Sobre viajes y escritura

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Sobre viajes y escritura

Abril 21, 2021 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

Hablando sobre crónica de viajes con un grupo de estudiantes de periodismo, me preguntan si hay temas más originales o novedosos que otros. Yo sigo creyendo que lo novedoso es el enfoque que un autor puede darle a un tema. Porque los contenidos, en sí mismos, no hacen una buena crónica. Un tema cautivador puede ser una anécdota, pero para convertirse en crónica debe intervenir la escritura. Alguien debe escribirlo y ahí se juega su existencia e incluso su carácter majestuoso.
Es la escritura la que le confiere novedad. Cualquier hecho humano, por banal o extraordinario que sea, puede convertirse en un buen texto o en uno torpe. Hay que escribirlo y ver qué pasa.

Diría, eso sí, que cada vez me gusta más la crónica que se sostiene sobre dos ejes equilibrados: la impresión del autor y el testimonio humano, este último con algún informante de primera. Pero los dos términos deben estar muy bien balanceados, pues cuando el texto es demasiado impresionista puede convertirse en un ejercicio demasiado íntimo, solipsista, en una suerte de narcisismo narrativo (el increíble espectáculo de mi yo viajando por el mundo); pero del otro, cuando se privilegia demasiado lo testimonial, entonces el texto se vuelve plano, reporteril y sin alma. Está en el autor ejercitar la combinatoria correcta. Y como esto es también un arte, lastimosamente interviene ese algo irracional que llamamos ‘talento’ y que es el misterio más grande de la escritura. De cualquier escritura.

Aún no sabemos si el talento se puede generar o si es algo que naturalmente se tiene o no se tiene. Para empeorar aún más las cosas, la experiencia muestra que el talento por sí solo tampoco es suficiente.
Necesita de disciplina y método, es decir de vocación, capacidad de llevar hasta el final un proyecto. El talento es un patrimonio, claro que sí.
Pero a diferencia de otros patrimonios que disminuyen al gastarlos (recursos, dinero), el talento es al revés: crece al ser usado y más bien mengua o desaparece si no se usa. Yo creo que, se tenga o no -eso a la larga lo deciden los lectores- hay que pensar de entrada que sí se tiene y por eso conviene mantenerlo bien regado y con alimentos nutritivos. Por eso el cronista de viajes debe ser también buen lector de poesía y de novelas, un apasionado espectador de cine, alguien que va de vez en cuando a una pinacoteca y se recoge en silencio delante de algo memorable.

Uno es lo que ve y lo que lee, y la escritura refleja lo que uno es. No creo que haya otro método más eficaz. Mi gran curiosidad es, ¿se enseñan estas cosas en las facultades de periodismo?

Y algo más, relativa a los adjetivos: copiar en el salvapantallas un verso de Huidobro: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”. El adjetivo es a la vez el diamante y la baratija de nuestro idioma. Yo establecería un control fronterizo estricto a adjetivos como ‘asombroso’, ‘delicioso’, ‘extraordinario’, etc…, pues cada vez creo menos en aquellos textos cuya finalidad es subrayar lo lejos que alguien fue y las cosas raras que comió y vio. Marco Polo ya lo hizo. También evitaría descripciones físicas, como hace Henry Michaux. Hoy todo el mundo sabe cómo es un chino o un malayo. A la escritura de viajes le sirve el mismo consejo de Hemingway para la novela: “Puedes escribir con palabras de 10 dólares, pero los mejores textos están hechos con palabras de 50 centavos”.
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