Día del libro

Día del libro

Abril 23, 2019 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Cada año, la fecha del 23 de abril nos sirve para reflexionar sobre algo que, para mí, es de vital importancia. ¿Qué es un libro? ¿Para qué sirve un libro? Yo mismo, que vivo entre libros, los leo y los escribo, me lo pregunto cada tanto. Y cada vez llego a conclusiones distintas.

Estos días, por ejemplo, he pensado que un libro es una especie de Arca de Noé a la que se suben muchas especies que podrían estar a punto de extinguirse. Mucho se ha hablado de la crisis de la lectura y, por ello, se consideró que el lector era una de esas especies en peligro. Pero esta idea es oscilante, va y viene. Porque las cifras, en Colombia, indican que se lee más, aunque a veces los editores o libreros dicen que el mercado del libro está en crisis. Puede ser. Sin embargo, en la Feria del Libro de Bogotá, año tras año, la editorial más grande de la lengua española, Penguin Random House, supera siempre las cifras previstas y las aumenta.

En esa especie de Arca de Noé de papel que yo imagino que es un libro viaja el lector, claro, pero no necesariamente por estar en extinción, sino por ser un factor decisivo en la supervivencia de la literatura.

Recordemos que, como fenómeno de masas, ‘el lector’ aparece a finales del Siglo XVIII y se consolida en el XIX, muy ligado al acceso de la mujer a la alfabetización. Ese lector permitió que nacieran editoriales independientes y que, poco a poco, con la creación de un mercado editorial, los escritores se fueran a su vez independizando del poder.

Antes el sustento del escritor debía provenir de otra actividad o del patrimonio familiar, por eso hubo tantos poetas soldados o sacerdotes, y por supuesto nobles. Los nobles, los hidalgos, disponían de un patrimonio del que campesinos y personas de baja condición económica carecían: educación y tiempo. Tiempo para ejercer esa educación y obtener sus beneficios. Alguien como Goethe, que no era de origen humilde, vivió cerca de la corte de Weimar. Era necesario para su sustento.

Pero con la irrupción del lector y del mercado editorial, el escritor ganó por fin la única independencia verdadera, que es la independencia económica. Y al hacerlo comenzó a escribir en absoluta libertad. No a cantar las hazañas de una estirpe para responder a su mecenas, sino a dirigir la atención sobre otras cosas, aspectos esenciales de la condición humana como la soledad, la fragilidad de la vida, la búsqueda de sentido.

Durante el Siglo XX este esquema creció y creció. Hubo escritores que erigieron verdaderas fortunas basadas en sus obras, como Somerset Maugham o García Márquez. A su lado, la literatura de entretenimiento también creció, con un mercado aún más grande, y autores como Stephen King o Dan Brown se hicieron multimillonarios al cabo de unos cuantos títulos. Y hoy, a pesar de las sucesivas crisis, sigue habiendo millones de personas en el mundo que compran uno o dos libros al mes, y centenares de millones que los leen en bibliotecas públicas. El lector no desaparece, tal vez se modifica, pero todo sigue ahí.

Por eso, en el Arca de Noé de papel, el lector está cómodamente sentado en cubierta al lado de otros, como el poeta, cuyo misterio y capacidad de interrogar el porvenir aún nos sorprende, y del propio editor, cuyo criterio es fundamental para que las obras salgan a la luz en buenas condiciones. Esta reflexión continuará.

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