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Dos meses después del terremoto, jóvenes voluntarios de Roldanillo siguen removiendo escombros: así trabaja el ‘Team Topitos’

Los jóvenes voluntarios han demolido más de 25 casas. Organizaron una carrera para mostrar dónde funciona hoy el comercio afectado por el sismo.

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Roldanillo
Dos meses después del terremoto, los jóvenes voluntarios de Roldanillo, el ‘Team Topitos’ siguen removiendo escombros y brindando ayuda. | Foto: Especial para El País

12 de oct de 2026, 05:04 p. m.

Actualizado el 12 de oct de 2026, 05:29 p. m.

El punto de salida y de llegada fue el mismo: el monumento Yo amo a Roldanillo, en la entrada del municipio, frente a la Universidad Antonio Nariño. Desde allí, partieron cerca de 300 personas a recorrer los locales comerciales que el terremoto del 10 de agosto sacó del Centro de Roldanillo, en la calle 8, cerca del museo, y que hoy funcionan en otros lugares.

La ruta no era solo deportiva. Diego Mauricio Ramírez Benítez, uno de los coordinadores de los ‘Team Topitos’, explicó que la idea era “reactivar el comercio, que los roldanillenses y moradores de municipios aledaños conocieran dónde quedaron los establecimientos que se encontraban en el parque principal y se vieron afectados con el sismo”.

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Jóvenes del Team Topitos, posan al atardecer sobre guaduas y maderas retiradas de una vivienda, con un sofá entre los restos. | Foto: Especial para El País

La fecha tampoco era casual: se cumplían dos meses del sismo. “Queremos recordarlo de una manera resiliente”, dijo.

Quienes organizaron la carrera llevan esos dos meses haciendo otra cosa: sacar escombros.

Un video y un primo

Jeison Andrés Martínez Hernández, el otro coordinador del grupo, recuerda que todo empezó a las pocas horas del terremoto, cuando salió de su casa a ver cómo había quedado el pueblo. “

Todo se puede perder, tanto negociantes como familia, lo que han construido durante largo tiempo de esfuerzo se derrumba en solo 1 minuto y medio”, dice.

Ese primer día salió con un primo. Vieron que las familias necesitaban gente más que dinero, sobre todo para sacar escombros.

Martínez maneja redes sociales y grabó un video de convocatoria. Dice que no tenía recursos para donar, “pero sí contaba con algo muy importante: la energía, el corazón, la empatía y esas ganas de querer ayudar a las demás personas”.

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Tras una jornada de trabajo, jóvenes voluntarios descansan en el andén de una vivienda con casco y guantes. A la derecha, guadua y madera recuperadas. | Foto: Especial para El País

Con el video armaron la ruta de ayuda del día siguiente y, cuenta, vieron “el gran movimiento de los jóvenes dispuestos a ayudar”.

Ramírez llegó por el mismo camino. Dice que después del sismo “quisimos salir a las calles a ayudar” y que allí conoció a “otras personas que tenían la misma voluntad para ayudar a la gente”, entre ellas Martínez.

Ambos coinciden en que el grupo no se planeó. “Fue totalmente espontáneo lo que nosotros hicimos en el momento”, afirma Ramírez.

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Voluntarios con cascos, tapabocas y guantes retiran vigas de madera y escombros de una casa derrumbada. | Foto: Especial para El País

Los llaman de varias maneras. “Nos tienen muchos nombres”, cuenta Ramírez: los topos, los jóvenes voluntarios, los jóvenes solidarios, ‘el team topitos’.

Techos, cambuches y casas

Según Martínez, en cada casa el procedimiento era empezar por el techo. Hacían una fila para rescatar las tejas que aún servían, para reutilizarlas o donarlas.

Dice que han “desentechado” y demolido más de 25 casas, y que armaron entre cinco y seis cambuches con plástico y guadua, asegurados para que resistieran lluvia o viento. Desde el comienzo se enfocaron, afirma, en quienes no tenían apoyo económico de nadie.

Reconoce los límites: “No somos expertos, no conocemos el tema, pero sí tenemos muchas ganas de ayudar”. Las fachadas, explica, engañaban: “Se veían aparentemente bien, pero vos entrabas y estaba todo destruido”.

Ramírez agrega que el grupo también adapta albergues dentro de las casas, reparte mercados y comida para perros, y graba videos de sus jornadas.

Cuenta también que, en los primeros días, limpiaron calles para que, cuando se demolieran la zona del parque y la calle 8 y empezara la reconstrucción, volquetas y carros pudieran transitar.

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Cientos de corredores salen de la línea de partida de la carrera solidaria, en una jornada nocturna con pólvora fría y arco inflable de salida. | Foto: Especial para El País

Menos gente, mismo trabajo

Ramírez calcula que al comienzo eran unas 600 personas, “entre jóvenes y adultos, hasta adultos mayores”. Con el tiempo, muchos volvieron al estudio o al trabajo.

Él habla de un grupo fijo de 65 a 70 jóvenes. Ninguno cobra. “Nos han ofrecido plata, pero realmente lo de nosotros no es eso”, dice Martínez.

Entre los voluntarios menciona a Daniel, a quien le dicen Chanti: “Siempre es uno de los que llega primero, de los que se va de los últimos, de los que más trabaja, pero no tenía cómo movilizarse”. Cuando no podían recogerlo, llegaba a pie. El grupo hizo una recolecta para hacerle un detalle, una bicicleta.

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Voluntarios con cascos, tapabocas y guantes retiran vigas de madera y escombros de una casa derrumbada. | Foto: Especial para El País

“Eso era lo más importante y lo que nosotros resaltamos en él: las ganas.”

Lo que se desgastó

Hay un problema práctico. Martínez cuenta que llegaron a tener unas 15 porras, además de palas y boogies.

Hoy tienen “como dos palas, como una porra”, porque todo se desgasta con el uso. Las porras, dice, “son prácticamente nuestra mayor potencia para poder ejercer este trabajo”.

Lo que más buscan ahora es un rotomartillo, que, según él, es “lo que más nos facilita”. También necesitan cuerdas, boogies y porras.

Cuando le preguntaron hasta cuándo seguirán, Martínez respondió sin rodeos: “Hasta donde más nos dé. No tenemos pensado parar.”

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