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Ahora, Antonio

Septiembre 12, 2021 - 11:40 p. m. 2021-09-12 Por: Víctor Diusabá Rojas

Antes de rendir homenaje a Antonio Caballero -igual, todo cuanto diga se quedará corto sobre su inigualable genialidad- déjenme hacer una reflexión: en poco menos de dos años, este país perdió tres hombres que dejan mucho más que un vacío imposible de llenar.

Ver partir en ese breve lapso, primero, a Alfredo Molano Bravo; luego, a Germán Castro Caycedo; y recién, a Antonio Caballero Holguín, es de por sí una tragedia.

Pero lo más triste es que precisamente suceda ahora, cuando aquí mandan la desfachatez y la ignorancia -pan de cada día- ante lo que solo quedan, como recursos para plantarles cara, la lucidez y la inteligencia. Y obrar así, con ellas, sin más recompensa que no defraudarse a sí mismos, fue lo que caracterizó a los tres.

Por supuesto que en Colombia hay más gente que leemos a diario y que lo hace tan bien o mejor que ellos. ¿Nombres? Muchos... Yolanda Reyes, Paola Gómez, Adriana Villegas y tantos hombres y mujeres más.

Solo que si uno se detiene en cuánto contribuyeron Molano, Castro y Caballero a desenmascarar tantos gatos que nos han metido por liebres -y, como está a la vista, nos siguen y seguirán metiendo- se entiende la dimensión y el alcance de sus obras periodísticas.

Ahora le tocó a Antonio Caballero, que también se marcha joven. De él, así lo dije apenas me enteré de su adiós, me quedo con sus letras. Como nos quedamos todos, incluso quienes le persiguieron. Al fin y al cabo lo hicieron por eso, por lo que escribió como periodista y columnista. Con esa franqueza tan suya, siempre acompañada de mordacidad, aquel fino estilete con el que sabía tocar en el punto exacto donde había que tocar al adversario.

Me quedan esas, sus letras en este oficio, y las de ‘Sin remedio’, novela tan única que le bastó para no hacer otra.

Me quedan también sus palabras. Aquellas que tantas veces cruzamos en el callejón de La Santamaría o en su apartamento. Sin extendernos, porque Antonio tuvo ese extraño don del que carecemos casi todos los mortales: decir solo lo necesario.

Ahí, en medio de la pasión por esta bella y extraña fiesta de los toros, confirmé su sensibilidad por el arte, heredada de su padre Eduardo y compartida con su hermano Luis. Igual, lo vi llorar por un triunfo de César Rincón o por una faena de Manzanares hijo o por el corte de coleta de algún peón de brega.
Y disfruté de su humor cáustico. Un día, en la antesala de una corrida en Bogotá, hubo parada militar en el ruedo. Mientras redoblantes y trompetas atronaban el ambiente y los soldados, vestidos de gala , daban y daban vueltas al anillo, Antonio me soltó esta reflexión: “¿Se ha dado cuenta usted que entre más se pierde la guerra, más crece el Batallón Guardia Presidencial?”.

Se rió. Y yo con él. Aunque si algo había allí en su apunte era, como en los toros buenos, seriedad y hondura.

Como hace unos días, cuando a la solicitud de que revisara un texto del que soy coautor y para el que le habíamos pedido que hiciera el prólogo, me envió críticas justas y severas de quien jamás conoció de engañosas cortesías.

Se fue Antonio, pero ahí está vivo, y a la mano, todo lo que escribió, válido además para el mañana. No por prestidigitador, sino por el historiador que fue este hombre bueno. El Antonio que nos contó mejor que nadie la historia no oficial de este país que le dolió como a pocos.

***

Sobrero: La columna que en principio tenía escrita para este lunes se llama ‘Igual, nos abudinearon’. Antes de que pierda pertinencia, a continuación la pueden leer como un texto anexo.

‘Igual, nos abudinearon’

El texto a continuación lo escribí antes de que le pidieran la renuncia a la Mintic, Karen Abudinen:

Ministra Karen, es probable librarse de una moción de censura en el Congreso, donde la fórmula de la aplanadora funciona de maravilla. En cambio, es imposible salir indemne del juicio de la gente en la calle.

Incluso, de nada le va servir su pataleo ante la Real Academia Española, porque la expresión ‘abudinear’ llegó para quedarse. Como dice el investigador Andrés Miguel Sampayo: “La RAE no regula el idioma español, solo cuenta y describe lo que pasa con el idioma español”. Y lo documenta. En consecuencia, ‘abudinear’” equivale, dice esa respetable institución, “en el habla popular de Colombia (...) a robar, estafar”.

Así que no gaste energía en lo que no debe. Tal cual le pasó a su colega de gobierno, el embajador en España, Luis Guillermo Plata, quien quiso poner mordaza a importantes autores nuestros en la Feria del Libro de Madrid por el solo hecho de disentir de su jefe. Plata, esas listas negras no funcionan. Tampoco quemar libros funciona, como bien lo sabe otro de sus colegas de gobierno. Esas condenables prácticas ni siquiera le sirvieron al castrismo o el pinochetismo.

Oiga, Karen, qué casualidad: acabo de decir ‘castrismo’ y ‘pinochetismo’. Esas definiciones populares se formaron al calor de los hechos y las masas las incorporaron a su cotidianidad para no olvidar jamás eso que sucedió con ellos. Bien lo sabe usted, ‘castrismo’ es, por lo general, la forma peyorativa con que de un tiempo para acá se denomina al régimen que Fidel instauró en Cuba desde 1959. Régimen en el que la oposición dejó de existir desde el primer día. Y ‘pinochetismo’ es la forma despectiva con que se hace referencia a otra dictadura, la de Augusto Pinochet Ugarte. El general que convirtió a Chile en inmenso campo de concentración y muerte para quienes no pensaban comoél. Ambos, fanáticos de la mordaza.

Claro está, usar apellidos también puede servir de exaltación. ‘Lorquiana’, por ejemplo, hace referencia a una corriente, a un estilo y a una época de la literatura, la que marcó Federico García Lorca en España y en el mundo. A García Lorca -a quienes fanáticos de la extrema derecha asesinaron en su país durante la Guerra Civil por “comunista y por maricón”, como lo contaron luego con asqueroso orgullo-, lo quitaron de en medio en vano. Hoy somos más lorquianos que nunca. En cambio, a sus verdugos les sobrevivieron nada más que su maldad y sus pistolas.

Y claro que hay lo ‘borgiano’ y lo ‘garciamarquiano’. Y lo ‘maradoniano’ en el fútbol. Y el ‘ojedismo’ en los toros, tanto como el ‘rinconismo’. Borges, García Márquez, Diego Armando, Ojeda o Rincón intrigaron jamás para que en la calle, donde se cocina la vida, la gente le pusiera nombre a lo que cada uno ha sido y significa. Al fin y al cabo, ese tipo de extensión responde a las cosas que se hacen. Ahí no valen recomendaciones o padrinazgos.
En realidad, se queda uno corto sobre tantos términos acuñados así, todos por alguna razón. Hace unos días, me topé con una persona a la que me refirieron como ‘chulavita’. Con todo lo que ha pasado, y pasa en este país, me puse en guardia. Por fortuna, ella era chulavita no por actuar como ‘chulavita’ sino por haber nacido en la vereda que lleva ese nombre y que forma parte del municipio de Boavita, Boyacá.

A propósito, Karen, ¿los niños de la vereda Chulavita ya tienen conectividad? O también son víctimas, como cientos de miles más en este país, del ‘extravío’ de 70 mil millones de pesos que estaban a su cuidado y que algunos vivos se abudinearon, sin que usted se mosqueara a tiempo, desatendiendo además de manera extraña las advertencias y denuncias de la colega Paola Herrera.

Karen, el mal está hecho y no se va a borrar.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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