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Para no olvidar

Septiembre 27, 2020 - 11:35 p. m. Por: Víctor Diusabá Rojas

18 de agosto de 1936:

“El último acto se desarrolla en la carretera de Viznar, con las primeras luces del alba. Los cuatro detenidos bajan de un camión, seguidos del pelotón de fusilamiento. Es lo que popularmente se conocía como ‘el paseo’, (se) oye la descarga (...) y la caída de los cuerpos abatidos…”: escena de Lorca, muerte de un poeta, película de Juan Antonio Bardem
Son los cuerpos de cuatro hombres: Federico García Lorca, Dióscoro Galindo González, Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas.

Cuatro víctimas de una guerra, la civil de España, que en ese momento se pelea en los diversos frentes abiertos en la Península desde hace un mes, tras el fallido intento de golpe de Estado de los facciosos y la respuesta inmediata de tropas y milicias que defienden el gobierno legal de La República. Y, además, en ese oscuro mundo de las viejas cuentas del odio anotadas entre quienes alguna vez fueron amigos o vecinos (incluso, familia) y ahora andan arrastrados por las pasiones y convertidos en instrumento de sus instigadores.

La sombra del crimen crecería con el tiempo en desmedro de sus autores que pretendían justificar toda su bestialidad en la vehemente defensa de lo que llamaban patria. Aparte de tomarse otras licencias a la hora de matar. “Yo he sido uno de los que hemos sacado a García Lorca (...). Es que estábamos hartos ya de maricones en Granada. A él (lo matamos) por maricón, y a ‘La Zapatera’ por puta”, confiesa uno de los criminales, tal cual lo cuenta Ian Gibson. Aunque, antes que nada, lo hicieron para “aterrorizar a la población”, dice el historiador. Y más cosas, todas innobles, imposibles de maquillar.

Con el tiempo, y como no podía ser de otra forma, Lorca y su obra, más su absurda y temprana partida (38 años), se han hecho símbolo del valor del arte y del librepensamiento. A la vez que demuestra, como si hiciera falta, los alcances de la barbarie.

Pero, ¿y qué hay de los otros tres que fueron con él al patíbulo? Porque gente así se pierde entre las estadísticas y sucumbe ante las relevancias. Siempre existirá ese absurdo de los muertos de primera y de segunda. Son parte ellos de esa multitud de desconocidos que caen y pasan de largo en la memoria, los olvidados.

Dióscoro era profesor de escuela. Sus asesinos lo acusaron de no creyente y de intentar propagar el ateísmo entre sus alumnos. Quizás para los chicos no era más que el buen maestro cojo que, cuando joven, había perdido una pierna al caer de un tranvía.

Menos opciones tenían Galadí Melgar y Arcollas Cabezas. Su condición de sindicalistas los ponía en primera fila a la hora de las ejecuciones. Aparte, tenían encima su comprobada, y aceptada, resistencia a los golpistas en Granada, entonces una ciudad sitiada y condenada a caer. Eran obreros. Y, cuando podían, apasionados toreros de segundo orden con lo que redondeaban sus ingresos.

El caso Lorca y sus compañeros de aquel fatal ‘paseo’ se ha convertido en referencia histórica de lo que es la desaparición forzada. Y aunque sus víctimas son otras, el ya célebre y premiado documental ‘El Silencio de los otros’ (Netflix) nos da contexto sobre lo que fue, y es, esa tragedia en España. Y nos ilustra sobre un tema en el que, regionalmente, Colombia ocupa primer lugar en esa atrocidad cometida, la mayoría de las veces, por actores armados del conflicto. No solo en el pasado sino en el presente mismo. Porque si en 2019 hay reportadas 3813 desapariciones (2455 hombres y 1358 mujeres, según Medicina Legal), y entre enero y abril de este año ya iba un total de 1563, es para preguntarnos dónde están esas personas. Y todas las 80 mil (o más) que les antecedieron en medio de la guerra de las últimas seis décadas (cálculo de fuentes de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas).

No las olvidemos.

Fuentes: Los paseados con Lorca. El Maestro cojo y los dos banderilleros, Francisco Vigueras, Comunicación Social, ediciones y publicaciones, 2007. El asesinato de García Lorca, Ian Gibson, Plaza y Janés, 1997.

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Sobrero. Paz en la tumba de Juan Camilo Sierra, gran defensor de la mejor causa: el libro

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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