenes del sistema educativo francés. Los vigilantes cuidan la máquina las 24 horas y otros vecinos los invitan a pasar el día en el río Pance. En medio de un viaje que ya completa cinco años por Suramérica, los Turpin encontraron en este rincón de Cali una especie de hogar temporal.
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Caminaba por el barrio con mi perro, Fito, cuando un enorme camión color café llamó mi atención. Sobre una de las puertas, en letras negras, se leía una palabra: Katsakoko.
— ¿Una familia japonesa? —pensé. El vigilante de la cuadra me sacó de la duda.
—Son franceses. A esta hora ya están dormidos. Los niños estudian todas las mañanas.
Mientras toman tinto, los Turpin sonríen. Les ocurre con frecuencia: quien ve el nombre del camión suele preguntar si son japoneses. Katsakoko, explican, nació como un juego con los nombres de sus cuatro hijos (Milika, Latika, Stanko, Enko) y terminó convirtiéndose en el nombre del viaje.
Claude pone a hervir agua. Nos sentamos alrededor de una pequeña mesa de la casa rodante. El ambiente en el camión es familiar. Por las ventanas abiertas se escucha el canto de los pájaros en el parque. Una vecina pasa en su carro y les pita para saludarlos.
Maryline prende un ventilador portátil; en la casa rodante no hay aire acondicionado porque consume demasiada energía. Hay dos materas, dibujos de los niños pegados en las paredes, fotografías de cinco años de viaje y un cartel escrito en francés: “Aquí, en esta casa, puedes pasar a saludar cuando quieras; tomar un café; compartir nuestra mesa; arreglar el mundo, es decir, conversar durante horas”.
Mientras conversamos, resulta difícil creer que esta casa rodante, donde seis personas cocinan, estudian, juegan, duermen, fue durante más de 40 años una máquina de bomberos. Maryline señala la cabina, aún roja como cuando el camión recorría Francia apagando incendios.
Tras aquel primer recorrido por Europa con su primera hija, Claude y Maryline regresaron a Francia con un único propósito: ahorrar durante década para volver a salir. Dejaron de ir a restaurantes, a cine, compraban ropa de segunda. También adquirieron una vivienda, la remodelaron y la vendieron por más plata. Cuando nació su tercer hijo ya no tenían dudas; lo vendieron todo para seguir viajando por el mundo.
La siguiente decisión fue encontrar un hogar sobre ruedas para una familia numerosa. La casa rodante de la primera aventura por Europa se había quedado pequeña. Encontraron entonces esta antigua máquina de bomberos de más de 40 años, a precio de ganga por su buen estado (diez mil euros) y comenzaron a transformarla.
Durante un año desmontaron el tanque de agua y construyeron, poco a poco, a veces con errores, la casa donde hoy viven. En el techo instalaron paneles solares y adaptaron un sistema para calentar el agua con el calor del motor.
Cuando la remodelación terminó, apoyados por empresas especializadas, enviaron la máquina de bomberos hecha casa en un barco desde Bélgica. La primera ciudad de Suramérica que conocieron fue Montevideo.
Desde entonces, hace ya cinco años, han recorrido buena parte del continente. Bajaron hasta Ushuaia, contemplaron las ballenas en Puerto Madryn, atravesaron la Patagonia, recorrieron Chile, cambiaron de ruta por los bloqueos en Bolivia y siguieron por Perú, Ecuador y Venezuela hasta llegar a Colombia.
Mientras Claude y Maryline deslizan las fotografías del viaje en un viejo iPhone, no dejo de hacerme una pregunta: ¿cómo se financia un viaje sin fecha de regreso?
— Hacemos artesanías, aunque eso no alcanza para mantener una familia de seis. Vivimos principalmente de los ahorros de todo lo que vendimos en Francia. Hace mucho tiempo dejamos de tener miedo. Si algún día necesitamos volver a trabajar, simplemente lo haremos. Lo importante es disfrutar la vida mientras nuestros hijos todavía están con nosotros. Cuando ellos hagan su propio camino, habrá tiempo para regresar a una oficina, o quién sabe. Hoy queremos estar con ellos.
— ¿Y nunca pensaron en vivir de YouTube o de las redes sociales?
Maryline dice “no” moviendo de un lado a otro su cabeza.
— Tenemos un canal de YouTube con algunos videos, pero mantenerlo toma demasiado tiempo. Compartimos parte del viaje para amigos, nuestra familia y para agradecer a las personas que hemos conocido en el camino, no para ganarnos la vida. Publicamos con unos seis meses de retraso. No queremos pasar el día grabando videos porque eso termina siendo un trabajo de medio tiempo. Con cuatro hijos a quienes educar, preferimos dedicarles ese tiempo a ellos. Además, no queremos exponer nuestra vida. No queremos mostrar todo lo que hacemos, todo lo que comemos o cada momento de nuestra rutina. Prefiero volver a una oficina antes que convertir la vida de mis hijos en contenido para las redes sociales. Muy pocas personas ganan realmente dinero en YouTube. En cambio, hemos conocido a muchas personas que trabajan muchísimo para ganar muy poco.
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Claude se detiene en una fotografía de su celular. El cielo está completamente azul. Al fondo se levantan montañas nevadas que rodean un lago de color turquesa. La tomó en el Parque Nacional Torres del Paine, en Chile. Los Turpin empiezan a recorrer, una por una, las imágenes de cinco años de viaje.
— Si tuviera que escoger un lugar de Sudamérica, sería la Patagonia. El glaciar Perito Moreno nos impresionó muchísimo. También el Parque Nacional Torres del Paine en Chile y toda la cordillera de los Andes. En Perú subimos con el camión hasta más de 5.000 metros de altura. Recorrer esa cordillera en un vehículo como este fue una experiencia inolvidable. También nos encantó Puerto Madryn, en Argentina. Estuvimos un mes estacionados a unos 15 metros de la playa, viendo las ballenas. Las cataratas de Iguazú también son un lugar maravilloso, igual que Morrocoy, en Venezuela.
Pero el viaje no siempre parece una postal. Claude y Maryline vuelven a mirarse con complicidad. La mayor parte del tiempo, reconocen, transcurre lejos de los lugares que aparecen en Instagram. Encontrar dónde parquear una máquina de bomberos de nueve metros de largo y cuatro de alto no es sencillo. Muchas noches terminan en parqueaderos para camioneros o bombas de gasolina.
El poco espacio interior en la casa tampoco aparece en las fotos que sus seguidores observan en redes. Sin embargo, intentaron que cada uno de los seis tuviera un rincón propio. Hay reglas sencillas: los zapatos nunca se dejan tirados. Nada se deja tirado.
— También estamos muy lejos de nuestras familias y eso es difícil. Cuando ocurre un problema de salud, ya sea con nosotros o con alguien en Francia, sentimos esa distancia. Nuestro hijo, por ejemplo, se rompió un brazo jugando fútbol en la cancha de Univalle. En esos momentos estamos solos y no siempre es fácil. Además, vivir en un vehículo como este exige pensar constantemente en el agua, la electricidad y el mantenimiento. Tenemos autonomía, pero no podemos desperdiciar los recursos. No es como una casa donde simplemente abres una llave o enciendes la luz sin pensar. Aquí todo requiere organización. Cada día hay algo que revisar, reparar o anticipar para evitar un problema al día siguiente. Es una logística permanente.
La rutina cambia según el país por el que viajan. En Perú, por ejemplo, solo podían permanecer 90 días, así que recorrer el país fue casi como una maratón. Pero no siempre es así.
— Normalmente preferimos quedarnos un tiempo en cada lugar, conocer a la gente y compartir. Así es como descubrimos un país: conversando con las personas, aprendiendo sobre su comida, su música, la política, la economía. No tenemos un itinerario definido. El viaje no consiste en llegar a un destino, sino en vivir el camino. Podemos pensar que vamos a quedarnos una sola noche en un sitio y, de repente, terminar viviendo allí varios meses porque conocimos personas maravillosas que nos invitaron a compartir con ellas. Eso fue lo que ocurrió en Cali. El vigilante de la cuadra en El Ingenio nos sugirió parquear en el parque, cerca de su caseta, y los vecinos han sido muy amables.
En Cali la rutina volvió a cambiar. Todas las mañanas Claude y Maryline les dan clases a sus hijos, siguiendo el sistema educativo francés e inspirados en la pedagogía Montessori. En las tardes, los niños juegan con sus amigos del barrio El Ingenio.
Los Turpin hablan con orgullo. En el Liceo Francés Paul Dury de la ciudad, la hija mayor presentó los exámenes oficiales de Francia y obtuvo una calificación de 18,75 sobre 20, con mención de excelencia y las felicitaciones del jurado.
— No sé si somos muy buenos profesores, pero sí estamos muy orgullosos de haber elegido este estilo de vida y comprobar que nuestros hijos obtienen excelentes resultados académicos. Creemos que conocer el mundo será tan importante para su futuro como cualquier asignatura escolar. Queremos prepararlos para el futuro, pero entendemos que la educación va mucho más allá de la escuela. Viajar, convivir con otras culturas y aprender de las personas también forma parte de su formación.
En la máquina de bomberos no hay televisor. Los niños solo tienen acceso a internet para estudiar y, de vez en cuando, ver dibujos animados durante un tiempo muy limitado. Tampoco tienen redes sociales. Para hablar con los amigos que han hecho en una decena de países usan el WhatsApp de sus padres.
Cocinar, en cambio, ocupa un lugar importante en la vida familiar. Claude dice que la comida es la segunda religión de la isla Reunión, después del catolicismo. A sus hijos les encanta el rougali Saucisse, una receta típica a base de tomates frescos, cebolla, ajo, jengibre, chile y salchichas ahumadas; o el pollo de Bresse a la crema de leche, el plato tradicional de la tierra de Maryline.
Es justo casi la hora del almuerzo y la conversación empieza a terminar. Antes de despedirme les hago una última pregunta.
— ¿Qué le dirían a alguien que tiene un sueño —viajar por el mundo o cualquier otro— y no se atreve por miedo o por la seguridad que ofrece un salario fijo?
Maryline responde sin pensarlo mucho.
— Muchas personas nos preguntan si no tenemos miedo de vivir así. Nuestra respuesta siempre es la misma: solo tenemos una vida. Los hijos crecen muy rápido. Siempre habrá oportunidades para volver a trabajar, ahorrar dinero y empezar de nuevo. Pero la infancia de nuestros hijos no volverá.
Mientras salgo de la máquina de bomberos, Claude recoge las tazas de café y sus hijos salen del cuarto para posar en las fotos. Dentro de unos meses los Turpin volverán a ponerse en marcha, rumbo a Venezuela, un país al que desean regresar. Antes recibirán en Cali la visita de los padres de Maryline. Después volverán las carreteras, los nuevos paisajes, los parqueaderos de camioneros, las estaciones de gasolina. La vieja máquina de bomberos seguirá recorriendo América. El motivo del viaje, sin embargo, será el mismo que los llevó a renunciar a sus trabajos en Francia hace 15 años: no perderse un solo instante de la infancia de sus hijos.