Fanáticos y cuchillos

Fanáticos y cuchillos

Julio 07, 2019 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Los aniversarios sirven igual para recordar hechos, dentro de la trascendental importancia que juega la memoria en los destinos de los pueblos, como para saber cuánto aprendemos de los errores del pasado.
Por ejemplo, sobre el 29 de junio de 1934 -hace 85 años- cuando en la naciente Alemania nazi se escribió con sangre y terror ‘La noche de los cuchillos largos’. En esencia, ese capítulo fue una purga interna con los fines que tienen las purgas: despejarle el camino a alguien; intrigar para salir de una pieza incómoda; y/o ganar adhesiones.

Aunque, en aras de resumir, ‘la noche de los cuchillos largos’ fue la decisión de Adolf Hitler de quitar de en medio a su viejo amigo Ernst Röhm. Porque si algo se olvida en las purgas es la amistad, más aún si quienes las hacen representan la suma de despotismo, absolutismo y mesianismo.

¿Y quién era Röhm, como para desencadenar semejante tempestad en el Führer? Röhm fue el bruto que se hizo criminal en un juicioso paso a paso que comenzó en las enseñanzas de su padre para anteponer fuerza a razón. Con eso bien metido en la cabeza, aquel hombre grandulón y rollizo adoptó la guerra como expresión de su ser. Pero al engendro le faltaba en qué creer o qué representar. Entonces, El Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, y Adolf Hitler fueron ese complemento perfecto.

A diferencia del resto de la camarilla de Hitler, Röhm marcó territorio frente a todo (es decir, al amo) y a todos. Así, se mantuvo firme en que las SA, una fuerza paramilitar hecha con fanáticos a su imagen y semejanza, debería terminar siendo la vanguardia del Ejército. Esa ambición temeraria desnudaría sus intenciones de ser el único número dos. Y, por qué no, el uno, como se atrevió a decirlo en público.

De todos los defectos que padece un fanático -lo vemos entonces y lo ratificamos en nuestros tiempos- la obstinación es unos de los peores. Un obstinado no solo no quiere ver sino porque cree que los demás nos negamos a ver lo que él dice ver, entonces se engaña. Como Röhm, quien creía que el solo hecho de ser el único del círculo de poder que tuteaba a Hitler le otorgaba derechos que no existían.

Por eso, se granjeó el rechazo de los demás del séquito, quienes lograron convencer a Hitler sobre un supuesto golpe de estado en marcha, aparte de señalar (en la más genuina muestra de hipocresía) “crueldades solo concebidas por una mente perversa (la de Röhm)”, en documento firmado por Hermann Goering.

Aquel 29, con el propio Führer a la cabeza de tropas de asalto, a Röhm y a sus hombres más cercanos (entre 250 y 300) se les vino la noche de los cuchillos largos cerca a Múnich. A casi todos los ejecutaron en el acto. A él, por solicitud del Führer, le dieron la oportunidad de que se pegara un tiro. No fue capaz; entonces procedieron.

En realidad no había sorpresas tanto en el plan como en el propósito. Hitler tenía todo calculado. Como dice Hans Bernd Gisevius en su libro sobre el Führer, Röhm fue importante porque significaba la polaridad en un campo magnético trazado por Hitler donde operaban a la vez “la tradición y la disciplinada oficialidad” de unos con la barbarie pura y dura (Röhm y sus hombres). Ya sabemos, esa alquimia tan afín a los sátrapas con la que posan de legalistas en público mientras son otra cosa en su oscura privacidad.

Cuentan que horas después de que Röhm ya era cadáver, Hitler explotó cuando le contaron que su lugarteniente era homosexual, pecado mortal para los nazis y objeto de despiadada persecución. En realidad, lo sabía desde hacía mucho y, en contravía a sus sesgos ideológicos, lo admitió mientras ese fanático anduvo hecho a la medida de sus intereses. Luego, Röhm pasó a ser ese instrumento a desechar, suerte siempre de todos los fanáticos, grandes y chicos.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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