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Soberbia y algo más

Octubre 25, 2020 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Esta historia comenzó el pasado lunes festivo de octubre en Manizales. Adriana Villegas Botero -escritora, periodista, maestra y columnista (aparte de valiente y gran persona)- vio lo siguiente, tal cual lo cuenta en el diario La Patria, en su espacio de opinión:

“...mis vecinos soldados (del Batallón Ayacucho) salieron a (una calle cercana) a trotar y a cantar. Mi hija y yo los escuchamos desde mi habitación y lo que oímos no nos gustó: no fue broma, fue violencia (...) los reclutas repetían en coro lo que gritaba su jefe: su dragoneante, su cabo, su sargento, su teniente, su capitán, su mayor, su coronel, su general. Da igual.

El vecindario entero oyó al pelotón. Cantaron sobre los bigotes de Lucifer, matar delincuentes, la sed de sangre subversiva, la guerra, el betún de las botas, “sube sube guerrillero, que en la cima yo te espero con granadas y morteros”, “los hombres cuando ven un buen trasero” y “taca taca taca taca taca taca ta”. Izquier, 2, 3, 4”.

En fin, digo yo, el lenguaje de la guerra, una de las tantas cosas que ella cosecha y recoge.

Pero no fue todo para el insospechado público que los veía y escuchaba. El siguiente canto se dejó venir con esto:

“Un minuto antes de morir / Escuché la voz de mi novia / Que con voz de perra me decía / Si te mueres se lo doy al policía.

Porque yo soy, ja, soy, ja, el vampiro negro / Yo nunca tuve madre, ni nunca la tendré / Si alguna vez yo tuve con mis manos la ahorqué. / Yo nunca tuve novia, ni nunca la tendré, / Si alguna vez yo tuve, los ojos le saqué.

Cuando se muera mi suegra / que la entierren boca abajo / por si se quiere salir / que se vaya más abajo. / Con los huesos de mi suegra / voy a hacer una escalera / pa´bajar a su tumba / y patear su calavera. / Con los pelos de mi suegra / voy a hacer un estropajo / pa´tallarle a su hija / el ombligo y más abajo”.

Adriana lo contó y varios colectivos (ojalá no hubieran sido más que los de género) exigieron del Batallón que se pronunciara sobre el tema y “prohibiera la reproducción de este tipo de consignas, canciones y demás manifestaciones de odio hacia las mujeres”.

Y el Batallón respondió con un comunicado. Vean cómo:

“...los términos usados en los cantos no corresponden a ninguna instrucción o doctrina militar”.

Pues pareciera que eso es lo que se les enseña ¿O acaso fue un rapto de inspiración colectiva, aprovechando el espíritu de relajación del día festivo?

Y agregó: “Frente a la situación denunciada este Comando inició la verificación correspondiente para identificar a los uniformados que habrían incurrido en esta mala práctica y fortalecer la capacitación en derechos humanos a este personal”.

Señores comandantes del Batallón, “este personal”, como ustedes lo llaman, va a los cuarteles, con la bendición de sus padres (y de madres y hermanas), a cosas muy diferentes a esas. Así que, al lado de hacer la tal “verificación” (si es que hiciese falta), sería bueno que ustedes
comenzaran por examinar la propia capacitación que, en su momento, recibieron sobre derechos humanos. De pronto, es esta misma tan cuestionable con que ahora instruyen a “este personal” que la sociedad colombiana puso y pone a su cargo. Esa formación, oficiales, merece una profunda revisión.

Aquí lo que uno encuentra en este tipo de respuestas es, por un lado, escapismo. Y, por el otro, soberbia, aquel sentimiento de presunta superioridad frente a los demás y trato despreciativo hacia ellos. La misma soberbia que desde el ejercicio del poder impide admitir errores y ofrecer excusas. Esa soberbia que es camino corto para caer en el abuso y en el yerro.

Sobre este asunto, ¿tendrá algo que decir el Ministro de Defensa? Mejor si lo hace. No olvide Carlos Holmes Trujillo que, como nos dejó dicho (san) Agustín de Hipona: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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