Libros perdidos
Hace unos 20 años, cuando reflexionaba sobre posibles temas para la que fue mi primera columna de opinión, tuve que hacer un viaje.
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22 de abr de 2020, 11:55 p. m.
Actualizado el 25 de abr de 2023, 11:07 p. m.
Hace unos 20 años, cuando reflexionaba sobre posibles temas para la que fue mi primera columna de opinión, tuve que hacer un viaje a Barcelona, y le comenté el asunto al escritor Roberto Bolaño, que escribía una página en un diario chileno. Roberto, que tenía respuestas para todo, me dio el siguiente consejo: “No te metas en política, más bien escribe sobre los libros que has perdido en los viajes”. Es lo que he intentado hacer hasta ahora en esta columna, grosso modo, pero siempre me dije que debía cumplir su propuesta a rajatabla. Y es lo que haré hoy.
El primer libro que perdí, muy lamentado a lo largo de los años, fue una edición en editorial Edhasa de Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline, y lo perdí en una pensión de Lisboa, cuando era estudiante de filología y viajaba por Europa con un morral. Recuerdo sus tapas amarillas y una sensación de tristeza me oprime el corazón, pues lo adoraba, con sus páginas color hueso y la ilustración de la portada, que era el cuadro El grito, de Edvard Munch. Si es verdad que dios existe, ese libro debe estar en algún lugar, en quién sabe qué perdida biblioteca, y hoy, diecisiete años después y a pesar de que lo tengo en varias ediciones, en español y en francés, lo sigo recordando, y creo que la verdadera novela, la que me provocó un inmenso cataclismo, fue esa y sólo esa. La que perdí.
Pero sigamos con esta historia triste: mi edición de Juntacadáveres de Juan Carlos Onetti, en Seix Barral, desapareció en el compartimiento de un vagón de tren en Trieste. Recuerdo que me faltaba por leer el capítulo final, y tal vez por eso es un libro que nunca he leído completo. Me suele suceder con Onetti. Como si uno debiera merecer las últimas páginas o al menos guardarlas para un día muy especial, que en mi caso aún no ha llegado. Que no he merecido. La pérdida sucedió hace diez años, pero yo tengo una hipótesis e incluso sospecho de alguien. Podría afirmar, como dicen los detectives, que ha sido un caso largo y difícil.
Perdido, aunque más bien olvidado por propia voluntad, fue Café nostalgia, de Zoé Valdés. Una novela tan mala, tan endiabladamente mala, que decidí dejarla en el bolsillo delantero de un avión que hacía la ruta Londres - Bogotá, donde van las revistas de la aerolínea y el plano de evacuación. A veces creo que hice algo malo y que alguien inocente pudo haberla encontrado y leído. Dios santo, y al pensar en esto me siento culpable, pues dudo que esa persona vuelva en su vida a leer un libro. De modo involuntario podría haber arruinado el destino de un lector.
Los comediantes, de Graham Greene, en Edhasa, se mojó en el mar de Almería y quedó disuelto, con sus letras desparramadas en la arena, mientras yo intentaba seducir (sin éxito) a una azafata de Scandinavian Airlines. 62 modelo para armar, de Cortázar, en Suramericana, se quedó en un hotel de Cartagena que luego quebró y en cuyo local, hoy, funciona un gimnasio. Pero volviendo a Roberto, al grandísimo escritor que fue Roberto Bolaño, debo decir que los mejores libros que perdí y todos perdimos fueron los que él debió escribir y no pudo. Rulfo dijo que había escrito Pedro Páramo porque le faltaba en su biblioteca, y así, en las bibliotecas de todos, quedará para siempre el vacío de esos libros extraordinarios. Libros que no existieron y con los cuales deberemos soñar.
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Santiago Gamboa, Bogotá 1965. Escritor, periodista. Autor de las novelas Perder es cuestión de método, Los impostores, El síndrome de Ulises, Necrópolis, Plegarias nocturnas, entre otras. Su última novela es Una casa en Bogotá. Es también autor del ensayo La guerra y la paz, sobre la historia de los conflictos, de cara a las negociaciones de paz.
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