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¿Por qué Maradona?

Noviembre 29, 2020 - 11:40 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

¿Por qué el fallecimiento de Diego Armando Maradona generó tal impacto mediático y semejantes muestras de sentimiento popular?

Debe haber montones de respuestas frente a esa pregunta. Aunque quizá la más fácil sea decir, como afirman algunos, que no era nadie más que un buen futbolista, más ocupado en sus últimos años en apagar incendios de su vida privada que en disfrutar del prestigio ganado en las canchas.

Me parece que tal interpretación es nada más que simplismo puro. Diego Armando Maradona fue, aparte del excepcional jugador, un hombre que trascendió y figuró más allá de los campos, a lo mejor sin ser absolutamente consciente de los alcances de su influencia.

Sin negar que de por medio está ese personaje de sinnúmero de escandalosas páginas hechas con tantos desórdenes en su vida personal, lo que, por supuesto, terminó por dejarlo mal parado como hombre público que fue.

Pero, por encima de ello, hubo esos otros dos Diegos. Uno, el deportista, aquel Maradona solo comparable con Pelé, los dos auténticos reyes de ese deporte. Lo demás, son cifras, esas que por ejemplo hacen de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo figuras de época, pero no de todos los tiempos. El fútbol siempre será, menos mal, más que estadísticas.

Resuelto eso (por supuesto, a mi manera) paso a ese otro nivel de trascendencia, aquel al que Maradona trepó con el balón como herramienta.

¿O acaso los reduccionistas creen que su paso por el Nápoles fue una simple mezcla de malabares con la pelota, goles, títulos y noches desbocadas de celebraciones en malas compañías? No, Maradona redimió al pueblo napolitano con su fútbol allí, en el Sur de Italia y en la propia cara del Norte clasista. Ese Nápoles pobre y olvidado tan parecido a sus descamisados de Villa Fiorito, donde creció y se hizo hombre.

¿Y acaso fue nada más que un gol de avivato el de la mano ante Inglaterra en el 86? ¿O ese mismo gol, más el otro, aquel mejor de todos los tiempos, no significaron en la atribulada alma de los argentinos rasos una revancha por aquella guerra condenada de antemano a ser perdida, la de Las Malvinas? Guerra inspirada por los mismos militares que años antes habían organizado un mundial de fútbol, en el que metieron sin asco sus manos manchadas de sangre.

¿No fue también Maradona el primero, o uno de los primeros, en advertir quiénes eran en realidad esos señores, siempre sonrientes, que en el día eran dirigentes de la Fifa y en la noche se dedicaban a otras cosas, las mismas que luego salieron a la luz pública y terminaron por condenarlos en los tribunales?

Claro está, como todos los seres humanos o, al menos, la mayoría, Diego eligió un lado de las ideas. Y se matriculó como simpatizante de Fidel Castro y de Hugo Chávez. Creo que tampoco ellos dos se acercaron a Maradona de manera gratuita. El fútbol ha sido, a lo largo de su trayectoria, objetivo de saqueo del poder. Aquí por ejemplo hay quienes, populistas y demagogos, se toman fotos con James antes de las elecciones, sin saber siquiera qué son los 9,15 metros.

Testimonio de eso también es Benito Mussolini con el equipo nacional disfrazado de fascismo en la Italia del 34 y del 38. Y Emílio Garrastazu Mëdici, militar golpista, que mandaba en Brasil en el 70, apropiado sin rubor de ese equipo de ensueño. O Argentina en el 78, puesto bajo la lupa de Rafael Videla y su camarilla de criminales.

Quizá con tanto a favor, y mucho en contra, Maradona pudo aventurarse en la política. No lo hizo. Al contrario de los profesionales de la mentira que tanto abundan, Diego no prometió nada y a cambio nos dio todo: esa felicidad que en el fútbol sí existe.

Al final, queda lo suyo: Diego Maradona, ese tipo único capaz, igual, de parar al mundo el día en que se marchó del todo, como tantas veces con el balón a sus geniales órdenes. E incluso, queda claro, sin necesidad de la pelota.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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