La niña se llamaba Luciana Parra Moreno. Había nacido con un problema cognitivo congénito. Vivía en el barrio Sucre, en el centro de Cali. Eran los días de la pandemia de covid y Luciana requería atención médica. Su mamá, Mayerlin, llamó las ambulancias; llamó a los médicos. Nadie llegó.
El cronista Jorge Enrique Rojas, ‘Kike’, conoció el caso y apeló a su arma, la palabra, y contó la historia: ‘Un milagro en la olla’, tituló en el periódico Q’Hubo. La olla no por el barrio, sino porque para la familia todo parecía muy jodido. El milagro era que Luciana había nacido después de que su mamá fuera arrollada por una moto estando en embarazo.
Jorge Enrique hizo una campaña pidiendo medicamentos. La gente ayudó unos meses. Después dejaron de hacerlo. Los médicos y las ambulancias nunca entraron a Sucre. Luciana finalmente murió en un hospital.
Aquel fue el origen de lo que vino después: ‘El cielo al revés’. Un documental de Jorge Enrique, quien, de alguna manera, se obsesionó con Sucre: contar qué hay más allá de esas calles del centro donde, desde niño, pasaba rápido.
Durante varios años, ‘Kike’ recorrió Sucre con su celular, sin grandes equipos de rodaje, integrándose a la vida del sector y construyendo confianza con sus habitantes. El documental se centra en la resistencia diaria y la dignidad de las familias que viven allí.
La historia principal sigue a Jhoanna y a sus hijos, un núcleo familiar atravesado por la precariedad, pero también por la solidaridad y la persistencia. A través de ellos, la película muestra cómo se sobrevive en un entorno marcado por el abandono institucional, y cómo el barrio —señalado durante años como “zona roja”— también es comunidad, afecto y lucha.
Producido por el cineasta Carlos Moreno y editado por Andrés Porras, ‘El cielo al revés’ propone una mirada respetuosa: no presenta a sus personajes como víctimas pasivas, sino como protagonistas de su propia historia. Más que un retrato de marginalidad, es una crónica audiovisual sobre humanidad, memoria urbana y el derecho a ser visto.
La historia acaba de ser premiada en varios de los festivales de cine a los que viajó en 2025. El primer galardón fue en Bolivia, donde obtuvo el premio Sierra International Film. También ganó en el Festival Cordillera de los Andes. Y sigue rodando.
“Ni siquiera estando tan locamente enamorado de la película alcancé a imaginar el recorrido que iba a tener. Todo eso era impensable para mí. En ese sentido, el sueño terminó siendo mucho más hermoso de lo que yo mismo era capaz de proyectar”, dice Kike. Pero aún falta algo. Lo más importante.
“También pasó que, a pesar de las pantallas que se abrieron para la historia y de la gente que ha podido verla, el documental no ha tenido —en otro sentido que para mí es más importante, más vital— la repercusión que yo esperaba: una ayuda para Jhoanna y su familia, los protagonistas del documental. El Estado ha sido incapaz de estirar la mano y decir: ‘aquí hay algo que me corresponde hacer, porque soy Estado’. Aunque sea por un mínimo de humanidad”.
Por eso Kike ya está trabajando en la secuela: una segunda parte de la película que hable justo de eso, la invisibilidad prolongada de Sucre y su gente.
“Jhoanna hoy sigue dedicada a lo mismo que cuando terminé el documental: sobrevivir. Alquila cambuches que construimos durante el rodaje y vive de esos arriendos y de trabajos esporádicos: hace aseo, cuida personas, lo que salga. La familia necesita apoyo educativo y acompañamiento psicosocial, además de oportunidades de trabajo. Jhoanna podría ser un referente positivo en el barrio y un puente entre los programas de la Alcaldía y la comunidad”, explica Kike.