Post coloniales

Post coloniales

Agosto 06, 2019 - 11:50 p.m. Por: Santiago Gamboa

Según decían los básicos libros de Historia en los que estudié primaria, la batalla de Boyacá se ganó gracias a que Simón Bolívar engañó a los españoles haciéndoles creer que sus soldados eran muchos más, en una especie de montaje escénico algo difícil de entender en el que subían y bajaban de un cerro, cosa dramática y sin duda falsa, pero que en mi mente infantil consolidó el mito de un Bolívar infalible, una especie de gran súper héroe al estilo de las esculturas de Rodrigo Arenas Betancourt.

Luego, viendo transcurrir la Historia de Colombia, entiendo que esa rebelión y victoria militar supuso, sí, la creación de una nueva república, pero por ser también una lucha de hijos criollos contra padres españoles (matar al padre) se mantuvieron algunos de los esquemas sociales, psicológicos y políticos de la colonia española, una vez terminadas la batallas e iniciando la vida republicana. Una representación social y de costumbres con un guión parecido al virreinal y que tuvo como escenario, sobre todo, la Bogotá de la antigua corte, reemplazada por los poderes del nuevo gobierno.

Una de las consecuencias de esta alegoría histórica fue el desprecio hacia los locales y sus etnias. Es sabido que los países que han vivido el colonialismo suelen ser, tras su independencia, sociedades increíblemente racistas. Por un extraño mecanismo de transferencia, el estamento que obtiene el poder y el manejo de los recursos del Estado acaba por utilizar los mismos patrones de exclusión de la autoridad colonial para diferenciarse del resto, pues son los únicos que conoce. Son su referencia. El poder se ejerce así y se simboliza de ese modo.

Durante el Siglo XX, con experiencias post coloniales más cercanas, muchos países de África y Asia reprodujeron ese idéntico esquema al retirarse la autoridad colonial, fuera esta inglesa, francesa o portuguesa. Quienes tomaban el poder terminaban reproduciendo similares fenómenos de rechazo y buscando el ascenso social a través de los mismos caminos.

Colombia es un gran ejemplo de esto, pues a pesar de que los ejércitos libertadores estaban conformados por indios, campesinos mestizos, negros y zambos, las autoridades republicanas, es decir, los generales independentistas, crearon de inmediato una casta de familias blancas y de origen español que, hoy, doscientos años después, sigue estando en lo alto de la economía del Estado, manejando los recursos y el poder con un sistema de clases sociales cerrado. Los conservadores fueron quienes, a pesar de estar a favor de la independencia, querían “conservar” los fueros y canonjías obtenidos de la corona, sobre todo en materia de tierras, mientras que los liberales pretendían la creación de una república nueva, moderna y con una base social más igualitaria, en el modelo de Estados Unidos.

Pero con el paso de los años ambos partidos acabaron por traicionar a esos indios y campesinos, y el país, poco a poco, se fue sumiendo en la violencia que conocemos. Son las contradicciones de cada sociedad, y de cualquier modo tenemos el deber de ser optimistas y pensar que 200 años no son nada. Colombia es una nación joven que ha cometido errores de juventud y adolescencia, pero hace su camino. A las pacíficas democracias europeas de hoy, lograrlo les costó dos mil años de guerras y revoluciones. Nosotros intentaremos hacerlo más rápido y con menos sangre.

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