El tren de la muerte y la vida

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El tren de la muerte y la vida

Julio 29, 2013 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

La fragilidad de la vida. Somos briznas de hierba en las manos de Dios, decía alguien de cuyo nombre no quiero acordarme. Una prueba: Ese tren que se rompe contra el mundo a 190 kilómetros por hora y quiebra en segundos la vida y los sueños. La historia del accidente ferroviario más grave de los últimos 40 años en este país deja 78 muertos y muchas lecciones.La primera es que un error humano y un error técnico son tan diferentes, que terminan siendo iguales. El maquinista Garzón Amo dependía de su conocimiento del terreno, había hecho la misma ruta no menos de 60 veces, y de las advertencias que le mandaba la máquina. A su vez, la máquina, esperaba que el maquinista interpretara lo que le iba a decir. Sólo que esa alerta se activaba a 200 kms por hora y el tren iba apenas a 190, en un tramo donde Garzón debía andar a 80.Los grandes accidentes resultan cada vez más ser consecuencia de esa extrema interdependencia. ¿Recuerdan el siniestro del Airbus A-330 del Air France que, con 228 pasajeros, cayó el mar en junio de 2009? La investigación demostró que los pilotos no se enteraron que al pasar por una tormenta el hielo había congelado los sensores. Eso bloqueó la medición de la velocidad, de la sustentación y desactivó el piloto automático. Cuando se dieron cuenta, ya no había tiempo de parar la caída libre; estaban casi que detenidos en el aire.Quizás resulte injusto traer a colación los aviones cuando el tema es sobre rieles, pero no hay duda que cada vez hay un mayor parentesco entre esas expresiones del transporte rápido, que, a su vez, compiten entre sí en continentes como el europeo.La segunda enseñanza es la del alcance y efecto de las redes sociales. Que igual pueden servir para salvar vidas o para enterrarse uno mismo. Susana, una mujer que iba en el tren accidentado quedó atrapada bajo toneladas de maletas y escombros. Pudo mandar un mensaje por WhatsApps a su esposo que, sabía, la estaba esperando: “Accidente. Ni sé si saldré. Me ahogo. Aplastada”. Iban apenas cuatro minutos del siniestro y el pobre hombre no sabía qué pasaba. Cuando comenzaba a enterarse, un “estoy a salvo” lo tranquilizó.El caso opuesto es el del maquinista. En esa bomba de tiempo personal que es Facebook, donde uno puede ser víctima de su propio invento, Garzón había puesto la payasada de que iba a 200 kilómetros y que de pronto lo multaban. Un buen abogado puede terminar demostrando que eso no pasa de ser una anécdota. Pero un juez también puede convertir eso en la prueba reina de lo que el tipo era capaz de hacer, al timón de un vehículo de transporte público. La tercera es que la solidaridad superó todos los cálculos. Los vecinos de Angrois, pequeña población a lado de la carrilera, se convirtieron en rescatistas. Hicieron astillas las patas de las mesas y desencajaron las puertas de sus casas para convertirlas en camillas. Los hombres rompieron, a veces con sus puños, los cristales y se treparon a los vagones. La mujeres arrancaron el alambre de púas y facilitaron el traslado de los heridos. A las pocas horas, hubo que pedir a la gente que no donara más sangre. Aún nadie ha reportado robos de pertenencias de los viajeros. Y por un día, el debate político fue silencio respetuoso.Ese miércoles 24 de julio de 2013, España se fue a la cama con dolor y con la certeza de que aquello de la insoportable levedad del ser es mucho más que una genialidad de Milan Kundera.Sobrero: Hasta siempre Don José Salgar, Maestro del periodismo y de la dignidad.

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