Cariñosos, respetuosos y atentos. Esas eran las principales características de las parejas de Evelyn, Adriana y Natalia.

Llegaron a convertirse en el amor de la vida para cada una de ellas, pero con el pasar del tiempo se transformaron en un enemigo al acecho dentro de casa.

Aunque ellas no se conocen, a las tres las une una lamentable coincidencia: pasaron a ser parte de la larga lista de víctimas de intentos de feminicidio en Cali.

Empujones, golpes, amenazas e incluso hackeos fue lo que tuvieron que soportar, en muchas ocasiones sin la debida atención de las autoridades, para luego estar al borde de la muerte por culpa de las personas que decían amarlas.

Esta es una realidad que va en aumento en la capital vallecaucana: entre 2020 y hasta septiembre de 2026 se reportaron 379 casos de violencia contra la mujer. De ellos, 256 fueron catalogados como intento de feminicidio, mientras que 123 llegaron a un desenlace fatal.

Al revisar las cifras de esclarecimientos de los casos, el panorama no es más alentador. De los 256 intentos de feminicidio, solamente 61 tienen sentencias condenatorias.

Por otro lado, de los 123 feminicidios hubo un desenlace judicial en 50 de ellos. Es decir, en ninguno de los casos se supera el 50 % de esclarecimiento.

El País habló con Evelyn, Adriana y Natalia para conocer su drama, el que en silencio viven muchas mujeres que temen denunciar y para el que aún falta mucha empatía y solidaridad.

“El reporte inicial decía que recibí 34 heridas durante una riña callejera”: Natalia Restrepo

Según el registro de ingreso al Hospital Universitario del Valle (HUV) y el reporte inicial de las autoridades, las 34 heridas en el cuerpo con las que ingresó Natalia Restrepo, con entonces 23 años de edad, fueron producto de una riña callejera.

Esa fue la versión entregada por los padres y demás familiares de Jesús Esteban Bolaños, su expareja y quien también ingresó herido, cuando fueron interrogados sobre las circunstancias en las que fue brutalmente atacada la estudiante de diseño visual de la Institución Universitaria Antonio José Camacho ese 24 de octubre del 2024.

Por eso no se activó el protocolo que corresponde cuando una mujer es víctima de un intento de feminicidio. Incluso, el hombre que juró amarla y que trató de asesinarla fue internado en el mismo hospital, ignorando el riesgo que ella corría.

Natalia era una niña cuando terminó el bachillerato en el municipio de Sevilla y, gracias a una beca de ‘Generación E’, asumió el desafío de salir por primera vez de su pueblo y llegar a una ciudad como Cali buscando futuro.

Los primeros años compartió apartamento con amigos o pagando habitaciones que se rentaban en casas de familia mientras atendía sus clases en la institución universitaria; la misma donde conoció a Jesús Esteban.

La relación comenzó como una amistad. Después llegó el noviazgo y durante los primeros años Natalia describe a su pareja como un hombre atento, cariñoso y caballeroso. Estudiaban lo mismo y compartían intereses. Cuando llevaban tres años de relación, se fue a vivir con él y con su familia.

Se desprendió de la piel

Con el paso del tiempo la relación tomó un rumbo distinto y Natalia sentía que era otro hombre con el que ahora compartía su vida. Casi un año y medio después empezaron los celos, el control y el aislamiento.

Ahora recuerda que él comenzó a revisar sus redes sociales y su teléfono; cuestionaba sus amistades y trataba de impedir que viajara a Sevilla para visitar a su familia. El control fue reduciendo poco a poco el mundo de Natalia.

“Trataba siempre de aislarme”, dice. Encerrada en su propio silencio, empezó a sentirse insegura de sí misma. Dice que llegó a sentirse fea, vulnerable y emocionalmente dependiente.

Los insultos y los gritos se hicieron frecuentes y la primera agresión se registró el día que se negó a entregarle el teléfono. Él se lo arrebató y lo lanzó contra su cuello destrozando el equipo.

A partir de allí los ataques se hicieron más frecuentes. Fueron muchas las noches en las que Jesús Esteban no llegó a dormir y regresaba luego bajo los efectos del alcohol y más agresivo que de costumbre.

Natalia intentaba disculparlo: “Pensaba que quizá él había reaccionado así porque estaba borracho o no estaba en sus cinco sentidos. Pero frente a su familia, mantenía una personalidad completamente distinta. Era muy cariñoso”.

Aunque no fue fácil, Natalia decidió finalmente separarse tras varios intentos de hacerlo y terminar convencida por él de que iba a cambiar. Estando sola recuperó su autoestima y el control sobre su vida, pero seguían en comunicación a través de WhatsApp.

Sin embargo, Jesús Esteban pensaba que seguía siendo el dueño de su vida y, a mediados de octubre de 2024, se le apareció en un concierto de música electrónica al que ella fue con amigas. Tras amenazarla, se la llevó a la vivienda de sus padres. Encerrada en una casa del centro de Cali, lo peor estaba por venir.

Una agresión brutal

Ese 14 de octubre, Natalia regresó por sus cosas, tras cerciorarse de que los padres de su expareja estaban de regreso en casa. Entró al cuarto para tomar sus cosas, pero él trancó la puerta.

Tras una discusión, amenazó con golpearla si gritaba, la lanzó contra la pared y le golpeó su cabeza; presa del miedo, gritó cuando él sacó un cuchillo de su cintura. La primera puñalada en su pierna le cortó el nervio ciático y quedó sin estabilidad.

La atacó 33 veces más mientras ella intentaba defenderse y cubrir su rostro. En la última puñalada el cuchillo se dobló y perdió el filo. Mientras la familia intentaba tumbar la puerta, Jesús Esteban rompió una botella y se cortó el cuello.

Pese a la gravedad de las heridas de Natalia, la familia del agresor lo llevó a él en la primera ambulancia y ella quedó en un charco de sangre, a la espera de otro vehículo de socorro.

En el hospital recibió transfusiones y fue sometida a varias cirugías por las múltiples heridas. Entre ellas, una en el cuello que afectó una cuerda vocal y la dejó sin habla tres meses. La tragedia también abrió una disputa judicial porque fue Jesús Esteban quien denunció a Natalia por intento de asesinato, asegurando que ella lo atacó y él actuó en defensa propia.

Las 34 heridas dejaron graves secuelas físicas y emocionales en Natalia, quien continúa en terapias para recuperar su plena movilidad. Las heridas que no se ven permanecen abiertas.

Finalmente, en abril pasado fue condenado a quince años y seis meses de cárcel por tentativa de feminicidio: “Les diría a las mujeres que están pasando por lo que yo tuve que vivir, que no se queden calladas, que no esperen a la siguiente agresión y que busquen ayuda”, dice.

“Siempre estaba afilando los cuchillos”: Evelyn Vásquez

Un historial de abandono judicial fue el que sufrió Evelyn Vázquez Caicedo, de 43 años y oriunda de Buenaventura, quien conoció a su agresor en una reunión política. Un hombre que ella, en principio, vio como alegre y servicial, pero que con el tiempo se convirtió en un celópata que la manipulaba y la agredía.

Su relación inició en marzo de 2015 y en diciembre de ese mismo año decidieron irse a vivir juntos. Pero exactamente un año después del comienzo de ese idilio llegaron las primeras señales de que él no estaba bien.

“¿Qué pasó?, vos me dijiste que estabas acá y luego apareciste en otro lado”, fue uno de los reclamos que el hombre le hizo a Evelyn, a quien le resultó extraño porque ella no le había avisado en qué lugar iba a estar.

Es decir: le hackeó su celular para poder saber su ubicación exacta. La primera agresión física a esta mujer se presentó luego de una salida con sus amigas: su victimario le reclamó porque supuestamente estaba con otra persona en una relación amorosa, la tiró a la cama y le pegó.

Unas disculpas y promesa de cambio fue la manera de él para solucionar su crimen. Algunos meses después llegó drogado a la casa, dañó la puerta y la amenazó verbalmente. Evelyn decidió denunciar la situación ante la Fiscalía de Buenaventura, pero se encontró con funcionarios que minimizaron el caso.

“La persona que me atendió me dijo: ‘¿Está segura de poner la denuncia?’, que porque no había vuelta atrás. Yo le pregunté entonces si se podía conciliar. Ella me dijo que sí, pero nada se solucionó con eso”, explicó.

Cambiar de ciudad tampoco sirvió

Con el propósito de tener más oportunidades laborales, la pareja se mudó a Cali, pero los niveles de violencia en contra de Evelyn se incrementó a la misma velocidad de la incompetencia policial.

Estando en esta ciudad ella notó que su agresor tenía una obsesión con afilar los cuchillos, incluyendo los de mesa, pero que camuflaba esa costumbre con su trabajo, puesto que vendía comidas rápidas y decía que era un procedimiento necesario para esa labor.

Ya en 2020, estando en embarazo de su segunda hija, la bonaverense recibió dos puños de parte de su pareja, por lo que decidió llamar a la Policía, pero se encontró con la sorpresa de que su agresor fue defendido y ella regañada.

“Me encerré para que no me siguiera pegando. Los uniformados llegan y entran a ver qué pasó, entonces yo les dije que él estaba en el cuarto del fondo. Fueron y lo vieron dormido, entonces me atacaron y me dijeron que para qué los llamaba si él estaba quieto, aun cuando les mostré los morados que tenía en el brazo y viendo que estaba embarazada”, le relató a El País.

Para ese punto, el victimario de Evelyn también había identificado el punto débil de su pareja: la familia. Desde temprana edad, la mujer había sido cuidadora, ya que a su mamá le habían amputado las piernas y padecía de hipertensión; su padre había sufrido tres infartos y su primer hijo presentaba un autismo severo.

Algunas semanas después, el hombre intentó agredirla con un cuchillo, pero el papá de Evelyn se interpuso para evitar una tragedia fatal. Entonces ella puso una demanda de su expareja y logró que se expidiera una orden de alejamiento en su contra, pero eso de poco sirvió.

“Empezó a escribirme que me iba a matar. Incluso le decía a mis familiares que alistaran la ropa y el café porque me iba a matar. Que me enterraran en la misma parte de mi mamá”, escribía.

En marzo pasado se registró el hecho más fuerte: la mujer estaba en su casa y escuchó que él ingresó a la fuerza. Ella, asustada, intentó encerrarse en un baño, pero este no tenía chapa para asegurar la puerta, por lo que quedó una rendija que fue aprovechada por el delincuente para herirla.

“Él mete la mano por encima de la cabeza y me da en la espalda, cuello y cabeza. Ahí fueron cinco puñaladas. Me sacó del baño y me tiró a la cama para darme dos puñaladas en el mentón, una cerca de la aorta y otra en el hombro. En total fueron 18 puñaladas”, relata esta víctima de intento de feminicidio en la capital del Valle.

Su agresor logró escapar en ese momento, se entregó a las autoridades, pero fue dejado en libertad a la media hora. Los días posteriores también se presentó, bien vestido, a la Fiscalía y lo dejaron libre, afirma. Finalmente, el pasado 18 de marzo fue capturado y en la actualidad está a la espera de conocer su condena.

“Estoy viva de milagro; Dios mandó un ángel”: Adriana Rivera

Una relación que duró 25 años culminó con un atentado con arma de fuego contra Adriana Rivera Gutiérrez, una mujer del barrio El Guabal, ubicado al sur de la capital del Valle, quien asegura que está viva gracias a una situación que solo puede explicarse como un milagro.

Adriana conoció a su expareja y verdugo en el restaurante que tenía en su casa y que atendía junto a su mamá. Al inicio no tuvo mayor gusto por él, pero las atenciones del que luego se convertiría en su agresor lograron cautivarla.

Pese a demostrarle atención y cariño constantes, la mamá de Adriana tuvo un mal presentimiento y le advirtió a su hija que aquel hombre no le inspiraba confianza; Ella no le hizo caso y el tiempo terminó dándole la razón a su madre.

“El día que me agredió por primera vez íbamos en un bus de servicio público que él manejaba. Yo le dije algo que no le gustó y me golpeó la cara con lo que llevaba en su mano”, cuenta la víctima. Esa agresión no fue tomada con mucha seriedad, pero sí generó alerta en Adriana.

A partir de ahí, el hombre cariñoso que había conocido se convirtió en alguien obsesivo y celoso durante los 23 años más que duró la relación.

La situación fue escalando hasta que en un diciembre él le reclamó una plata que le fue enviada a ella por una pareja anterior para los regalos de una hija en común. Adriana se negó a dársela y eso desencadenó una agresión que culminó con el traslado suyo al hospital.

“Ese día me golpeó duro y mi hermana, que siempre lo defendía, fue y me sacaron en ambulancia. Me desbarató la cuna de la niña y con esas cosas me golpeó la cara. Quedé como un monstruo y duré algunos días hospitalizada”, dijo.

La Fiscalía citó al agresor por el episodio, pero todo culminó en una conciliación y la posterior disculpa de la pareja de Adriana Rivera. La relación pareció haberse estabilizado por alrededor de un año, pero la violencia volvió con el segundo embarazo de esta víctima de intento de feminicidio.

Para entonces, ella pesaba 43 kilos y su pareja la hizo subir de peso hasta superar los 80 kilos, con la excusa de que “necesitaba que su hija naciera bien y que nadie la mirara a ella en las calles”.

Después de muchos episodios de maltratos físicos y psicológicos, en 2017 la mujer decidió irse de la casa que compartía con su agresor, luego de haber asistido al grado de una carrera intermedia de su hija mayor, quien se había ido de la casa argumentando que no resistía más la vida junto a ese hombre, por el que confesó sentir odio.

Lo cierto es que la situación se intensificó cuando la hija en común cumplió los 18 años y decidió estrenar la cédula instaurando una demanda contra su propio padre por los maltratos hacia su madre.

Esto fue recibido como un baldado de agua fría contra el agresor, quien para ese momento ya rondaba los lugares en los que permanecía Adriana Rivera, entre esos el colegio en el que ella trabajaba. De hecho, en ese momento la víctima de esa violencia de género se vio obligada a salir por la puerta trasera de la institución para no exponerse ante él.

Sin embargo, en febrero de 2018 no contó con la suerte de esquivar a su agresor y fue ‘correteada’ al salir de su lugar de trabajo. Esto la motivó a instaurar una denuncia ante la Fiscalía General, entidad que, asegura la mujer residente en Cali, no la ayudó en ninguna labor de prevención, puesto que fue en marzo de ese mismo año que su expareja atentó contra la vida de Adriana.

Luchó por su vida

El día de los hechos, ella iba hacia su lugar de trabajo y se encontró con el agresor, quien le pidió una segunda oportunidad. La mujer le contestó que ya no lo quería y él le contestó con una amenaza certera: “Lo va a lamentar”.

Hacia el mediodía de ese mismo día Adriana salió a llevarle la comida a su hija y a comprar elementos para su negocio. En el camino se encontró con su exesposo, quien le pidió que se acercara mientras desenfundaba un arma de fuego.

“Yo salí corriendo y me metí a una casa que estaban construyendo, con la mala suerte de que él puso el pie, la empujó y la abrió. Había unos señores con unas palas, les pedí ayuda, pero se quedaron parados. Yo luché por mi vida, peleé y metí cabezazos al verme las manos ensangrentadas por los disparos. Solamente me ayudó un hombre (el vigilante del colegio), que le pegó una patada en la mano y le tumbó el revólver cuando ya me iba a disparar por última vez en la frente”, relató.

Fue trasladada a una clínica de urgencia y allí los médicos la dieron por muerta, ya que había perdido mucha sangre. Por ello, le permitieron a los familiares entrar para despedirse de ella. Mientras ocurría esto, Adriana estaba un poco consciente y escuchaba todo.

Incluso, cuenta que vio a un ‘médico’ vestido completamente de blanco, con cabellera blanca y ojos azules que se abrió paso por la multitud, se acercó, le besó la frente y le dijo que todo estaría bien. Luego de esto, su pulso se aceleró, lo que les devolvió la esperanza a los médicos que unos minutos antes la habían declarado muerta.

Unos quince días después, en el retiro de sus vendajes, Adriana preguntó en la clínica por aquel hombre, pero le indicaron que ahí no trabajaba ninguna persona con esas características.

En cuanto al desenlace de su agresor, fue capturado y condenado a 17 años de prisión. Aun así, desde el penal llegó a amenazar en dos ocasiones más a su expareja. Sin embargo, en febrero de 2024 murió por complicaciones de salud.

De toda esta situación, Adriana se quedó con la conclusión de que “el hijo que no obedece a sus padres está condenado a sufrir”, recordando la advertencia que al inicio de esa relación le hizo su madre. Y también aprovechó para enviarles un mensaje a las mujeres: “Un maltratador nunca va a cambiar”.