Desplazados de Caldas vuelven a sus tierras libres de minas

Desplazados de Caldas vuelven a sus tierras libres de minas

Julio 03, 2017 - 12:00 a.m. Por:
Manuela Rubio Sarria / Reportera de El País
Regreso a tierras de campesinos

Egidio Henao Herrera, uno de los integrantes de las 17 familias beneficiadas para la restitución de sus tierras en la vereda El Congal, en Samaná, Caldas, zona altamente afectada por las minas antipersonales que dejó hasta el año 2009, 175 víctimas.

Foto: El País

“Hay días en la vida de uno que nunca se olvidan, yo por ejemplo recuerdo muy bien dos de esos días y lo malo es que ambos son tristes: el 15 de noviembre del 2001 es la fecha en la que más miedo he sentido a mis 56 años. Cuando llegué al caserío encontré a dos cuñados míos y al suegro de uno de ellos, muertos. Yo estaba trabajando en mi lote de cafetales y caña que era lo que le daba ‘panela’ a mi familia en ese entonces y sé que si yo hubiese estado en el caserío durante el enfrentamiento entre los paramilitares y la guerrilla, no estaría contando esto”.

La historia la cuenta con acento paisa Egidio Henao bajo un sol picante que combate con su sombrero aguadeño, mientras pisa con sus botas los escombros de lo que queda de su casa de madera que fue quemada en la vereda El Congal, del municipio de Samaná, Caldas.

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Y son precisamente esos escombros el abrebocas de otro día inolvidable para Egidio: paramilitares llegaron a plena luz del día un 19 de enero del 2002 y quemaron decenas de casas de las familias de la vereda que se encontraban escondidos en el monte entre cañadas y maleza, debido a los fuertes enfrentamientos.

Don Egidio ya había vivido 40 años de su vida en esa casa que recuerda con nostalgia y salió en una chiva solo con la ropa que tenía encima, con su esposa María Leonilde, profesora comunitaria, y sus cuatro hijos (el mayor de 14 años y la menor de 4).

Desde el 2012 que volvió el Ejército a Samaná, las largas montañas de esa vereda se han vuelto a ‘decorar’ con cafetales, cultivos de aguacate, plátano, cebolla, yuca, maracuyá, algunas piñas, montones de caballeros de la noche (árboles) y mucha maleza acompañada del sonido de la chicharras y el arrastre de los lagartos.

Don Egidio sumó el año pasado a esos días memorables: el 19 de diciembre del 2016, esta vez sin razón de tristeza sino como “el mejor regalo del Niño Dios”: el juez de restitución de tierras de Pereira falló a favor de 17 familias, entre ellas la suya, para que puedan volver a sus casas en El Congal.

La decisión se debe a que esa vereda ya está desminada, pues durante los enfrentamientos entre guerrilla y paramilitares las minas antipersona fueron una de las armas más utilizadas para “explotar” al enemigo.

En el Congal ya todas fueron desactivadas y durante el proceso de desminado se mostró “la sevicia de los grupos insurgentes, pues las minas antipersonales son diseñadas de manera casera con elementos comunes, de fácil acceso y a muy bajo costo. Tienen varios sistemas de activación, uno de ellos es a presión que es la más común en Samaná”, sostiene el sargento Carlos Mario Montoya, supervisor de desminado.

El sargento Montoya cuenta que las minas que se han encontrado las elaboran en tarros de PVC o vidrio, las impermeabilizan con silicona para que dure bastante tiempo enterrada. Dentro de las minas puede haber metrallas, tuercas, tornillos, arandelas, vidrio molido, inclusive algunas con excremento humano para crear gangrena e infecciones en la víctima y que su recuperación sea más difícil.

Al interior de la mina hay un elemento metálico que es el detonador, mientras que el explosivo lo hacían con fertilizantes como agrocafe, R15 o Nitro 30.

Realizaban un minucioso proceso de cocción, aplicando polvo de aluminio, aserrín, caucho derretido y una jeringa para que cuando la víctima la pise, la presión active el artefacto. Dentro de la jeringa hay ácido sulfúrico que al contacto con el plomo, que es un explosivo primario, se inflama y estalla.

La sentencia de restitución también contempla: “mejoramiento del centro poblado en cuanto a la adecuación de la escuela, acueducto vecinal, mejoramiento del Centro de Salud y mejoramiento de las vías de acceso y comunicación no solo de la vereda El Congal, sino de todo el municipio de Samaná, en pro de que los campesinos afectados por la violencia puedan sacar sus productos directamente a los mercados cercanos”.

Para Egidio, la labor de los soldados encargados del desminado es lo que les ha devuelto la esperanza y las ganas de soñar. “En la mano de ellos está la vida de nosotros, yo ahora sueño de nuevo con mi casita aquí en El Congal y con la sentencia eso se ve cercano. También quiero tener cerdos para alimentarlos y que empiecen a producir porque uno ya se siente viejo y cansado”.

Otras familias a la espera

Seis meses de embarazo tenía ‘Nena’, Leoneila López, cuando los paramilitares llegaron en noviembre del 2001 a la vereda y en una mañana perpetraron la masacre que dejó como saldo decenas de muertos, entre ellos sus dos hermanos.

Mientras los lloraba, los médicos le dijeron que se salvaba ella o el niño, pues después de largas caminatas entre cañadas y trochas escapando de las balaceras, su embarazo no fue el mejor.

Su esposo Cornelio la cuidaba a punta de caldos de gallina en su casa de madera que antes de que los paramilitares la quemaran, se la llevó un barranco.

“Yo ya tenía todo preparado para volver a construir mi casita, pero nos tocó salir desplazados en enero del 2002, con mi esposa embarazada de ocho meses y nuestros tres hijos”, cuenta él mientras señala con sus manos embadurnadas la ‘tierrita’ donde estaba su casa.

Un mes después del desplazamiento, ocurrió el milagro: se salvaron ambos, Leoneila y Adrián, el pequeño al que le dicen ‘Choto’.

"Pa’ que vea que ese muchacho es un milagro, Adrián salió bien juicioso, él es que me trae en la motico hasta la vereda para cuidar un cultivo de 800 palos de café que empecé a sembrar desde que el desminado se completó, y aunque yo no hago parte del fallo de la sentencia de diciembre, estamos a la espera porque nuestro sueño es volver aquí a la vereda; todos somos una familia, aquí vivían mis cuñados, mis suegros, mis primos, y los vecinos son como familia, porque somos muy unidos”, dice Cornelio.

Y esa unión se refleja en la vía que conecta Florencia con la vereda El Congal.

“La hicimos a punta de palas y picas, le metimos unos quince convites y antecito de un año eso ya estaba listo. Después llegaron las volquetas que abrieron la trocha”, cuenta entusiasmado Cornelio.

Jhon López Betancur, representante de las víctimas de El Congal, cuenta que después del “regalo del niño Dios” que benefició a 17 familias, hay otras once a la espera de un próximo fallo y otras 26 que están en trámites, para un total de 54 hogares que deben ser restituidos y que al igual que Egidio y Cornelio, comparten el sueño de retornar a la tierrita que los vio crecer como familia.

Desminado humanitario

“El desminado no es duro a comparación de estar lejos de la familia”, dice el soldado Víctor Gildardo Cubides quien se comunica desde las veredas de Samaná, Caldas, hasta Gachetá, Cundinamarca, donde esta su hija de ocho años Laura Dayana y a su esposa.

El desminado es minucioso, solo tienen diez minutos de descanso cada hora, y una jornada total de 8 horas diarias para despejar el camino a los campesinos.

La maleza y profundidad de la tierra en Samaná obliga a que el desminado sea lento y a mano, para eso los soldados necesitan detector de metales, tijeras para podar, estacas de colores, espátulas y brochas, además de un traje pesado y un visor de protección.

Según el coronel Luis Fernando Leyva, en el municipio de Samaná las labores de desminado empezaron en el año 2010. Las minas dejaron un saldo de 175 víctimas de las cuales 126 corresponden a la fuerza pública y 49 población civil.

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