Ernesto Cardenal, 94 años

Ernesto Cardenal, 94 años

Febrero 19, 2019 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Es uno de los poetas más grandes de la lengua española. Para Roberto Bolaño, la modernidad en la poesía latinoamericana comienza con dos textos fundamentales: Antipoemas, de Nicanor Parra, y Viaje a Nueva York, de Ernesto Cardenal. Ambos publicados en los años 70 y ambos en la poderosa tradición del verso libre y casi prosaico inventada por Rimbaud un siglo antes.

Curioso -lo pienso ahora- que tanto Parra como Cardenal hayan alcanzado el siglo de vida, como si esa libertad poética fuera buena para las coronarias. Cardenal, en realidad, tiene apenas 94 y está hospitalizado en Managua por problemas renales. Se diría que su último viaje está cerca, pero nunca se sabe con estos poetas lúcidos. Ahora que escribo sobre él se me agolpan los versos en la mente, y algunas anécdotas. Como esa cuartilla que dice más o menos así, escrita en su juventud: “Cuando supe que amabas a otro / me fui a escribir ese artículo contra el gobierno / por el que ahora estoy preso”. O esa visión luciferina de la iglesia trapense a las tres de la mañana en la que debía orar, siendo aún seminarista, y luego, su interés por la ciencia, su Oda a Marilyn Monroe y sus poemas científicos.

Pero lo más importante -para él- es que el papa Francisco acaba de levantarle la sanción que le impuso hace 35 años el otro papa, Juan Pablo II, prohibiéndole ejercer actividades pastorales debido a su vieja militancia en el Frente Sandinista de Liberación y a su cargo de ministro de Cultura del gobierno revolucionario. Juan Pablo II lo castigó por haber elegido estar del lado del pueblo en un momento histórico preciso, la Revolución Nicaragüense, que como todos sabemos después acabó de un modo democrático y hoy, con el mismo Daniel Ortega de presidente, es de nuevo una tiranía que llegó incluso a perseguir al propio Cardenal.

Y el poeta, que no llegó a ser cardenal más que por su nombre y su poesía, dio de inmediato una misa desde la cama del hospital Vivian Pellas, de Managua, y volvió a invitar a sus feligreses a creer en ese Dios que él nunca abandonó, a pesar de sus militancias y castigos. Una vez, en México, le pregunté por esa afirmación del científico Stephen Hawking de que la ciencia había hecho obsoleta la idea de Dios, y me dijo: “Tiene razón Hawking, pero la idea de Dios ya está en nuestros corazones; sus hallazgos científicos o la libertad para difundirlos son obra del mismo Dios que él niega”, y acto seguido se bebió uno de los numerosos tequilas con los que solía acompañar los almuerzos y las comidas. Lo admiré tanto que, siendo agnóstico, siempre lo llamé Padre. Y su poesía es uno de mis refugios.

Recuerdo un poema a Laureano, uno de sus ‘hijos’, esos huérfanos de la revolución que él adoptó en la comunidad de Solentiname. Laureano había muerto en un combate con la contra, y Cardenal lo recuerda así: “Era mal hablado. Su expresión más frecuente: me vale verga”. Al final, Cardenal cierra el poema diciendo: “No has dejado de existir / Has existido siempre / Digo junto con vos: nos vale verga la muerte”.

Es lo mismo que yo quisiera decir hoy, viéndolo postrado en ese lecho de hospital, haciendo una misa entre sábanas blancas y acostado, ya muy flaco. Tomar su mano, Padre, y con los tomos de su poesía completa que usted me dedicó,  gritar, como en su poema: “¡Nos vale verga la muerte!”.

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