¿Seguros?

¿Seguros?

Julio 21, 2019 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Casi a la par, seguí en estos días las intervenciones del secretario de Seguridad y Justicia de Cali, Andrés Villamizar Pachón, invitado al programa ‘La hora del Martillo’, y el episodio de la ciudadana que enfrentó a tres ladrones en un articulado de Transmilenio en Bogotá.

Al final de los dos ejercicios, uno saca conclusiones. La primera es que el derecho de andar por la calle con la relativa tranquilidad de otras partes del mundo, no existe o está reducido al mínimo en Colombia.

Y no porque, en el caso de Cali, Villamizar Pachón haya fracasado en su tarea. Que, además no es la de garantizar que a la gente no le roben la billetera, el celular o el carro, delitos que siguen creciendo, sino reducir la tasa de homicidios, con tendencia a la baja, pero aún una vergüenza.

Si Villamizar se hubiera comprometido a eso primero de evitar asaltos y hurtos, ya no estaría en su cargo. Como tampoco sus homólogos de otras capitales. O el de Puerto Carreño, donde además se llevan la ropa colgada en los tendederos, lo que antes que un chiste es otra vergüenza.

Tampoco la inseguridad se le puede achacar solo a las dificultades que tiene la Policía Nacional para combatirla, comenzando por su muy relativa efectividad en la lucha contra el crimen. Hoy hay menos policías que en los últimos años, debido a la absurda idea de hace un tiempo de ampliar el tiempo de jubilación para los miembros de esa institución, con la consiguiente desbandada, sobre la que no contempló plan de reposición alguno.

¿Quién debe responder por la seguridad? El Estado. Lo dice la Constitución: “Las autoridades de la República están instituidas para proteger a todas las personas residentes en Colombia, en su vida, honra, bienes…”.

Pero ni vida, honra y bienes son prioridad de los gobernantes ni de quienes se postulan a serlo. Habrá excepciones, pero esas excepciones tampoco arrojan resultados.

Y mientras el mejor momento del día de un ciudadano colombiano siga siendo el de poder volver a su casa sano y salvo para echar doble llave a la puerta, estamos jodidos.

Entonces, no quedan sino dos caminos. O no dar papaya (“Pide justicia, pero es mejor que no pidas nada”, decía Borges). O pagar para que alguien haga lo que el Estado debería hacer. ¿De qué tamaño es hoy la seguridad privada en Colombia, si hace cuatro años facturaba 7,5 billones de pesos mientras crecía tres veces más que la economía nacional, con un ejército de más de 250 mil guardas a los que, casi siempre, se les paga mal? ¿De quién, o de quiénes, es el negocio de la seguridad privada?

Es así como las imágenes del video aquel en el Transmilenio no hacen más que pintarnos de pies a cabeza. Tres rateros le quitan el celular a una persona (que no se da cuenta o prefiere no reaccionar para evitar un daño peor). Dos valientes sacan la cara por ella: la señora que los increpa y los graba con un video del celular, y el pasajero que la defiende cuando los ladrones se le van encima. Un policía (que es el Estado) hace de convidado de piedra. Y veinte pasajeros miran la escena, sentados, cómodos. Ellos nos representan, la indolencia total. Al día siguiente, la heroína es invitada a un programa de radio que hace Facebook live y su identidad queda a merced de la banda que la amenazó (y que ya está libre) o de otras que operan a sus anchas en el transporte público. Eso es lo de menos, lo importante es el aumento de sintonía, dirán.

Aunque también puede ser que todo esto no pase de ser paranoia, como dijo otro invitado al programa de Martillo. Y sí, de pronto Bogotá es cada vez más segura, como dice el alcalde Peñalosa. O los hurtos no suben sino lo que crece son las denuncias.

Sí, es posible que no sea más que simple percepción. Pero si usted va a salir hoy, lo mejor es santiguarse antes, por si no es el día de su suerte.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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