Tres almas

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Tres almas

Junio 28, 2020 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Se llamaron en vida Leonor, Pedro y Henry, nombres de esos que le ponían antes a la gente. Acaban de marcharse, los tres, cada uno por su cuenta. Los conocí por fuerza de las circunstancias, o eso que llaman destino.

Leonor llevaba siempre puesta su recia nortesantandereanidad, esa misma que en un pispás se transformaba en bondad y dulzura, al paso de apuntes y certeras dianas, hechas siempre de máxima franqueza.

Se hizo pintora hace mucho y lo hubiera seguido siendo, más ahora que estaba a punto de llegar a los noventa años. Los que saben dicen que lo suyo era primitivismo. Yo más bien creo que era espiritualidad y algo que no puedo explicar pero a lo que voy a llamar leonoramismo.

Antes fue azafata o, como llaman ahora, auxiliar de vuelo. Desde los diecisiete años, por allá en el malhadado 48 del siglo pasado, donde vivió su propio episodio del 9 de abril. Cuando me lo contó, hace años, lo puse en las páginas de un libro. Ahora que lo vuelvo a leer, veo que me quedé corto.

A ver si lo puedo resumir: una mujer da a luz en pleno Bogotazo, a un par de cuadras del lugar del magnicidio de Gaitán. Es niña, sólo que, por alguna razón, nace sin vida. Cuando recién comienzan los lamentos de sus padres, la comadrona se da cuenta de que hay otra criatura en camino. Se necesita atención médica de urgencia y los padres se la juegan para salir en pleno motín en procura de un centro médico.

Pasan dos o tres días. Y la madre y una niña que, a diferencia de la otra gemela, ha llegado al mundo sin problemas, permanecen hospitalizadas. Saltando matones, literal, el padre vuelve a la casa a hacerse cargo de los despojos mortales de la otra bebé. Quiere proceder a su sepelio, pero las calles son un infierno.

Aparece Leonor, que es allegada a ellos. Se ofrece. Y aquí viene lo épico.
Se viste de azafata y dice estar segura de que así no le van a disparar, ni unos ni otros. Camino a la casa de sus amigos, llega al cruce de la Avenida Jiménez con Carrera Séptima y acuerda con los militares que defienden al Gobierno que cesarán el fuego mientras ella entra al lugar, deposita el cuerpo en esa caja blanca que ahora lleva en sus manos y sale, junto al padre de la criatura. El oficial le da su palabra pero le advierte que los francotiradores de la insurrección no parecen dispuestos a dar tregua alguna.

“Ese es mi problema”, les dice. Y se lanza a ese cielo abierto, para ir con decisión y volver al rato con su propósito convertido en hecho. Mientras los tres se alejan de allí, el cruce de disparos se vuelve un solo eco.

Pedro fue un campesino español que se guardó siempre las historias de sus viejos en la Guerra Civil Española. Más bien me invitó a viajar por el mundo del ajo, esa maravilla que abunda en los campos de Las Pedroñeras (Provincia de Castilla La Mancha), aquel pueblo donde El Quijote y Sancho, y tampoco Cervantes, tuvieron tiempo de parar. De haberlo hecho, se habrían quedado a vivir para poner una y otra vez el cazo en procura de una ración más de ese arroz hortelano al que los turistas tenemos la mala costumbre de llamar paella.

Y con el mismo Pedro me fui dizque a aprender (qué iba a poder yo, miserable ciudadano de urbe) a cazar conejos silvestres y a curar queso. Como tampoco a hacer vino, mas sí a probarlo y a una copa más.

Me queda Henry y ya sé que no voy a decir mucho. Porque sería fullero, tal cual lo decía él, o visajoso, como dicen aquí en el Valle. Henry era mi hermano mayor. Se marchó el miércoles pasado. Y, contra mi voluntad, no lo he podido llorar. Porque, y es raro, cada vez que me acuerdo de él, lo que me viene es esa misma risa de cómplices que nos asomaba a los dos, nada más vernos. Incluso en los días más difíciles.

Días difíciles como estos, que nos impiden decirles adiós a ellos (o mejor, hasta pronto) y a tantos que se nos están yendo. Días de los que también ellos se fueron a descansar.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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