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Padura y la salsa

Enero 06, 2021 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

Una de las cosas verdaderamente serias e importantes que hice en el 2020, antes de la pandemia y del drástico cambio en la vida de todos, tuvo qué ver, sin ninguna duda, con la salsa, pero no con la que se le pone a los espaguetis (que también lo es), sino con el ritmo musical que empezó en los años 60, tuvo su apogeo en los 70 y 80 y, grosso modo, movió esqueletos y estuvo en la cresta de la ola hasta fines del Siglo XX.
Para quienes provenimos de esos lejanos años, esa música será siempre la banda sonora de nuestra adolescencia, y de una cierta conciencia de pertenecer a América Latina. ¿Qué es exactamente eso de la ‘salsa’? Es una de las preguntas que intentó responder el cubano Leonardo Padura en el libro Los rostros de la salsa, en el que, aparte de reflexionar sobre los orígenes y la identidad de esta música, trae una serie de entrevistas con los duros, los que le dieron visibilidad y un toque universal. Haber presentado ese libro hace un año en la salsoteca La Topa Tolondra de Cali, con Padura a bordo, fue una de las mejores cosas del año.

Una comparación con la literatura latinoamericana es válida. Si artistas como Benny Moré, Ismael Rivera, Rafael Cortijo o Arsenio Rodríguez fueron los maestros tutelares, algo así como los Borges, Lezama Lima o Alfonso Reyes de la música, ¿quiénes fueron luego los integrantes centrales del Boom salsero? ¿Los García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes de la salsa? Bueno, hay un trío inevitable: Willie Colón, Héctor Lavoe y Rubén Blades. Uno de Nueva York, otro de Ponce, en Puerto Rico, y un panameño. Pero hubo muchos. La extraordinaria Celia Cruz, Cheo Feliciano, Joe Arroyo, Oscar D’León, Tito Puente, y una orquesta como la Fania, que los unió. Según Padura, estos salseros renovaron la vieja música del Caribe que idealizaba el amor, la campiña bucólica y las tradiciones, y en su lugar cantaron “el barrio desde el barrio, la vida de todos los días en las ciudades latinoamericanas y caribeñas”, en Puerto Rico y Nueva York. Un verdadero movimiento de contracultura de un mundo considerado sospechoso en términos artísticos.

La palabra salsa, nos dice Padura, engloba muchas formas musicales y es, en realidad, una simplificación comercial. Pero había de todo allí: soneros, como Blades, latin bogaloo, como Pete Rodríguez, o esa mezcla de son y rock que Ray Barreto llamó Watusi 65. Y mucho más. El proyecto de Blades era salir del “vente mamá, vamo’a gozá” y crear conciencia. Salsa y conciencia a través de letras inteligentes que unieran al latinoamericano. Ahí está la enumeración de países al final de Plástico, y Siembra, su disco de 1978, es algo así como el Cien años de soledad de la salsa, el más influyente, el que creó un antes y un después, con millones de copias vendidas. América Latina no se había formulado nunca en esos términos y estaba disgregada. Willie Colón, en Fantasmas, intenta vincular a Brasil con el Caribe e incluye un párrafo de Clarice Lispector al inicio de Oh, qué será. Y no era para menos. Al fin y al cabo la salsa coincidió con una música andina muy comprometida y poética (Mercedes Sosa, Víctor Jara, Violeta Para.) y con la sofisticación de la Nueva Trova cubana.

Los rostros de la salsa. Un libro para leer con los parlantes encendidos y la nostalgia oculta en un buen vaso de ron sin hielo.

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